Selecciona Edición
Selecciona Edición
Tamaño letra

Un último regalo para Shevchenko

A los 35 años, el ariete de Ucrania participa ante su gente en su primera Eurocopa

Shevchenko observa el balón durante un entrenamiento.
Shevchenko observa el balón durante un entrenamiento. REUTERS

Como miles de niños ucranianos, Andrei Shevchenko (Dvirkisvhchyna, 1976) fue sacudido por la terrorífica noche del 26 de abril de 1986. Un accidente en la planta nuclear de la central de Chernóbil le obligó a él y a toda su familia a hacer las maletas para escapar de la gigantesca nebulosa radiactiva. Entonces tenía solo nueve años y le ensimismaba jugar a la pelota. El chico soñaba con poder emular las diabluras que trazaba sobre el césped su ídolo, el legendario Oleg Blokhin, ganador del Balón de Oro en 1975 e inquilino hoy día del banquillo de Ucrania. “Todos los niños del este le admirábamos”, suele recordar el artillero, ahora bajo las órdenes de su gran referente y con 35 años en su cartilla. De la mano, ambos encaran ahora el desafío de interpretar un papel digno en la Eurocopa. En su casa, al calor de su hinchada, que después de esta cita nunca más volverá a ver a Sheva con la camiseta de su selección, con la que contabiliza 108 internacionalidades y es el máximo realizador histórico con 46 goles.

“Es una pena. Aquí es todo un símbolo”, apunta a través del teléfono Marcos Álvarez, preparador físico que acompaña al técnico Juande Ramos en su aventura en el Dnipro, de la Liga ucraniana. “Es como si fuera el presidente del país. Su nombre figura por todas partes, pero no solo asociado al fútbol”, recalca. Y no es para menos. Tal es la trascendencia del jugador en su país que no hay calle, programa o publicación que no recoja alguna camiseta o una noticia suya a diario. “Es un ejemplo, el espejo de muchísima gente. Se marchó cuando era muy joven y Ucrania todavía estaba deprimida, pero logró triunfar cuando el país todavía no figuraba en el mapa futbolístico. Es un hombre muy carismático que ama a su tierra y no olvida sus raíces”, subraya Álvarez.

Aquí es tan importante como el presidente del país. Es el símbolo"

Marcos Álvarez, preparador físico del Dnipro de Juande Ramos

“Juego para mi pueblo”, enarbola Shevchenko, que esta noche (20.45, Telecinco) fijará su punto de mira sobre Suecia en su estreno en el torneo; “debemos hacerlo bien. Por nosotros, por el fútbol de Ucrania, pero sobre todo por la gente”. Se aferra el ariete a sus raíces, por más que se haya acostumbrado al lujo después de su lustroso paso por Milán y Londres. La primera le acogió en 1999, tras deslumbrar en las filas del Dínamo de Kiev al amparo del maestro Valeri Lobanobsky. “Una gran persona, un gran entrenador, extremadamente inteligente y educado”, recuerda el capitán ucraniano, que en San Siro dejó un reguero goles –con 175 redes, es el segundo cañonero histórico del club rossonero–, un rosario de trofeos –la Champions de 2003 y el Scudetto de 2004, entre ellos– y un ejército de incondicionales. Algunos tan afamados como Silvio Berlusconi –Il Cavaliere es padrino de su hijo Jordan– o el diseñador Giorgio Armani. Continuó por la senda de la fastuosidad en La City, en el Chelsea, donde aterrizó por el deseo expreso de su amigo Roman Abrámovich, el multimillonario propietario del club. Allí, aseguran, jugaba por decreto del magnate, pero las lesiones truncaron su trayectoria y apenas firmó 22 dianas en dos cursos.

Máximo artillero histórico de Ucrania (46 goles), su rol es ahora secundario, pero su ascendencia sigue intacta

En claro declive físico, y tras un retorno fugaz a Milán, Shevchenko tomó el camino de regreso a casa hace tres años. “Tenía unas ganas locas de jugar, necesitaba volver a sentirme futbolista”, admitía al llegar, de nuevo, al Dínamo de Kiev, con el que ahora termina contrato. Castigado por unos problemas crónicos en la espalda y la erosión del tiempo, hoy solo queda un esbozo de ese delantero que desarmaba las defensas con una arrancada. “Es lógico, basaba su juego en la potencia y la velocidad. Ahora ya no las tiene, así que tiene que salir fuera del área y cuando llega ya no sorprende. Necesita asociarse más que antes, pero sigue teniendo mucha jerarquía”, matiza Álvarez. “Uff… Yo he jugado cuatro veces contra él y solo con verle infunde respeto”, agrega el atacante español Lucas Pérez, exjugador del Rayo y designado este año mejor debutante en la Liga de Ucrania por su actuación en el Karpaty; “su currículo asusta. La edad no importa, porque le sobra calidad y experiencia. Sí, le falta chispa, pero intimida a las defensas. Aquí todo el mundo le tiene en un pedestal”. También su tutor, Blokhin, que medita si alinearlo de inicio. “Él no es un jugador cualquiera. Tiene una autoridad inmensa, indiscutible, pero ya veremos”, elude el seleccionador, que en la punta de ataque cuenta con alternativas como Voronin o Milevskiy.

Le falta chispa, pero intimida a las defensas. Aquí todo el mundo le tiene en un pedestal”

Lucas Pérez, jugador del Karpaty

Se le agota la cuerda a Shevchenko, cada vez más asiduo a banquillo –ha disputado 16 partidos de Liga y marcado seis goles en este ejercicio–, pero que asume con naturalidad el papel accesorio que ha adquirido en la recta final de su carrera. “Cuando el cuerpo me lo pida, pararé”, desliza el 7, presente solo en un gran torneo con Ucrania –el Mundial de 2006, en el que alcanzó los cuartos– pese a que, desde 1995, haya participado en ocho fases de clasificación para los grandes eventos. El fútbol, sin embargo, le ha reservado una última dádiva para poner la guinda a su exitosa carrera: jugar la Eurocopa, en casa, ante su gente. El niño que huyó de Chernóbil tiene su premio.

Puedes seguir Deportes de EL PAÍS en Facebook, Twitter o suscribirte aquí a la Newsletter.

Más información