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El otoño de Ibrahimovic

El ariete del PSG, elogiado por el vestuario, sigue sin encontrar su deseado trono europeo

Ibrahimovic, en el entrenamiento de ayer en el Camp Nou.
Ibrahimovic, en el entrenamiento de ayer en el Camp Nou.andreu dalmau (efe)

Zlatan Ibrahimovic creció a golpe de ego, por eso seguramente fue siempre tan altivo. Pero la vida no se detiene y el hombre que llenó el futbol parisino de champán, recogiendo el icono de Beckham, ha zlataneado lo suficiente como para que a estas alturas ya le regañe hasta el jeque propietario del club. Regresa al Camp Nou con la sensación de que ha vuelto a perder el camino de la historia, el reto de meter al PSG en semifinales por vez primera en su vida. Llegó el otoño para el sueco y para el PSG. El técnico, Laurent Blanc, recupera el faro de su equipo tras 10 días sin disputar un partido, sancionado en Champions por una patada que no dio (a Oscar, del Chelsea), y en la Liga por bocazas (por unos insultos contra el árbitro y contra Francia el pasado 15 de marzo).

“Es un jugador trascendental para nosotros”, dijo Pastore antes de reconocer que se entiende bien con el sueco. “Me conoce y yo también a él. Tratamos de jugar bien y ayudar al equipo. Pero no sólo jugamos para él y eso es beneficioso para el equipo”, añadió el argentino. “Tiene un gran impacto porque es un jugador que no duda, está muy seguro de sí mismo. Le gustan estos partidos. A los grandes jugadores y goleadores es importante tenerlos y cuando no están se nota, como se vio en el partido de la ida”, defendió Blanc. “No ha jugado los últimos partidos, pero se encuentra en una gran forma. Vendrá descansado; mejor para nosotros”, añadió el técnico.

Seis veces se enfrentó Ibrahimovic al Barcelona, marcó tres goles y dio tres asistencias, con el Milan y con el PSG, pero siempre le pasó lo peor que le puede pasar a un exjugador del Barça: generar indiferencia en el Camp Nou. Ibrahimovic quedará para la historia del fútbol tres peldaños por debajo de lo que a él le hubiera gustado y lo que se cree merecer por su fútbol de extrarradio. El chaval que luchó contra su padre antes de hacerlo contra el barrio y que se ganó el derecho a vivir entre estrellas, se buscó a sí mismo en París tratando de ser el más grande, pero perdió otra vez. Ibra nunca encontró su trono.

Se midió seis veces al Barça y marcó tres goles, pero generó indiferencia en el Camp Nou

Al sueco no se le recuerda un partido definitivo, más allá de goles puntuales en los clásicos del Milan o contra el Madrid, algunos extraordinarios, pero sin títulos europeos y con poca historia con su selección. En París le hicieron creer que era el mejor del mundo y le pagaron como si lo fuera, pero hace tiempo que se hundió el soufflé y, a estas alturas, aunque se rebele, encara su otoño deportivo dejando a su paso la estela de lo que pudo ser y nunca fue. En tres años, dos Ligas, dos Copas de Francia y punto.

El vestuario del Barça siempre le respetó más a él que él al vestuario. Así lo verbalizó ayer Luis Enrique: “Es un jugador diferente en ataque, capaz de rematar de primeras con cualquier parte del cuerpo y en cualquier situación. Tiene facilidad para asociarse y generar superioridades en el medio. Es uno de los mejores delanteros del panorama internacional. Ya lo tuvimos en el Barcelona, lo conocemos y me imagino que tendrá una motivación extra”. Y también Luis Suárez: “Todo el mundo sabe de su trayectoria y lo que ha logrado. Es uno de los tres o cinco mejores del mundo desde hace tiempo. Eso refleja la calidad que tiene. Tendremos que tener mucho cuidado con él”.

No parece que esté fino aunque haya marcado 28 goles en 33 partidos en lo que va de curso. La lesión en el talón de Aquiles al inicio de curso supuso un punto de inflexión y a su regreso no fue el mismo ni en el campo ni fuera; se le agrió el carácter. No encajó bien las críticas por considerarlas injustas y como no se sentía cómodo en el campo, escupió fuera. Sus declaraciones perdieron gracia y sonaban amargas hasta que, tras un partido en Burdeos, las cámaras le pillaron descalificando a los árbitros y a Francia, a la que llamó “país de mierda que no merece un equipo como el PSG”. El síndrome del patito feo otra vez.

“Es un honor para mí, pero la idea es ponerme en el sitio de la Torre Eiffel”, dijo al inaugurar su estatua en el Museo de Cera de París, cuando bebía champán, ser del PSG era muy chic y se le reían todas las gracias. Ya no brinda en copa Pompadour al mediodía parisino, sino que golpea las barras de bar con vasos de absenta al amanecer. Aunque desde el balcón de su casa divise el Arco del Triunfo, así es la vida del perdedor.

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