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“¿Hueles eso? Es napalm”

Bale y Cristiano junto al balón, tras encajar un gol de la Juve
Bale y Cristiano junto al balón, tras encajar un gol de la Juve Getty Images

Almeyda es un personaje de Bioy Casares que una mañana de invierno resuelve suicidarse con cierta elegancia. Viste su traje azul, anuda la corbata de las grandes ocasiones y le agrega el lujo de un alfiler con una herradura de la suerte, por si acaso. Cuando ya mira al revólver, contra las cuerdas, oye el roce de un papel y ve surgir un sobre por debajo de la puerta. Es la factura del sastre. Pero también se trata de un prodigio, porque a partir de entonces Almeyda remonta y pospone la muerte para un mejor momento. En los grandes equipos de fútbol, que son un club y una religión monoteísta a la vez, se le insiste a los recién llegados en que “aquí se hacen milagros”. Cómo, no se sabe. No existe una fórmula; simplemente, llegada la hora, se inventa. Algunos días funciona. Lo imposible lo es porque de vez en cuando ocurre, y si no entiendes la lógica de esta paradoja, te explica un tipo gordo, calvo y millonario de la junta directiva, significa que no puedes jugar en el Madrid, el Barça o el Bayern.

Una remontada imposible es una entrada que se abre en mitad de una pared de ladrillos en la que no había puerta, y que va a dar a una fiesta con alcohol, música y gente guapísima, organizada por el gran Jay Gatsby. Los clubes legendarios acaban siéndolo por mostrar interés en las causas perdidas, donde hay poco que rascar. Pero de repente se desencadena el infierno. Es un ambiente acogedor. No te importaría quedarte ahí para siempre. Hay caras conocidas y te dejan fumar. Poco a poco, el rival empequeñece, como si temiese la llegada de William Manny en la próxima diligencia.

Una remontada es una entrada en una pared de ladrillos en la que no había puerta, y que va a dar a una fiesta con alcohol y gente guapa

Llegar a esa fase requiere preparación previa. Durante la semana del partido, y unos minutos antes de salir al campo, el equipo se conjura para imponerse un porvenir halagüeño que sea irrevocable, como el pasado. En cierto sentido, la remontada es algo que, antes de que empiece el encuentro, ya pasó en la cabeza de los jugadores. Sucedió, digamos, en la teoría. No es difícil imaginar a Sergio Ramos, incluso a Guardiola, preguntando a los suyos, como el coronel Kilgore, si huelen eso. ¿El qué? “Napalm, hijos; nada en el mundo huele así. Amo el olor del napalm por la mañana… Huele a victoria”.

A veces hay que fingir cierto desinterés por la hombrada, como si los famosos milagros te produjesen pereza. Eso desconcierta al rival, circunstancia que aprovechas para rematarlo en un par de instantes sutiles y postreros, al estilo del Manchester United la noche que le arrebató la Champions al Bayern con dos córneres. Otros días se opta por un asedio constante, casi grosero, con tres goles en cinco minutos, para que nadie se lleve a engaños.

Sólo en ocasiones puntuales no hace falta la épica. En los cuarenta, Estudiantes y Platense disputaron un partido que en la primera parte se cerró con un 0-3. Al descanso, un asistente de Platense administró a los jugadores un mate cocido, distinto al habitual, que se había agotado. Tras la reanudación, los muchachos empezaron a sentirse descompuestos. Correr se volvía un suicidio, y Estudiantes remontó y ganó 7-3. El partido acabó a las cinco, y los visitantes no pudieron salir del estadio hasta as ocho. El autobús tardó tres horas en completar los 60 kilómetros que hay entre La Plata y Buenos Aires, y el chófer tuvo que realizar seis paradas en busca de un cuarto de baño.

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