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Athletic: fe, esperanza y realidad

El conjunto vasco padeció sobre el césped del Camp Nou la superioridad del Barcelona aunque golease en la grada

Los jugadores del Athletic aplauden a su afición
Los jugadores del Athletic aplauden a su afición (c) Vicens Gimenez

Una semana de alegría, un día de pasión, 20 minutos de esperanza y 70 de bulliciosa condena. No era un guion inesperado, más tenía que ver con la ortodoxia que con el suspense manejable de la novela negra. La distancia entre el Barcelona y el Athletic es demasiado grande como para recorrerla solo con el estado de ánimo de una afición impagable en la mochila. El Athletic había pensado en convertir las primeras páginas del partido en un relato sencillo, aburrido incluso, tedioso si llegaba el caso, literatura sin aspavientos, sin adjetivos, con la sana intención de adormecer al Barça, invitándole a ser más lector que escritor de la novela. Los antiguos intentos de acometerle a los azulgrana en todas sus parcelas, de rebuscarles en todos los rincones para que siempre cabalgara con dificultad no funcionaron y concluyeron con gloriosos fracasos. Había que apelar a la rutina. Proponerle a Balenziaga que persiguiese a Messi casi por donde fuera, lo mismo a Bustinza, la espuma del champán de la alineación. El resto a sus parcelas, a la disciplina sin miedo a volar, pero cuidando de no tropezarse con las nubes.

El partido murió joven. El Athletic no es que le perdiera la cara, es que no se la encontró

Lo que consiguió Messi en el primer gol fue convertir en natural lo que para cualquiera sería inaudito. Messi lo consiguió todo menos silenciar a la afición del Athletic, mayoritaria en el Camp Nou, presumiendo de su rotundo colorido. Tampoco lo tocó esa lotería a Neymar cuando hizo el segundo. La fe, si se precia, no encuentra motivos de decadencia. Cierto que al Athletic le faltaba cuajo para pasar de las palabras a los hechos. Un disparo al travesaño de Williams en una acción fulgurante y un despiste de Ter Stegen que casi concede el balón al joven delantero rojiblanco, fueron sus únicos alfileres en el área del Barcelona. Leves picotazos en una carcasa rugosa.

El Athletic ganaba la batalla de la grada y el Barcelona la del terreno de juego. Un guion también tradicional en sus otros dos enfrentamientos recientes en finales de Copa. Con dos puyazos, el equipo blaugrana alejaba la tensión del césped y dejaba los estados de ánimo para el graderío. El partido murió joven. El Athletic no es que le perdiera la cara, es que no se la encontró. Las distancias están para algo y los trayectos más cortos son los que transita el más listo. Y con Messi en el campo, no hay duda de quien llegara antes. Incluso saliendo tarde como en el tercer gol llega el primero. Hubo final, porque los acontecimientos singulares los protagonizan los artistas, pero el teatro lo pone el público. Y Williams, de pronto, se sacó un gol con la coronilla de los que coronan a los chicos listos. Un gol que se olvidará en las estadísticas de la competición por su intrascendencia en el resultado. Pero resucitó la ternura. A fin de cuentas, de momentos imposibles y de remontadas imposibles se ha escrito la historia del fútbol. No era el caso. Menos cuando Neymar le declaró la guerra a todo el mundo y el final del partido se deslizó por el tobogán de las tanganas, las cuentas pendientes, los asuntos turbios como una ría de adolescentes iracundos Le servirá para su futuro. Es otra forma de alimentar la esperanza. Los goles engrandecieron a Messi si eso es posible a estas alturas. Y el gol le hizo justicia a Williams para el futuro. Es otra forma de alimentar la esperanza. Entre lo uno y lo otro, el partido se había ido al cuarto de la rutina.

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