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Rico hace de oro al Athletic

Dos goles del mediocentro, uno en cada mitad, eliminan al Betis en un partido apacible

Rico celebra uno de sus goles con Sola. EFE

El 1-0, en el partido de ida de cualquier Copa de fútbol, produce un efecto placebo. El que lo consiguió en la ida siente que los minutos, por sí solos le quitan el dolor de cabeza, y el que lo padeció supone que la adrenalina no es buena en estos casos leves, que no hay que ir a la farmacia como si la más cercana estuviera a 30 kilómetros de distancia. Así que unos y otros se encuentran paseando en el centro del campo: uno de compras, pero sin pegarse a los escaparates; el otro, mirando al cielo por si cambia el tiempo y le pilla sin paraguas. Es decir, ni era un Athletic voraz el que salió a San Mamés, ni era un Betis con la tarjeta de crédito suelta y juguetona. Digamos que la primera parte (con el 1-0 de la ida) era un paseo por la Gran Vía, nublada, gris, plomiza por momentos, con el Athletic yendo de aquí para allá, de acera en acera, como pasean los viajantes un domingo por la tarde en una ciudad desconocida, y con el Betis sentado en el pretil de su vivienda (es decir, el área) viendo pasar a los forasteros a los que se reconoce porque siempre miran a los tejados y nunca al empedrado.

ATHLETIC, 2 - BETIS, 0

Athletic: Herrerín; Iraola, San José, Laporte, Balenziaga; Iturraspe, Mikel Rico (Gurpegui, m. 88); De Marcos, Herrera (Beñat, m. 78), Ibai Gómez; y Aduriz (Kike Sola, m. 66). No utilizados: Iraizoz, Toquero, Ekiza y Guillermo.

Betis: Sara; Chica, Amaya, Caro, Didac; Reyes (Perquis, m. 72), Salva Sevilla (Rubén Castro, m. 62), Matilla, Molina, Juan Carlos; y Leo (Chuli, m. 75). No utilizados: Andersen, Paulao, Nacho y Jordi.

Goles: 1-0. M. 23. Mikel Rico. 2-0. M. 66. Mikel Rico.

Árbitro: Del Cerro Grande. Amonestó a Aduriz y Amaya.

Unos 35.000 espectadores en San Mamés. El Athletic, que perdió (1-0) en la ida, se clasifica para cuartos de final.

Y así andaba el partido, con los peatones aturdidos, con cita a la vista, sin telares que vender (léase, el centro del campo soñando con la madrugada), y de pronto Iraola que atisba un hueco en la marabunta del área, entre los paseantes atolondrados, y deja el balón para que lo alcance un calvo que ejerce del más listo de la clase, de nombre Mikel Rico y le encare a Sara con la peor de las miradas, es decir, con la del gol, con la multa imperdonable, con la sentencia sin recurso. Fue un gran gol, porque las dos partes hicieron lo que querían hacer. No hubo fortuna, sino acierto y talento.

Pasar no había pasado gran cosa. El Betis esperando en la parada del autobús sin prisa, con cinco centrocampistas en la marquesina y el Athletic rondando la vía como un taxista en la madrugada. En realidad, en el Betis, todos tenían espíritu de defensas, al amparo de Reyes y de Sevilla, con el resguardo de Amaya. Hasta Leo Baptistao se afanaba en ser más útil en frenar la salida de los centrales que en tropezarse con ellos.

Era miércoles pero parecía domingo, sin sol pero pareciendo que hacía sol. El Athletic apacible pero confiando en el discurso de un tipo calvo, infatigable, se suponían que candidato a mejor actor secundario pero revelado en protagonista alcanzó otro rechace de la defensa del Betis, apurada y tensa como siempre, y embrujó el balón junto al poste de la portería de Sara, pero por dentro. Para entonces, el Betis había acelerado el ritmo, incluso había dado un par de pasos adelante aún a riesgo de tropezar, sabiendo que un gol podía ser una montaña en el paso vespertino del Athletic, poco acelerado y a veces disperso.

Los béticos soñaron al final, pero su adversario ya creía en la clasificación

El gol, el segundo, de Mikel Rico (¿cómo se marca a Mikel Rico?) le sacó de la acera y ya en la carretera echó a correr: Chuli, Perquis, Rubén Castro aparecieron en su película muda mientras sobre San Mamés volaban las bolsas de plástico que habían escondido los bocadillos como quien tira confetis en un festejo.

Pero fue marcar Mikel Rico y soliviantase el Betis, que se puso a correr como si lloviera café. Era otro equipo, un equipo eliminado que se resistía a meterse en el portal en el que había habitado. Dominó el final del encuentro ante un Athletic corroído por el deber cumplido. Y la plácida tarde se convirtió en un frenesí porque un gol clasificaba al Betis y al Athletic, ya sin Mikel Rico, su calvo de oro, —nada que ver con el calvo de la Lotería, que eso es suerte— había guardado su armamento para batallas posteriores. El Athletic creyó y el Betis soñó, pero demasiado tarde. Ya amanecía.

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