Un tifón de rabia
El Madrid aterrizó en Mallorca el martes cuando el Barcelona - Tenerife acababa de empezar, sobre las ocho de la tarde. Un autobús trasladó a los jugadores a un hotel frente al paseo Marítimo de Palma y se encerraron en un salón, a cenar pasta y carne y ver lo que quedaba de partido. La plantilla se aferró al hilo de esperanza que le hacía pensar que se jugaba la Liga en el Camp Nou y que un empate les lanzaría en su lucha por el campeonato. El gol del empate tinerfeño, de Román Martínez, alimentó los sueños de algunos. Pero el 2-1 de Bojan agitó los humores.
Al ver cómo el canterano culé metía su gol, Cristiano Ronaldo abandonó el postre, se levantó de la mesa y atravesó el salón como un morlaco camino del ascensor, trasladando su tremendo cuerpo de 1,90 metros lo más rápido posible entre los inoportunos solicitantes de autógrafos. Le siguió Kaká, su eterno acompañante, con zancada suave y expresión neutra. Cristiano, temperamental y competitivo, sabía que sufriría la espera hasta que le tocase jugar. "¡Puta parió!", gritaba el portugués, inflamado ante la idea de que pasaría otra noche en el segundo puesto de la clasificación.
Para Cristiano, el campeonato es una cuestión personal. Lo demuestra en las concentraciones y lo ratifica en la cancha, en la que ha sido decisivo casi siempre. Ayer entró al campo con una disposición de ánimo que anunció estragos. El Mallorca, preocupado por atacar, no le dedicó una atención especial y Josemi no tardó en comprobar que estaba vendido. Le habilitó un cambio de orientación de Ramos desde la derecha. El luso entró en diagonal y se quedó solo ante Aouate, al que batió elevándole la pelota. Fue el 1-1.
El primero de tres goles fabulosos. Tres goles que hacen 25 en su cuenta personal. Tres goles que hacen seis en las últimas cuatro jornadas. Seis goles y dos asistencias que, en la fase más apremiante de la Liga, le convierten en el futbolista más resolutivo. Una fuerza de la naturaleza. Un tifón que ayer arrasó el corazón futbolístico de Palma.
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