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La niña pionera

María pudo sobrevivir a un accidente tan grave y salir de ese bache de la vida todavía con más fuerzas que antes

Maria de Villota, en el GP de Australia de 2012.
Maria de Villota, en el GP de Australia de 2012. AFP

Se me hace un nudo en la garganta al tener que hablar de María de Villota ahora que acabo de conocer la noticia de su fallecimiento. La conocí de niña cuando acompañaba a su padre, Emilio de Villota, a los circuitos y se empapaba de todo aquello que acabaría siendo su vida. Me une una fuerte amistad tanto con Emilio como con Isabel, su esposa, y lamento profundamente que deban vivir una situación tan dolorosa.

María fue una pionera. A lo largo de su vida fue abriendo puertas en un deporte mayoritariamente dominado por los hombres. Ella quería llegar a ser piloto de fórmula 1, porque ese era el virus que le había implantado su padre desde que comenzó a competir en karts a la edad de seis años. Y, probablemente, gracias a la aureola que siempre la rodeó y al apoyo de su familia, lo consiguió. No llegó a ser piloto oficial de ningún equipo de F-1, pero fue la primera española que se montó en uno de esos monoplazas y la primera, sin duda, que se convirtió en piloto de pruebas de una escudería de F-1, Marussia.

Escuché comentarios cuando ella debutó con el Lotus Renault en el circuito de Paul Ricard. Y lo cierto es que sorprendió por la seguridad que transmitía en todas sus acciones. Era una buena piloto y su experiencia en las categorías inferiores le permitía moverse con solvencia en el máximo nivel. Probablemente, le habría costado, o tal vez nunca habría conseguido ser piloto oficial. Pero llegar hasta donde llegó no estaba al alcance de cualquiera. Tuvo que demostrar unas cualidades de pilotaje que desvanecieron cualquier duda en los responsables del equipo Marussia.

Era una chica con carácter, capaz de abrirse camino en la pista y en la lucha por los derechos de la mujer

Seguí su carrera, pero siempre de lejos. Nunca coincidimos y por eso no pude involucrarme más en su trayectoria en el mundo de la competición. La vi corriendo en categorías de base y después llegando a la F-3 y a la Superliga Fórmula. Y seguí muy de cerca toda la evolución de las consecuencias de su gravísimo accidente en el aeródromo de Duxford, en 2012. Estaba claro que las carreras se habían acabado para ella. Pero María fue capaz de rehacer su vida, de abrirse camino en la defensa de los derechos de la mujer, y permaneció en contacto con el mundo del motor por su cargo de responsable de la Escuela de Pilotos que creó su padre, y su inmersión en la Federación Española y en la Federación Internacional.

A través de todo eso demostró su verdadera personalidad. Era una chica con carácter. Y por eso pudo sobrevivir a un accidente tan grave y salir de ese bache de la vida todavía con más fuerzas que antes, y seguir siendo pionera en el terreno más humano y personal. María no necesitaba ser piloto para ser una persona notable.

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