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“La gente sabe que en el Palau todo es posible”

El Barça ya remontó cinco goles de ventaja en unos cuartos, en 1998 ante el Veszprem: “Fue la genésis del dream team”, recuerda O’Callaghan

Xepkin, en un partido contra el Veszprem, en 1998. Ampliar foto
Xepkin, en un partido contra el Veszprem, en 1998.

No tiene duda Xavier O’Callaghan: “Aquello fue la génesis del dream team”. Se refiere el exjugador azulgrana a la remontada, ante el Veszprem, húngaro, el primero de marzo de 1998, en los cuartos de final de una Copa de Europa que ya había ganado dos veces seguidas y que alzaría tres más. A falta de 15 minutos, el Barça, cinco abajo en el marcador, necesitaba 10 goles para dar la vuelta a la eliminatoria después de la ventaja (32-27) que habían logrado los húngaros en casa. La misma con la que este sábado parte el Atlético. Un gol de Urdangarin en el último suspiro ponía el 33-28. Pero hasta llegar a él, fue necesario recurrir a la épica: “Y mucha de la culpa la tuvo el Palau”, insiste el hoy directivo del Barça.

“La gente sabe que en el Palau todo es posible, que va a ver algo especial”, rememora O’Callaghan. La reverberación que produce la cúpula, el eco que genera, crea una atmósfera que el imaginario liga más a equipos balcánicos, griegos, infiernos para los rivales, oxígeno y motivación para el equipo local. “En el momento en que llegabas en el autobús y veías las colas que había, ya te pegaba un subidón”, añade el exjugador, que recuerda tardes en las que volaban incluso las entradas de escasa visibilidad, pues el recinto fue diseñado para los partidos de baloncesto. “El público la verdad es que se prodiga poco, pero cuando lo hace, es de forma espectacular. A partir de cuartos, aquello era de una intensidad aplastante”, recuerda Mateo Garralda.

Quienes pasaron por aquel eterno equipo no dudan en apuntar la atmosfera del Palau como una de las claves del éxito. Por entonces, hasta la final se disputaba a doble partido. En solo dos de las cinco que ganaron de forma consecutiva la vuelta se disputó en Barcelona. Daba igual. La renta lograda en la ida casi siempre fue suficiente. “El Barça tiene las Copas de Europa que tiene por el Palau. Hizo grandes a nuestros jugadores y muy pequeños a los rivales”, se harta de repetir Valero Rivera, el encargado de dirigir al equipo, sin que sus directrices pudieses ser apenas escuchadas por el bullicio de las grades.

Masip levanta, ante el Rey, la Copa de Europa de 1999. ampliar foto
Masip levanta, ante el Rey, la Copa de Europa de 1999.

La tarde del Veszprem, Valero, en un intento desesperado por dar la vuelta al partido, optó por una defensa 4-2 que desnortó a los húngaros. El recinto seguía siendo la olla a presión que fue los 60 minutos. La afición se lo creía. Y terminó por contagiar a los jugadores. “Al ver que no conseguíamos remontar, que las cosas no salían como pensábamos, el público apretó más, nos transmitió esa magia. El Palau, si está lleno, te lleva en volandas”, incide David Barrufet. O’Callaghan lo revive como si hubiese sucedido hace dos días: “Hubo un momento en que al ir a la silla de cambios miré a su banquillo y sentí que les había cambiado la cara, vi el miedo en sus ojos: íbamos a ganar”.

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