Selecciona Edición
Selecciona Edición
Tamaño letra

El club de las primeras esposas

Real Madrid - Juventus Ampliar foto
Los jugadores del Madrid al finalizar el partido

Paco Gento estaba el lunes en la cola del súper en su barrio, Chamartín. Madridismo también es ir a comprar el pan y encontrarse en la caja a seis Copas de Europa, una detrás de otra. La galerna reconoció a su espalda a una amiga, la dejó pasar y le dijo que tenía buenas sensaciones. Gento, que en Lisboa no podía andar un metro sin que se le abalanzasen los caminantes blancos, notaba ese aire que se le pone a la ciudad en las vísperas europeas. Llegó el calor, que aplastó las calles, y Ancelotti calló entre susurros de amenaza al agente de Bale, que dijo que a su chico no le pasaban el balón. “Podía haberse quedado mudo”, musitó el de Reggiolo. Entre medias el Barcelona mató a su ídolo con uno aún más grande, y de repente pareció inevitable que el Madrid debía tumbar a la Juve aunque sólo fuera para que nadie en Can Barça los llamase cobardes. Como declaró con solemnidad Luis Alvarez, estibador de Vigo, jubilado, gordecho y madridista: “El Barcelona pasó, así que ahora follamos todos o la puta al río”.

Al Madrid le habían matado tan discretamente que creyó no estar muerto

El partido empezó con Benzema y no con Chicharito, que es una renovación religiosa y artística. Con Karim el Madrid se ajustó a un guion muy exclusivo que consistió en microcontraataques: basándose en la posesión se despegó en los tres cuartos como si en lugar de una portería atacasen un corazón. Así llegaron las ocasiones provocadas por una acumulación de causas, entre ellas el Bernabéu. Hay en estas derrotas del Madrid, este arrimarse a la orilla sostenido por la pasión, un sentido del deber, casi de obediencia a su destino. Enfrente el Madrid tuvo a la Juve, pero también a sí mismo: la exigencia de la historia, que nunca está satisfecha.

La única ocasión clara de la Juventus acabó en un gol de jugada de voley-playa, con esos balones muertos por el aire en el área que parecen globos aerostáticos pendiente de desplome. Cayeron todos de golpe en Morata, naturalmente. Y si estuviese Villarroya en el campo le hubieran caído a él, y habría ajustado a la escuadra. El destino es caprichoso y a veces de tan cruel hasta divertido. El Madrid suele perder frente al club de las primeras esposas. Se había adelantado Cristiano con un penalti en el que tiró primero a Buffon y luego el balón: toda aquella euforia se consumió de golpe con un gol italiano tan inesperado que el Madrid lo asumió como los cinco golpes que hacen estallar el corazón: si volvía a caminar frente a la Vecchia Signora se derrumbaría en el césped.

Gento a veces falla, muy pocas, pero hay que recordar que estaba distraído con la compra. El Madrid no tiritó, no desfalleció, pero todas las amenazas que sucedieron al gol de Morata estaban hechas post-mortem. Le habían matado tan discretamente que creyó no estar muerto. La Champions es el lugar en que al Madrid, dueño de derrotas literarias, le arrancan los ojos sus hijos. Donde hasta caer, en una institución tan grande, es un asunto de familia.

Puedes seguir Deportes de EL PAÍS en Facebook, Twitter o suscribirte aquí a la Newsletter.