Selecciona Edición
Selecciona Edición
Tamaño letra
FÚTBOL | LIGA DE CAMPEONES

Nadie para a Robben

El Bayern se sobrepone a la expulsión de Ribéry para derrotar a un tímido Lyon

De todas las maneras posibles de preparar una semifinal , Frank Ribery eligió una de las menos aconsejables: pasarse por un juzgado para declarar acusado de mantener relaciones sexuales con una menor. El Bayern trató de protegerle en la previa, de no exponerlo a preguntas que excedieran el terreno deportivo. No existen pruebas empíricas para determinar si todo ese ruido despistó al extremo galo, pero es fácil sospechar que así fue. Desde el inicio, Ribéry se mostró excitado e hiperactivo, nada especialmente nocivo para jugar al fútbol si se consideran los límites. El francés los traspasó y dejó a su equipo en inferioridad numérica tras una salvaje entrada a Lisandro, un plantillazo a destiempo en el centro del campo, en una liza que no merecía tanta bravura. En la grada, Franz Beckenbauer torció el gesto y asintió a la decisión del árbitro. Él, que parecía jugar con chaqué, nunca lo habría hecho.

Ribéry frenó la pujanza mostrada por el Bayern, que se sentía favorito con sólo exponer sus armas. Son tan previsibles como indomables. Unas forman parte de un ADN en el que los genes tienen forma de martillo pilón. Toda la vida ganaron por aplastamiento, por su capacidad agonística para mantenerse vivos hasta el final cuando parecen cien veces derrotados, por su carácter intimidador que la modernidad ha sabido manejar. El Lyon saltó al campo ante un gigantesco mosaico y la gran cantata bávara, el Carmina Burana, atronando por la megafonía. Casi 80.000 gargantas teutonas sostenían al Bayern, que, además, ahora hace de su nueva bombonera un valor añadido. Trata además de poner fútbol. No mucho, pero sí dos o tres conceptos que dominan a la perfección y que tienen que ver por un lado con la estrategia, por otro con el contraataque. Ahí el papel de Ribéry era decisivo. Trató de jugarlo tras la espalda de Revéillère buscando diagonales con el balón o sin él e incluso de inicio hizo algo más de daño que Robben, ante el que funcionaron mejor las coberturas previstas por Claude Puel, el técnico francés.

Sujetar a Robben y Ribéry es un trabajo solidario. Lo normal es que salgan indemnes del primer regate, pero la clave es anudarles después. El Lyon se juntó ante lo previsible y durante los primeros minutos sufrió menos de lo esperado por los flancos. Peor lo pasó a balón parado porque, además, Lloris no ofreció seguridad en sus primeras intervenciones. En una de ellas midió mal su salida en un córner y dejó a Schweinsteiger un testarazo franco que se fue demasiado cruzado. El Lyon se asustó y reculó, tenía las bandas desactivadas porque Ederson no es un futbolista con recorrido y tanto Delgado como Lisandro asumieron el rol de primera línea defensiva.

Estuvo tímido el equipo francés, quizás porque, a estas alturas, pesa la púrpura y ni club ni jugadores se habían visto jamás en una semifinal de la Liga de Campeones. Se le abrió el cielo cuando se vio en superioridad numérica, pero se le volvió a cerrar en cuanto Toulalan vio dos tarjetas amarillas en apenas tres minutos.

Fue justo al volver del descanso. Sólo un cuarto de hora estuvo en ventaja el Lyon, que, en realidad, sólo respiró y trató de tejer combinaciones en los instantes finales de la primera parte. En el descanso, Van Gaal tomó decisiones: retiró a Olic, un delantero, y ganó en llegada. Así es el ajedrez futbolero, en el que muchas veces menos es más. Sin delantero, el Bayern se hizo con el control que había perdido tras el golpe de verse sin Ribéry y justo cuando más apretaba apareció Toulalan, un internacional que peina canas y se autoexpulsó como un juvenil. Puede caber la discusión sobre la segunda tarjeta que le mostró Rosetti porque tocó la pelota y no al jugador, pero no sobre su imprudencia. Acababa de ver una amonestación y en el siguiente mano a mano, con Ribéry en el recuerdo, entró con los tacos por delante.

El Bayern acabó de desatarse. Van Gaal volvió a recurrir a una referencia arriba aunque fuera tan torpe como Mario Gómez. Volvió a pegar a Robben a la cal y abrió la defensa rival. Marcó el holandés con ese movimiento que tanto repite y que nadie logra abortar, el recorte hacia dentro y el zurdazo. La pelota tocó la coronilla de Müller para acabar de despistar a Lloris. Volvió a hacer un movimiento similar en los minutos finales, pero ahí sí supo responder el meta. De inmediato, Van Gaal le mandó al banquillo para reforzar la medular con Altintop. Quedaban seis minutos y pareció que al técnico le valía el resultado. Robben, que olfateaba una contra para redondear el marcador se retiró entre gestos de desaprobación y Van Gaal le mostró quién manda en el Bayern. Nunca dejará de ser un personaje.

Puedes seguir Deportes de EL PAÍS en Facebook, Twitter o suscribirte aquí a la Newsletter.