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España y la normalidad del éxito

Los jugadores compiten desde la naturalidad y se entregan al concilio de un seleccionador que sabe encauzar las cosas

Pedro dispara ante Gargano para marcar el primer gol de España
Pedro dispara ante Gargano para marcar el primer gol de España getty

España no deja de sorprender. En un deporte en el que el éxito suele ser efímero y los ciclos se acortan cada vez más, el caso de la selección es extraordinario. Tras cinco años en el trono, el excelso currículo de muchos de sus futbolistas, algunos roces pasados en la convivencia y unos cuantos debates sobre el doble pivote, el nueve de pega o últimamente la portería, el equipo aún es capaz de despertar el elogio universal. No importa que se trate de su estreno en el tercer campeonato del escalafón futbolístico, un torneo a rebufo del Mundial y la Eurocopa. Su exhibición del domingo ante Uruguay, sobre todo en el primer tiempo, evidencia la perpetuidad de un grupo de futbolistas insaciables: 13 de los convocados estos días en Brasil ya estuvieron en la lista de Vicente del Bosque en la Confederaciones de 2009, el Mundial de Sudáfrica y la última Eurocopa. Para la mayoría han sido temporadas de excesos, sobrecargadas al máximo; pero no hay quien renuncie a la selección, donde los futbolistas encuentran sosiego. Mantienen el apetito y compiten desde la naturalidad como si fueran primerizos, lo que les satisface sobremanera. Naturalidad en la convivencia y en el campo. En ambos escenarios ninguno se siente injustamente agraviado.

Al frente, como ejemplo, los capitanes, Casillas y Xavi, dos de los futbolistas con más victorias en la historia del fútbol. No importa su celebridad, quieren estar en la selección, sea el evento que sea. Ocurre con los demás, que aceptan las jerarquías no de forma sumisa, sino encantados con el papel que les corresponda, sabedores de que hay momentos de notoriedad para todos. Entienden que la gloria es gremial, no hay espejos para unos o para otros, nadie se apropia del podio. El póster es común. Dentro y fuera prevalece la figura esencial de Del Bosque, capaz de gestionar las intrigas palaciegas y de encontrar soluciones tácticas en la pizarra o en el discurrir de los partidos.

El técnico ha ejecutado variantes tácticas; mantiene el molde, pero introduce matices

El concilio del seleccionador resulta capital. Del Bosque no es un intervencionista directo y constante en la convivencia del grupo. De hecho, en el conflicto pretérito entre madridistas y barcelonistas el técnico dio un paso lateral y dejó que el asunto se calmara entre los esgrimistas de uno y otro bando. Cuando el problema fue resuelto, a unos y otros les llegaron los mensajes del técnico. Como es normal en cualquier colectivo, también hubo alguna tirantez entre Piqué y Ramos, o cierto recelo entre Valdés y Reina por suspicacias de la infancia. Con Del Bosque al quite desde la barrera, todo se encauzó por sí mismo. Ahora, de forma menor, pero hay otra grieta. Vestigios del mourinhismo: el desencuentro entre un icono como Casillas y Arbeloa, quizá el titular que pudiera sentir un papel más secundario. “Lo tienen que resolver entre ellos”, dice el míster, al que podría resultar más sencillo envidar a favor de su portero. Pese a que desde el exterior pueda parecer que Del Bosque solo es un paternalista, claro que tercia a su manera. La alineación ante Uruguay lo enfatiza. Recuperó al capitán tras su condena en el Madrid —con la notable predisposición previa de Valdés— y Arbeloa, que hizo un partido excelente, mantuvo el puesto. Del Bosque sostiene a menudo que al jugador conviene hacerle creer que es quien manda, aunque no sea así. El propio entrenador recordaba estos días cómo en sus tiempos de futbolista del Real Madrid él mismo tuvo un pique personal con su compañero argentino Guerini, con el que no se hablaba fuera del campo. Hoy se tienen cariño.

En tiempos de entrenadores ruidosos, hay tendencia a tildar a Del Bosque de mero alineador. Cuestión de etiquetas. El salmantino ha ejecutado numerosas variantes tácticas, sobre todo con los partidos en circulación. Mantiene el molde, pero introduce matices. No siempre ha tirado de nueves como no siempre ha recurrido a los extremos, pero cuando así ha sido gente como Llorente (decisivo ante Portugal en Sudáfrica 2010) o Navas (que agitó la final de Johannesburgo y de él partió la jugada del gol de Iniesta), por ejemplo, han tenido su cuota de protagonismo. Lo mismo que Villa, Mata, Silva, Cazorla y Fernando Torres, que ha aceptado sin rechistar su condición de recurso más que de primer espada. Del Bosque logró congeniar en el doble medio centro a Busquets y Xabi Alonso, concediendo a éste una posición más adelantada que en el Madrid. Lesionado el guipuzcoano, ante Uruguay dejó a Busi como único medio centro, ganó un media punta (Cesc) y envidó con un ariete puro (Soldado). “Cesc nos ha dado desequilibrio al crear superioridades en el medio y Busi proporciona equilibrio”, dijo tras el estupendo encuentro de ambos, acorde con el sobresaliente general. Ante los charrúas, Cesc y Soldado mezclaron de maravilla. Como muestra, el segundo gol. Tampoco parece casual que haya casos en los que la selección siente aún mejor a ciertos futbolistas. Prueba de ello, el propio Cesc y, por encima de todos, Pedro. Si es un valor en el Barça, con España eleva su cotización.

El talento al servicio de una bendita normalidad, la de esta selección española que aún asombra a estas alturas. En el fútbol, cinco años es el infinito. España divierte y se divierte, por eso el reconocimiento le llega por una doble vía. No solo se admira su listado de victorias —en la etapa de Del Bosque, 61 en 73 encuentros y, en citas oficiales, solo dos derrotas—, sino su efecto embriagador. También su forma de metabolizar los elogios, anticipando siempre el respeto y la humildad. Ni se dio un toque de pecho tras bordarlo ante Uruguay, ni abundó en excusas cuando Estados Unidos le despidió de forma prematura e inopinada en la edición anterior de la Confederaciones o cuando Suiza le dio un revolcón en el Mundial africano. Ayer, regado de loas, el equipo respiraba tanta normalidad como de costumbre. Otra de sus grandes victorias.

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