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Vaya pareja

Epi y Navarro tras su conversación. Ampliar foto
Epi y Navarro tras su conversación. joan sánchez

Epi y Navarro. Pasado y presente. Mucho han cambiado las cosas en los veintiún años de edad que les separan, pero en lo importante, las similitudes prevalecen. Estamos hablando de dos jugadores singulares, santo y seña de sus respectivas épocas, que coinciden con los dos grandes momentos de la historia de nuestro baloncesto. Dos carreras extraordinarias, por lo alcanzado y por el enorme espacio de tiempo en el que han sido desarrolladas. A partir de un talento natural ya mostrado a edad temprana, como el de Navarro, o con el empecinamiento para ser capaz de coronar, partiendo casi de cero, las más grandes cotas, como en el caso de Epi, ambos pueden presumir no sólo de haber sido capaces de alcanzar la gloria, sino también, y esto sí que es realmente excepcional, de mantenerse en ella durante década y media.

Poco tienen que compartir en lo físico. Navarro es ligero, veloz, inquieto. Epi era un tanque, sólido y duro como el pedernal. Navarro destila naturalidad en su forma de jugar, como si nunca hubiese abandonado el patio del colegio. Epi se fue construyendo poco a poco como un mecano, hasta convertirse en material de guerra de primera. Navarro anota como un demonio y es capaz de generar juego a su alrededor. Epi era más destino terminal, manos que concretan, muñeca que define. Defensivamente Epi supera las prestaciones de Navarro, creativamente el joven ha superado al veterano.

Pero como ocurre con todos los deportistas, el secreto principal hay que buscarlo debajo del pelo, que, por cierto, y aunque intente disimularlo, escasea en el caso de mi amigo Epi. Lo que les ha hecho grandes a ambos, por encima de sus respectivos talentos, ha sido su mentalidad. Sospecho que los caminos que les han llevado a ser dos competidores extremos han sido diferentes. Navarro practica la despreocupación, el mostrar la espalda y no darle a lo que es, hace y representa, más importancia de la que tiene. Epi era muy diferente. El baloncesto era una cosa muy seria, por lo que lo entregaba todo por su profesión. Por el camino de la desdramatización o el de la gravedad, los dos llegaron al mismo punto. Nadie mejor que ellos para enfrentarte a cualquier reto deportivo.

Donde a la mayoría les entra el canguelo, jugadores como Epi y Navarro se agigantan

Porque donde a la mayoría les entra el canguelo, jugadores como Epi y Navarro se agigantan. Si es verdad que hay balones que queman, las palmas de la mano de estos dos artistas deben estar revestidas de amianto. Ambos pueden presumir de un sinfín de canastas decisivas, de momentos gloriosos, de partidos donde su incidencia en su conclusión fue determinante. En los ochenta y en esta última década, sus manos fueron siempre las mejores para depositar el destino de su equipo, a veces por encima de jugadores con mayor talento. Y eso no tiene precio.

Tantos años dando el callo acaban pagando peaje y sólo falta leer el comienzo de su diálogo para confirmarlo. Las últimas temporadas de Epi fueron un ir y venir de la enfermería, con su cuerpo dando señales de fatiga, voces de alarma que él desoía hasta que no podía más. A Navarro le está pasando algo parecido. Es el precio por ser tan grande, tan importante, tan competitivo y necesario como para tener que jugar con dolor o lesiones curadas a medias que con el paso de los años terminan pasando factura.

Epi y Navarro, Navarro y Epi. Vaya pareja.

 

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