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Santander

El bestial pasto del búfalo rojo

El Red Bull Ring define la apuesta por la F-1 de Mateschitz, el propietario de la compañía

El piloto alemán Sebastian Vettel en el circuito de Red Bull de Spielberg (Austria). Ampliar foto
El piloto alemán Sebastian Vettel en el circuito de Red Bull de Spielberg (Austria). EFE

La primera lata de Red Bull se vendió en Austria el 1 de abril de 1987. En los 27 años posteriores, Dietrich Mateschitz (Sankt Marein, Austria, 70 años), su cofundador, ha comandado un proyecto titánico que ha llevado a la compañía de bebidas energéticas a liderar el sector a escala mundial con un 43% del mercado y a él, individualmente, a convertirse en la 136ª fortuna del planeta según la revista Forbes, con un patrimonio personal que supera los 6.500 millones de euros. Al margen del aspecto puramente empresarial, Mateschitz es el alma de una de las firmas más reconocibles del panorama deportivo global. Una marca que en 2013 facturó 5.300 millones de euros y que posee dos escuderías de fórmula 1, la disciplina que le dio el primer impulso para levantar el vuelo y que con el paso del tiempo (además de cuatro dobletes consecutivos entre 2010 y 2013) la ha posicionado como un valor de referencia. Este fin de semana abre las puertas el Red Bull Ring después de que la compañía comprara el antiguo trazado de Osterreichring en 2009 y de haberlo remodelado hasta hacer de él una de las instalaciones más virgueras del calendario.

El escenario que esta domingo (14:00 horas, Antena 3 y TV3) albergará la octava prueba del curso (Massa sale desde la pole y Alonso, cuarto) es la materialización de la apuesta personal de Mateschitz por este certamen y su agradecimiento hacia la zona en la que se crió y creció. De hecho, los 240 millones de euros que ha costado el proyecto de actualización del circuito los ha desembolsado el magnate de su chequera personal, sin haber recurrido a la cuenta corporativa. Además de correr con todos los gastos de la obra, el magnate destinó otros 10 millones a sufragar el proyecto Werkbergen, a través del cual ofreció a aquellos vecinos de Spielberg que lo solicitaran una ayuda económica para adecentar sus casas y jardines para cuando la F-1 regresara, 11 años después.

El magnate ha puesto de su bolsillo los 240 millones que ha costado la actualización del circuito

Este gran premio es el último capítulo de la historia que vincula a Red Bull con las carreras y curiosamente el protagonista del primer episodio se pasea estos días por la zona. Se trata de Gerhard Berger, que en 1989 fue el primer deportista patrocinado por el búfalo rojo. Casualidades de la vida, el piloto austríaco corría entonces al volante de un Ferrari como compañero de Nigel Mansell. “Que me eligieran fue un orgullo. Pienso en los inicios y es realmente increíble cómo la compañía fue creciendo más y más hasta adquirir su dimensión actual. Es una de las empresas más grandes del mundo, con una imagen fantástica, además de un gran promotor de la F-1”, reconocía en conversación con este periódico.

El cuartel general de Red Bull se encuentra en Fuschl, a unos 200 kilómetros del circuito, aunque la mayor parte del trabajo de mercadotecnia se realiza desde el conocido como Hangar 7, un edificio multifuncional emplazado en el aeropuerto de Salzburgo y con una superficie de 4.100 m2. Se trata de una obra del arquitecto austríaco Volkar Burgstaller realizada básicamente en acero (1.200 toneladas) y cristal (7.000 m2). La mastodóntica estructura concentra la mayor parte de los aviones acrobáticos Flying Bulls, los monoplazas de F-1 y muchos otros vehículos; el restaurante Ikarus, premiado con una estrella Michelin; y varios bares y cafés —entre ellos uno elevado, el Threesixty, desde el que se puede contemplar todo el complejo. En este tremendo museo se concentran las mejores hazañas de la fábula de Red Bull, el cuento de hadas de un ex vendedor de cepillos de dientes que un día aterrizó en Bangkok y quedó absolutamente petrificado por el sabor de un brebaje que la población local bebía cuando quería mantenerse despierta.

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