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“¡Karim, Karim, Karim!”

La hinchada acaba rendida a Benzema, un genio incomprendido durante años.

Benzema celebra su gol al Liverpool
Benzema celebra su gol al Liverpool EFE

Hay futbolistas exaltados por una finta. Por un amague. Por un gesto superfluo. Enseguida deslumbran. La opinión pública los abraza y los equipara a los mitos. La propaganda enciende los motores y la hinchada intuye en cualquier rasgo una señal del destino. Se anuncia una reencarnación: el nuevo Zidane, el nuevo Seedorf, el nuevo Ronaldo Nazario, el nuevo Iniesta… Son los amuletos de los aficionados. Son adorados. Al contrario que otros, que, muchas veces con más talento, más útiles, más valiosos, y hasta más valientes, pasan casi desapercibidos. Por extrañas razones. Porque no gusta su peinado, su origen, su cultura, su carácter, o su modo de vestir. Por más que contribuyan al buen juego, dentro del campo. Son casos de no-causalidad. Las tribunas los ignoran. Pero muchos de ellos sí son amuletos de los profesionales. Karim Benzema es el paradigma.

A sus 26 años se aproxima a las cifras anotadoras de delanteros míticos

Antes de enfrentar al Liverpool, Cristiano recorrió la línea de madridistas que se encaminaba hacia el campo por el túnel de vestuarios, como un centurión. Pasó revista. Tocando ligeramente a unos (Ramos), indiferente a otros (Arbeloa). Al llegar a Benzema se detuvo y le dio un abrazo. Dentro del vestuario, donde más que las pasiones se cuantifican las exigencias laborales, hay categorías definidas.

No todos son igual de valiosos para el equipo. No todos contribuyen igual a conseguir buenos contratos y a mejorar la situación de la plantilla. Cristiano lo sabía antes de comenzar el partido, cuando se pegó al francés como quien busca impregnarse de la virtud. También lo sabía el entrenador, Carlo Ancelotti, cuando se disponía a saltar al campo en la segunda parte y se unió a Benzema para cruzar impresiones y echar unas risas. No todos los jugadores son iguales a los ojos del entrenador.

Benzema celebra con James Rodríguez su gol al Liverpool ampliar foto
Benzema celebra con James Rodríguez su gol al Liverpool EFE

Benzema fue el mejor jugador del Madrid, junto con Marcelo, en un partido destemplado como la noche. El lunes, Brendan Rodgers, el mánager del Liverpool, repitió unas diez veces que lo esencial era ser “intensos” a base de “intensidad”.

Sea lo que sea esa propuesta futbolística, los jugadores del equipo inglés, la mayoría suplentes habituales, respondieron con energía. Peleando por cada balón, corriendo mucho y perdiendo la pelota continuamente sin que apenas los presionaran. Una calamidad empapada en sudor por donde Benzema se movió con soltura.

El atacante flotaba como una mariposa en un bombardeo. Iba entre líneas, tocando, controlando, desmarcándose, sin que su cuerpo emitiera ninguna señal de fatiga. Debe ser eso lo que tanto molesta a algunos aficionados: es como si Benzema no se esforzara para ser genial. Skrtel y Touré no pudieron permitirse ni un instante de distracción. Cuando se descuidaron Benzema les hizo el gol. El 1-0, que, como casi siempre últimamente, vino desde afuera. Desde la izquierda, en donde Cristiano e Isco jugaron a un toque antes de abrir a Marcelo, que centró de maravilla. Benzema acudió puntual al segundo palo. El gol, definitivo, clasifica al Madrid para la siguiente ronda de la competición cuando aún faltan dos partidos de la fase de grupos por disputarse.

El francés fue el mejor jugador del Madrid, junto con Marcelo, en un partido destemplado como la noche

Fue el gol número 41 de Benzema en la Champions. A sus 26 años se aproxima a las cifras anotadoras de delanteros míticos: Ibrahimovic (42), Drogba (43), Del Piero (44), Inzaghi (50), Henry (51), Shevchenko (59), Van Nistelrooy (60), Messi (69), Cristiano y Raúl (71). Ya no hay más. Son los mejores. Y, sin embargo, las grandes mayorías tratan a Benzema como a un cualquiera. Como si estuviera a años luz de los gigantes. Como si sus goles no sumaran. Como si aquel 1-0 al Bayern, en las semifinales de la última Champions, no hubiese sido el gol más importante de la Décima. El gol que cambió la marea. El gol que frenó la trayectoria del rival más grande en el momento más complicado. Una heroicidad menos reconocida que otras.

Cuando ayer ante el Liverpool Ancelotti lo sustituyó, en el minuto 87, el fondo sur le dedicó un merecido cántico: “¡Karim-Karim-Kariiiiim…!”. Ovación cerrada y adiós. Después de cinco años de lucha, el amuleto ya es de todos.

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