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OPINIÓN

Momentos estelares

El maestro Jorge Luis Borges no entendía que el fútbol fuera una actividad tan popular... Lástima no haberle conocido

Kevin-Prince Boateng (Ghana) y su hermano Jerome (Alemania). Ampliar foto
Kevin-Prince Boateng (Ghana) y su hermano Jerome (Alemania). AFP

Pues, en principio, sí. El fútbol consiste en 22 individuos que corren detrás de una pelota (o delante, ojo). Dicha definición es tan irrefutable y tan exenta de sutileza como afirmar que el océano es mucha agua junta. Jorge Luis Borges, que profesó la fascinación por los cuchilleros, tildó en su día el fútbol de agresivo y desagradable. No entendía que fuera una actividad popular. Lástima no haber conocido al maestro. Habríamos podido explicarle, incluso en hexámetros si él así lo hubiera requerido, lo que entienden sin dificultad millones de seres humanos en todo el mundo.

Por ejemplo, cierta variante de la plenitud que usualmente denominamos belleza. Belleza entendida como perfección de las cosas en su armonía y trazo excelente, susceptibles por ello de agradar los sentidos, y que con frecuencia culminan en un desenlace venturoso. Se enfrentan en batalla deportiva Australia y Holanda, amarillos y azules. Y un jugador australiano llamado McGowan recibe un pase cerca del círculo central. No piensa, no premedita ni calcula, sino que obedeciendo a un impulso intuitivo chuta el balón hacia el área del rival. El balón describe una larga y veloz curva parabólica por el aire. Sin que toque el suelo, Tim Cahill (otro poeta) le arrea en el punto idóneo de su carrera un potente zapatazo, a consecuencia del cual el balón emprende un nuevo vuelo en arco, lo suficientemente pronunciado como para que el portero holandés no lo pueda atrapar, si bien lo intenta mediante una estirada que aún hace más hermoso el lance. El balón se estrella contra la cara inferior del travesaño y, al modo de unos ringorrangos de rúbrica caprichosa, se pone a dar botes dentro de la portería. Gol que no sirvió al equipo de Australia más que a un hombre contemplativo los rosas y morados del atardecer.

Serey Die. ampliar foto
Serey Die. REUTERS

Por ejemplo, también, las emociones que no admiten testigo indiferente, ni siquiera ante la pantalla de un televisor situado a miles de kilómetros de distancia. Suena el himno nacional de Costa de Marfil. ¿Y por qué llora ese jugador? Su nombre: Serey Die. Las primeras reacciones en las redes sociales son crueles. ¿Cómo se puede sucumbir de tan pueril manera al patriotismo? Corre poco después un rumor que da lugar a un alud mundial de condolencias. Cuentan que dos horas antes de empezar el partido, al jugador le han notificado el fallecimiento de su padre. Tampoco es verdad. La verdad es, como ocurre a menudo, mucho más sencilla pero no por ello menos emocionante. Mientras suenan los compases del himno, al jugador se le ha hecho presente la dura vida que le ha tocado llevar y considera conmovido que estar allí, en aquel campo de fútbol brasileño, es un grandioso obsequio de la fortuna. Unos agradecen que en la tierra haya música y Stevenson. El chico moreno y yo agradecemos igualmente que haya fútbol.

Por ejemplo, el héroe caído, el campeón que ha levantado copas y ha contribuido con sus triunfos a proporcionar instantes de felicidad a numerosa gente y que ahora es la imagen viva de la derrota. El portero postrado de rodillas sobre el césped, empapado de lluvia y desaliento, quizá de insultos, solo ante la muchedumbre vociferante y la piña celebratoria de futbolistas holandeses alborozados. Iker Casillas, que en un gesto de nobleza pide con sosiego perdón por sus fallos y muestra así la enorme talla moral que adorna su persona.

¿Y cómo no mencionar el pundonor de un futbolista a quien apenas unas semanas antes habíamos visto abandonar en silla de ruedas el hospital donde había sido operado? Luis Suárez es su nombre. Él mismo nos ha contado que concibió dos sueños. Los dos se cumplieron. El primero, levantarse, recobrar la forma física en breve plazo y defender la camiseta celeste de Uruguay; el segundo, meter dos goles a Inglaterra, el país en cuya liga ejercita sus prodigiosas cualidades.

¿Y pasar por alto el abrazo de los hermanos Boateng al final del partido Alemania-Ghana, uno de los más intensos que se han disputado en la presente Copa Mundial? Hermanos de padre, nacidos en Berlín, se hicieron futbolistas en las llamadas jaulas de barrio, unas vallas altas de alambre que encierran un reducido espacio de arena y piedras con dos porterías más propias del balonmano que del fútbol. Dos hermanos que se quieren y respetan salvo, dicen, durante los partidos en que les toca enfrentarse, ya sea con sus respectivas selecciones nacionales, ya sea con sus respectivos equipos de la Bundesliga.

Y de verdad entrañable, causa de risueña ternura, fue el fallido salto de campana de Miroslav Klose tras su gol contra Ghana, con el que, por cierto, igualó el récord de Ronaldo Nazário como máximo goleador mundialista. El Opa (abuelo) Klose ya se lesionó una vez al celebrar de forma acrobática un gol y el entrenador le prohibió repetir la pirueta. Pero el otro día se olvidó, en un instante de euforia, de sus 36 años y estuvo en un tris de deslomarse. Klose, como tantos otros que se ignoran, están salvando al mundo o, por lo menos, al fútbol. Es lo que me habría gustado decirle al maestro Borges.

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