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Rebelión en el campo

Michael Laudrup, durante un partido de este curso. Ampliar foto
Michael Laudrup, durante un partido de este curso. Getty Images

“Los humanos somos para los dioses como las moscas para los niños malvados”

Shakespeare, ‘Rey Lear’.

Cosas sorprendentes ocurren en el fútbol, incluso más que el 5-1 que le propinó el Liverpool al Arsenal ayer, como por ejemplo lo que ocurrió esta semana en la Coppa Sicilia entre un par de equipos que juegan en la octava división italiana. Borgata Terrenove ganó 14-3 al Bagheria. Lo curioso no fue tanto el resultado como el hecho de que tres jugadores del Bagheria metieron ocho goles en propia puerta en los últimos 10 minutos.

Cantona, el Racing y el Milan tuvieron la valentía de plantarse. A ver si hay más

No está muy claro qué fue lo que les motivó pero quizá fue algo parecido a lo ocurrido en el año 2002 en Madagascar, cuando se batió el récord mundial de goles en un encuentro oficial. El AS Adema ganó 149-0 al Stade Olympique l’Emryn y todos los goles fueron en propia puerta. En aquel caso se supo el porqué. Los autogoles del Stade Olympique fueron una protesta de sus jugadores por lo que consideraron una decisión arbitral grotesca durante los primeros minutos del partido.

El gesto tuvo su coherencia. Según los jugadores el partido lo iba a arruinar el árbitro y ellos lo acabaron de arruinar del todo. Los espectadores posiblemente se hubieran sentido defraudados pero a la larga tuvieron el consuelo de saber que habían presenciado un acontecimiento histórico. La rebelión contra la autoridad establecida siempre tiene un punto de grandeza y, aunque hay señales de que se empieza a instaurar como fenómeno en el fútbol, la pena es que no se vea más a menudo.

Nos referimos a las tiranías medievales que se siguen tolerando en el fútbol en pleno siglo XXI. Tiranías de todo tipo, las de los dueños de los clubes, las de las federaciones (sin excluir a la FIFA) y hasta las de los propios aficionados.

Un caso entre miles de las arbitrariedades de los dueños se vio esta semana cuando el Swansea City despidió a su entrenador, Michael Laudrup, que había obrado maravillas con el modesto y admirado club galés. Llegó al Swansea en junio de 2012 y nueve meses después el equipo ganó el primer trofeo de sus 100 años de historia, la Copa de la Liga, en Wembley. Ahora Laudrup ha sido echado a la calle con el equipo duodécimo en la Premier League. Los dueños no solo le dijeron que prescindían de él; le exigieron que se marchara sin poder hacer lo que él les pidió como un último favor, decir adiós a sus jugadores.

Como gesto solidario, para dejar claro que a la gente no se le puede tratar así, no hubiera estado mal que los jugadores del Swansea hubiesen marcado una docena de autogoles en su derby ayer contra el Cardiff City. O, como los jugadores del Racing de Santander hace 10 días, haberse negado a jugar.

En cuanto a las federaciones, ¿por dónde empezar? Quizá con la española y la ridícula incoherencia de imponer tres partidos de suspensión a Cristiano Ronaldo y castigar al árbitro que lo expulsó con un mes fuera de juego. En el siguiente partido del Real Madrid, Álvaro Arbeloa mereció ser expulsado tres veces, como señaló un analista de la televisión inglesa, pero permaneció en el campo y el árbitro no recibió ninguna sanción.

La tiranía de los aficionados se manifiesta en la libertad que algunos sienten para corear barbaridades que poco tienen que ver con la civilización en la que hoy vivimos. Como por ejemplo los gritos racistas —o peores— contra Marcelo, del Madrid, esta semana. El resto del equipo podría haber imitado el ejemplo del Milan el año pasado, cuando todos los jugadores abandonaron el campo como respuesta a unos cánticos dirigidos a su compañero ghaniano Prince Boateng. Es verdad que el partido del Milan fue un amistoso y el del Madrid una semifinal de Copa, pero el impacto de algo parecido en el Bernabéu hubiera sido devastador e histórico. En comparación con el valor del mensaje que hubieran lanzado al mundo, ganar una copa más o una copa menos es una anécdota.

Eric Cantona lo tuvo muy claro aquella vez cuando respondió a un aficionado que le insultaba con una justa y merecida patada kung fu. Él, el Racing, el Milan y, a su manera, el Stade Olympique l’Emryn tuvieron la valentía de rebelarse. El Bagheria, aunque aún no se sabe, quizá también. A ver si hay más.

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