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El público de Augusta da la espalda al prodigio Spieth

El líder debe luchar en la última jornada contra la devoción de los aficionados por Phil Mickelson y Tiger Woods

Mickelson, ovacionado por el público. Ampliar foto
Mickelson, ovacionado por el público. EFE

Arnold Palmer, el amado, se reía mucho de Jack Nicklaus, de sus anchas caderas, de sus andares, y muerto de envidia cuando el rubio de Ohio lanzó su logo de oso dorado y empezó a vender niquis con esa marca, si veía a algún amigo con esa prenda, Palmer le preguntaba “¿por qué llevas un cerdo en el pecho?” Nicklaus era el mejor jugador del mundo y ganaba casi siempre a Palmer, pero era frío y calculador, y comía hamburguesas con su familia en un McDonalds de Washington Road, junto al Augusta National Golf Club, entre la indiferencia del público, para el que el golf era Palmer atacando a lo loco hasta morir. Ahora, ancianos (85 años Palmer, 75 Nicklaus), participan juntos en cuantas ceremonias nostálgicas se celebran la semana del Masters, y ríen y cuentan anécdotas como si toda la vida hubieran sido buenos amigos, aunque Nicklaus le recuerde siempre que él ha ganado más chaquetas verdes que nadie, seis, y más grandes también, 18. Y terminada la representación, cada uno se va por su lado.

También en el golf, sobre todo en Augusta, el corazón tiene razones que no entienden los malqueridos. A los inteligentes se les teme, a los audaces se les admira, a los bravucones se les desprecia. Pero, antes que nada, para generar algún sentimiento en un país en el que el segundo domingo de abril el Masters es una teleceremonia religiosa, una misa para millones de fieles, y donde preguntar si alguna televisión transmite la París-Roubaix es cosa de friquis, el golfista tiene que ser estadounidense. A Seve Ballesteros, que encarnaba la audacia y la imaginación y ganó dos chaquetas verdes, solo se le quiso en Augusta después de muerto. Aunque bata los récords de Tiger Woods Jordan Spieth, el nuevo Nicklaus quizás, nunca será tan querido ni jaleado como el jugador negro de California, y mucho menos que el zurdo Phil Mickelson, de quien se admira su aire atolondrado y su bravura rayana en la inconsciencia con el driver, y su toque alrededor del green, su sentimentalismo y la manera en la que reclama la herencia de Palmer, cuyas cuatro chaquetas verdes puede igualar este domingo en la última jornada del 79º Masters.

“Es un color que no me pega, pero me he puesto un niqui rosa en homenaje a Arnold, quien por la mañana me vino a dar ánimos y me recordó que el rosa era el color que más le gustaba cuando se trataba de ir a por todas”, dijo Mickelson, de 45 años, el sábado por la noche, después de su carga en el marcador y de que una tarjeta de 67 golpes le acercara a cinco golpes del lejano Spieth. Y mostró su polo rosa tan sudado después de un día de golpes locos y geniales y estrés (pero el domingo salió de negro, su color de la suerte). ¿Cómo puede competir Spieth, el frío y joven texano con tanto amor?

Spieth también sufrió el sábado, y también dio golpes estúpidos y golpes magníficos, pero nunca con el grado de grandeza teatral que alcanzaron los de Mickelson o los de Woods, quien en un par de horas, las de los nueve primeros hoyos, recordó el sábado al gran Tigre de 15 años antes, nunca con el rugido del público envolviéndolos. “Sé que el domingo, cuando salga con Justin Rose en el último partido, vamos a tener que soportar delante de nosotros a todo el público festejando como locos y chillando los golpes de Tiger o Mickelson”, dijo Spieth tras la jornada del sábado, en la que sus 70 golpes para un total de 200 le valieron para batir el récord de Raymond Floyd (201) de menos golpes en las primeras tres rondas y una ventaja de cuatro golpes sobre Rose. Para lograr esa tarjeta, Spieth, de 21 años, necesitó un par imposible en el hoyo 18, un chip increíble y un putt de tres metros, y cuando describió cómo lo había conseguido más que un jugador de golf parecía que estaba hablando Euclides el geómetra sobre tangentes, radios y circunferencias al que se le hubiera injertado un ingeniero agrícola explicando cómo la forma en que estaba cortada la hierba y su grano le guiaron para tomar la decisión acertada que tomó. Demasiada ciencia, demasiado cálculo, demasiado Nicklaus. demasiado elogio de la paciencia y la inteligencia

Y aunque tenga una hermana autista, que, interna en un centro especial, no está en Augusta, y quiera mucho a sus padres y a su abuelo, de los que vive a 10 minutos en Dallas, la distancia justa para llevar a lavar la ropa sucia y presentarse a cenar sin avisar, en la competición del Día de la Familia, que se celebra el domingo en Estados Unidos, tampoco tiene nada que hacer Spieth ante la turbulenta historia sentimental de Woods, que resolvió apareciendo el miércoles con su novia y sus dos hijos y recordando a su padre muerto, y la tan emotiva de Mickelson, sus tres hijos esperándole en el tee del 18 en 2010, cuando su tercer Masters, y con ellos su esposa, Amy, de quien se supo que sufría un cáncer de mama que acabó superando. “Es un triunfo para la familia”, sentenció el comentarista de la CBS, entonces. Aquel Masters fue el más visto de la historia después de, justamente, las victorias de Woods en 1997 y 2001.

 

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