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Jugaba con la cabeza y pensaba con el corazón

Juanito, el más volcánico del fútbol español, vivió al límite dentro y fuera del campo

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Juanito grita en el partido de vuelta de cuartos de final de la Recopa ante el Inter, en 1983. EL PAÍS

Del barrio de Los Boliches (Fuengirola, Málaga) a Calzada de Oropesa (Toledo) pasaron 38 años de la vida de Juan Gómez, Juanito, escrito así, con el nombre, el apellido y el apodo, como los toreros, no en vano fue Curro Romero quien le cortó la coleta en La Rosaleda cuando el extremo abandonó el fútbol. Fueron pocos, pero intensos, desordenados, estruendosos, incomprensibles, enternecedores... No fue extraño que, hoy hace 20 años, Juanito se dejara la vida en un accidente de tráfico en un pueblo toledano volviendo de ver jugar a un amigo, Martín Vázquez, que militaba en el Torino y se había enfrentado al Madrid. “Era así. Pensaba con el corazón, no con la cabeza”, recuerda su compañero Carlos Santillana; “por eso montaba un lío en cualquier momento o daba un dineral a cualquier necesitado en la calle. Siempre, el corazón como guía. Para lo bueno y lo malo”.

“Pinturero” para Iribar y “maravilloso” para Santillana, pagó muy caro su carácter

No es fácil encontrar una palabra para su carácter. ¿Indomable? Quizás. ¿Imprevisible? Siempre. ¿Difícil? Sin duda. José Ángel Iribar, exportero del Athletic, ve una para su juego: “Era un futbolista muy pinturero”. Un sinónimo que retrata su vida y su obra, llena de arte y artificios, de milagros y pecados repartidos por igual, pero que le valieron reconocimientos inesperados. En San Mamés, por ser un clásico, el Madrid no ha sido nunca bien recibido. Aún se oyen las reprobaciones a Amancio porque La Catedral entendía que sus caídas eran demasiado teatrales (le dieron cera en todos los campos por todos los costados). “Es verdad”, sin embargo, “que una vez ganamos cómodamente, no sé si por 1-3 o 1-4”, rememora Santillana, “y, al ser sustituido, el público despidió a Juanito con un aplauso magnífico y puesto en pie”. Fue la primera, pero no la última vez, que en territorio hostil el rival le rendía armas. “Hay que ser muy bueno y hacerlo muy bien para que te aplaudan en San Mamés tras una derrota”, ratifica Iribar.

Más aún a un tipo que solía sembrar vientos y recoger tempestades. Su lista de agravios antideportivos llenó páginas hasta convertir su historial en una lista negra. Quizás estaba predestinado. Llegó al fútbol en Fuengirola porque su club falseó su ficha. Era tan bueno que el equipo malagueño pensó que la legalidad no podía retrasar su milagro. En 1973, en su debut con el Atlético en un partido benéfico por Managua contra el Benfica, se rompió una tibia. “Era muy espabilado cuando llegó”, afirma Javier Irureta, que coincidió con él; “no se cortaba ante nadie. Le bastaban dos días para que pareciese que llevaba toda la vida en el equipo. La timidez no era su característica”. Esa fractura le hizo marcharse al Burgos a empezar de nuevo. De él pasó al Madrid de Del Bosque, Santillana, Camacho, Stielike... Santiago Bernabéu le fichó a cambio de 27 millones de pesetas de la época. “Supongo que el Atlético pensó que la rotura cortaba su progresión, pero se fue un magnífico futbolista”, dice Irureta.

Solía sembrar vientos y recoger tempestades, pero San Mamés le ovacionó

Entonces, a partir de 1977, comenzó a forjarse en el Bernabeú el mito de la maravilla y del desasosiego. “Era moderno para la época”, afirma Santillana; “si jugara hoy, sería igualmente maravilloso porque tenía las virtudes que imperan: velocidad, regate, poderío físico, desparpajo... Hoy, sin rapidez, no triunfas y él la tenía”. Pero también comenzaron las estridencias. Un año después de fichar por el Madrid recibió una sanción de seis años, luego reducida a 14 meses, por agredir al árbitro Adolf Prokov en un partido frente al Grashoppers. En el mismo curso dejó su huella al recibir el famoso botellazo del Yugoslavia-España por hacer un gesto a la grada cuando era sustituido: “No era difícil acertar con esta cabeza que Dios me ha dado”.

Era el comienzo de sus pecados capitales en el fútbol: agresión a un árbitro, desconsideración y botellazo del público, escupitajo a su excompañero Stielike cuando estaba en el Neuchâtel, pisotón en la cabeza a Matthäus, toreo de vaquillas, críticas a Amancio, ya su entrenador, y una juerga nocturna en Milán.

Juanito era multirreincidente e incorregible. “Su vida personal también era turbulenta y eso lo trasladaba a su vida profesional con las consecuencias que todos sabemos”, asegura Santillana. Y le pasó factura. Acosado por las sanciones y las multas, castigado por el fútbol europeo, el Madrid se desprendió de él, aunque una parte del público seguía interpretando sus errores con un sentido exacerbado de pertenencia. No en vano el propio Juanito llegó a afirmar: “De no haber sido futbolista, habría sido ultrasur”.

El 7 del Madrid

Juanito jugó 10 temporadas de sus 17 en la élite en el Madrid (1977-1987): 401 partidos y 153 goles.

Ganó cinco Ligas, dos Copas, una Copa de la Liga y dos Copas de la UEFA. Fue pichichi en 1984 con 17 goles.

Fue internacional en 34 ocasiones.

Las multas y el oprobio europeo los pagó con su salida del fútbol de élite. Su agresión a Matthäus la arregló regalándole un capote y un estoque de matador. Con Stielike tardó más tiempo. “Fueron asuntos que, en cualquier otro caso, se habrían solucionado en dos minutos”, dice Santillana, “pero, como luego se enfrentaron en equipos distintos y ocurrió lo del escupitajo, tardó más tiempo”. Se reunieron a comer en Málaga y limaron las últimas asperezas.

En su andadura se dejó 840.000 pesetas en multas y sanciones deportivas que hoy serían inimaginables. Sin embargo, aquellos troncos que se cayeron del camión que precedía su coche cuando se dirigía a Mérida, de vuelta de Madrid, yendo de copiloto, convirtieron su vida en leyenda. “Es curioso, la muerte le sobrevino durmiendo y cuando su vida personal era más plácida. Había logrado cierta estabilidad y era entrenador, que era lo que quería”, reflexiona Santillana.

Cuando había conseguido más o menos lo que quería, la muerte le sorprendió durmiendo. A Juanillo el viejo, como le decían en su barrio; al peleón del barrio, como él mismo se definía, se lo llevó para el otro barrio un accidente absurdo hace 20 años cuando dormía, por fin, el sueño de los justos.

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