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Las elecciones como epidemia

Bartomeu con Luis Enrique.
Bartomeu con Luis Enrique. REUTERS / Cordon Press

En enero conocimos lo peor impeorable y ahora estamos en lo mejor insuperable. En menos de medio año, el vuelco ha sido de verlo y no creerlo.

De lo peor impeorable me acuerdo. Lo vi de cerca ese sábado por la tarde de enero cuando la televisión conectó de pronto con el precalentamiento de los jugadores del Barça en Anoeta. Ni sabía que había futbol, ni me sentí preparado para verlo a aquellas horas de la sobremesa. Y me pareció que el mismo sentimiento tenían los jugadores: cara de haber tomado demasiados turrones Blatter, indolentes a más no poder, aire de siesta eterna. Nunca vi con mayor claridad que iban a perder.

Pero muy poco después del desastre todo cambió. Quizás porque las cosas no podían ir a peor, mejoraron, aunque lo hicieron exageradamente, porque lo ganaron todo. Llegó tanta euforia que hasta dejó atrás la inveterada costumbre —si ibas a ser entrenador del Barça— de decir que no estarías a la altura del mito de Guardiola, pero harías lo que pudieras.

Por si no había suficiente alegría, Bartomeu aún fichó a Aleix Vidal y renovó al pesado de Alves, que este último medio año se acordó de jugar. Y recontrató a Luis Enrique, al que, después de la firma, le preguntaron si iba ahora a por el sextete y contestó que “a por las vacaciones y después a ver cómo comienza la fiesta”.

Y ya vi enseguida que, como las cosas no podían ir a mejor, habían empeorado. Porque —horror de los horrores— venían las elecciones a presidente y regresábamos a lo que hace sesenta años Helenio Herrera calificó de mal epidémico del Barça. En su genial Yo, su prematuro libro de memorias (Planeta 1962, prólogo de Martin Girard, es decir, de Gonzalo Suárez), Herrera escribió algo que se diría escrito ahora: “Cuando llegué en junio del 58, el ambiente era desagradable: rencillas dentro y fuera del club, grupos rivales, y amargura por parte de un público al que no le interesaban las ambiciones políticas de los hombres que dentro o fuera de la directiva luchaban, haciéndose unos y otros la tarea imposible”

Por el bien del club espero que gane un sencillo y buen gestor, con el don de la discreción

Para Herrera el público quería títulos y pasarlo bien ganando, pero determinadas revistas distraían al público del espectáculo puramente deportivo para envenenarle con propaganda y antipropaganda de unos y otros aspirantes a directivos: “La envidia estaba al orden del día. Y me permito delatar este hecho porque es preciso que los barcelonistas no continúen sumidos en un confusionismo del que se aprovechan alternativamente unos y otros, mientras el club y el público tienen siempre las de perder”.

En las mismas nos vemos ahora. Menos mal que, como dice Relaño, “hay algo instalado en el Barça desde que Cruyff fue entrenador”. Pero habrá que sortear estas elecciones y el problema de los intereses personales de tanto don nadie. Se ve venir que para la epidemia habrá aspirantes de sobra y que alguno jugará la baza de la necesidad de un liderazgo fuerte (que no es por nada, pero es precisamente el mal del Real Madrid).

Por el bien del club espero que gane un sencillo y buen gestor, que se dedique a trabajar y deje el protagonismo a jugadores y técnicos. Ya que en política no conocemos la sigilosa eficacia de grises burócratas aburridos y altruistas, al menos que el presidente del Barça sea un dechado de trabajo y discreción. Eso sería lo idóneo. Y Zubizarreta reúne esas condiciones, pero si se presentara quedaría el último, lo que nos confirma que el mal endémico que denunció Herrera sigue arraigado en el club.

 

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