Ferrer dinamita dos barreras

El alicantino jugará con Nadal sus primeras semifinales en París tras romper ante Murray una racha de siete derrotas seguidas contra los otros 10 mejores

David Ferrer durante su partido contra Andy Murray.
David Ferrer durante su partido contra Andy Murray.g. fuentes (reuters)

Es una tarde para tenistas con una convicción a prueba de bombas. La lluvia convoca paraguas. La arcilla se convierte en barro. Los contrarios ya no son jugadores, porque pegan como monstruos y asaltan la red como corsarios. Tras superar esas duras circunstancias, David Ferrer (6-4, 6-7, 6-3 y 6-2 al británico Andy Murray) y Rafael Nadal (7-6, 6-2 y 6-3 a Nicolás Almagro) quedan citados mañana en semifinales. Para el número seis, todo un paso al frente: a los 30 años, alcanza por primera vez en su carrera la penúltima ronda del grande de la tierra y lo hace derribando al número cuatro, con lo que rompe su racha de siete derrotas seguidas contra los otros 10 mejores del planeta. Un canto a la sordera, la ceguera y la desmemoria: Ferrer, que solo gana el 38% de sus partidos contra los otros 10 mejores y que ya dos veces había perdido en los cuartos parisinos (2005 y 2008), compitió sin hipotecas, con la frescura del recién llegado.

“Ha sido muy duro, muy difícil”, acierta a decir Ferrer tras firmar Xàbia en una cámara, un recuerdo para Alicante, para su casa y los amigos de siempre. “Estoy muy feliz”, se despide, aún extasiado, petrificado casi por las barreras dinamitadas.

La lluvia detuvo el partido y también la remontada del británico

Todos estos fantasmas tiene que domar el alicantino hasta llegar a la orilla: bola de set perdida al resto en la primera manga; el saque cedido cuando servía para hacerla suya; un tie-break mal jugado, del que sale mordiendo la toalla, de nuevo encerrado en la letanía que le une eternamente con sus demonios. Llega la lluvia entonces, y Murray ve con desaliento los paraguas. Hay que parar el partido. Queda frenada su remontada. A la vuelta del vestuario, de nuevo se encuentra un muro, vuelve a toparse con la muralla: Ferrer defiende 10 bolas de break de las 15 que se procura el británico, y hurga en la herida de su espalda dolorida con derechas de plomo.

La tarde exige pulmones. La tierra pide piernas. Húmedo como está el albero, no corre la pelota, hay que moverla. Es el Roland Garros de los años 80, aquel de los intercambios eternos. Un paraíso para David Ferrer, maratoniano de infinitas piernas.

De lo mismo que se duele Murray padece Almagro, aunque de una manera más sutil, más dolorosa, más castigadora. El murciano aparece como un río que se desborda, pero se topa con un dique que contiene su crecida. Nadal es esa presa que todo lo frena antes del tie-break que marcará el partido. Es el inicio de otra lección de transición defensa-ataque del mallorquín, que no ha perdido más que una vez el saque en lo que va de torneo y ha ganado 45 sets de los 45 disputados durante la gira de tierra roja, descontados los que disputó sobre la arcilla azul madrileña. Es Almagro jugándose su futuro a una carta, la de la muerte súbita de la primera manga. Es ahora o nunca para el murciano.

Cuatro puntos de ‘break’ juntó Almagro y ninguno le permitió Nadal

En toda su carrera, Nadal solo ha perdido dos partidos en torneos grandes tras ganar la primera manga (137-2). La presión de la estadística, la tensión del momento, el olor de la gloria, atenazan al murciano, que comienza el tie-break con una dejada incomprensible, recuerda entonces que solo gana el 47% de los desempates, hila un error tras otro (5-1) y ya no se recupera hasta la tercera manga. Ahí quedan separados de nuevo los dos tenistas por su gestión de los tantos decisivos: cuatro puntos de break juntó Almagro y ninguno le permitió Nadal camino de su quinta semifinal grande consecutiva. “Los partidos se deciden en momentos”, explicará luego el número dos del mundo, fantástico identificando los tantos que deciden el duelo.

Una vez que pierde el desempate, Almagro queda reducido a bellos zarpazos, pero ya es solo un león herido: un tenista peligroso, pero más muerto que vivo. Lo mismo le ocurre a Murray: sus mordiscos son como los cabeceos del toro antes del descabello, el último intento de arañar en las dudas del alicantino, un tenista que en ocasiones siente vértigo ante la victoria. No ayer. No en París. No para lograr por primera vez su pase a las semifinales de Roland Garros. Ahí, a las puertas del templo de la tierra, le espera el guardián más temido: Nadal, que ya supera al sueco Bjorn Borg en victorias en París (50) y al que no derrota sobre el albero desde 2004. Una cosa es segura: el domingo, un español luchará por levantar el trofeo.

Sobre la firma

JUAN JOSÉ MATEO

Es redactor de la sección de Madrid y está especializado en información política. Trabaja en el EL PAÍS desde 2005. Es licenciado en Historia por la Universidad Complutense de Madrid y Máster en Periodismo por la Escuela UAM / EL PAÍS.

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