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El orgullo de Contador en el Mortirolo

Víctima de un pinchazo, el líder del Giro llega retrasado al colosal puerto, pero se recupera y controla una etapa en la que Aru se hunde y gana Landa, segundo en la general

C. ARRIBAS
Landa entra vencedor en Aprica.
Landa entra vencedor en Aprica.Daniel Dal Zennaro (AP)

Cuenta Iain McGilchrist, psiquiatra y neuropsicólogo, que el lado izquierdo del cerebro es el que nos hace mezquinos, calculadores, manipuladores, el que nos roba la fantasía. El lado derecho, siempre en combate, nos hace ver el mundo complejo, disfrutar de las ironías, de las ambigüedades y las metáforas, el patrón de nuestras empatías y contradicciones. El lado izquierdo, alertan los soñadores, quiere dominar el ciclismo representado por personalidades como David Brailsford, el patrón del Sky, y su famosa máxima de las ganancias marginales que mata la grandeza de las ideas descabelladas y destroza psicológicamente a ciclistas como Richie Porte, quien dejó el Giro y su motorhome vagando vacía por las carreteras.

Alberto Contador ha empezado a peinarse con la raya a la derecha.

Contador pinchó en el momento estratégicamente más complicado de la etapa reina, cuando se descendía a toda velocidad tras el primer paso por Aprica, cuando faltaban 20 kilómetros para el comienzo del Mortirolo, el paso de los contrabandistas, el puerto de los campeones. Pinchó, además, en la rueda trasera, la que más tarda en cambiarse porque hay que ajustar el cambio, los piñones, la cadena… “Y solo me podía dar su rueda Ivan Basso, el único que llevaba un piñón de 30 dientes, como yo”, dijo Contador emocionado.

Esa avería fue lo mejor que le ha pasado en su carrera al ganador de Tours, Vueltas y Giros.

El contable Landa

Iba tan fuerte Mikel Landa en el Mortirolo que su jefe de blanco, Fabio Aru, perdía el aliento a su rueda y le decía como podía que levantara un poco el pie. Detrás llegaba el expreso Contador volando. Entonces, viendo sufrir a Aru, el aficionado podía imaginar que ante Landa se abrían dos caminos y un pensamiento malo. Este podía ser hijo del resentimiento, un si hubiera ido yo el líder desde el primer día otro gallo le cantaría ahora a Contador; los dos caminos serían el de la traición (dejo tirado a Aru y me voy volando hasta meta, escribo mi hazaña y demuestro quién es el más fuerte) o el de la fidelidad (con Aru hasta que me digan lo contrario)

“Nada de eso”, dijo el ciclista de Murgia, racional como un contable, y tan maduro a los 25 años. “Si hubiera comenzado como líder el Giro a lo mejor no habría hecho nada. Esto ha pasado así [sus dos victorias de etapa, su segundo puesto en la general] porque he venido como lugarteniente de Aru”. Y tampoco Landa, tan amante de la historia mítica del ciclismo, se dejó llevar por la fantasía de pensar que podría llegar solo a la meta tras una fuga de 45 kilómetros con el Mortirolo por medio. “Sabía que la subida final a Aprica era muy tendida, lo que no me va bien, y que además entraría mucho viento. No habría ido a ninguna parte. Así que seguí con Aru hasta el ataque de Contador, y fue Aru el que me dio libertad para irme con él y Kruijswijk”.

Esa avería y la aceleración consiguiente del Astana y el Katusha para dejarlo cortado, le costó llegar al pie del Mortirolo, cuya raíz semántica es muerte, el puerto de Pantani, con un retraso de 50s solo detrás de un Astana desencadenado, el Astana primero de Tiralongo, de Mikel Landa después. Ese retraso le dio la oportunidad de mirar cara a cara a un desafío de los que fascinan a su alma de ciclista alimentada de leyendas. Le permitió, por la forma en que lo resolvió, tan grande, poder decir: “Esto quedará para la memoria, para el recuerdo”. “Fue un desafío de los que me hacen sentirme orgulloso”, dijo el ciclista de Pinto, quien, terminada la jornada con el triunfo de Landa en Aprica (la segunda victoria consecutiva del ciclista del Astana, que también es segundo en la general) vio cómo su ventaja sobre el segundo, que tras Madonna di Campiglio, cuando le seguía Aru, era de 2m 35s, ha aumentado a 4m 2s , ahora sobre el corredor alavés.

Con una visión clara y lúcida de la situación en la que se encontraba –“afronté la subida como una cronoescalada, pero con el problema añadido de comenzar el puerto 10 kilómetros antes, ya con el corazón a 180 pulsaciones por minuto, y sabiendo que tenía por delante 45 kilómetros en los que no me podía permitir un desfallecimiento, una pájara: era un reto considerable”--, negándose a seguir los consejos de urgencia con que le apremiaban la adrenalina y el estrés, Contador inició la remontada que, en ciertos momentos, por la forma escalonada con que la llevó a cabo, aceleración, descanso, apoyo en corredores rezagados, aceleración, recordó al Pantani que destrozó al pelotón en Oropa en 1999, cuatro días antes de su infamia en Madonna di Campiglio. Y cuanto más aceleraba, más sufría por delante Aru, su segundo, incapaz de seguir el ritmo de Landa, su lugarteniente sereno. Cuando alcanzó al grupo Astana, Contador atacó de nuevo. Aru se quedó. Solo le siguieron Landa, ya liberado del servicio a su líder, y el holandés infatigable Steven Kruijswijk, quien lleva todo el Giro en fuga. Con Landa siempre a rueda, pues no podía atacar a Aru, el holandés se convirtió en el aliado, en el ayudante, del líder Contador, quien le dijo que le encantaría verle ganar la etapa. Landa, otro que se peina con la raya a la derecha, otro con la idea de grandeza grabada en los genes de ciclistas, pensaba de otra manera diferente. Atacó a falta de unos kilómetros y llegó solo, como los campeones.

 

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Sobre la firma

C. ARRIBAS
Periodista de EL PAÍS desde 1990. Cubre regularmente los Juegos Olímpicos, las principales competiciones de ciclismo y atletismo y las noticias de dopaje.

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