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EUROCOPA 2008 | AUSTRIA 0 - CROACIA 1

Sólo tres minutos de Modric

Croacia, que únicamente remató a puerta en el penalti, se impone a un anfitrión pobre

Austria es un país hermético, introvertido y muy desarrollado. Es decir, reúne todas las condiciones para desaparecer del mapa del fútbol. René Aufhauser, uno de los titulares de la selección austríaca, es, como la mayoría de sus colegas coterráneos, un accidente. El hombre debió salir rebotado de alguna escuela de esquí alpino antes de acabar ante una pelota. Por esas cosas del destino, ayer fue titular en el debut de su equipo en la Eurocopa, en el Prater. A sus espaldas tenía 30.000 hinchas que parecían celebrar el día del imperio. Bien, pues este hombre no dejó pasar cinco minutos de partido para hacer una exhibición de rigidez mental y física. Como llegó tarde y estaba emocionado, se lanzó sobre la rodilla de Olic derribándolo en el área de penalti. La acción se pareció a un sabotaje. Pero no lo era. Se trataba simplemente de una torpeza que puso en un serio compromiso al árbitro, el holandés Pieter Vink. No hay nada que moleste más a un árbitro que verse obligado a pitarle un penalti en contra al organizador de un torneo en el primer partido. El pobre Vink no tuvo más remedio.

A Croacia le bastó con el comienzo estrepitoso de Modric. El muchacho es uno de esos enganches energéticos y emprendedores que suelen desconcertar a las defensas más solventes. Sus dos primeras jugadas abrieron una brecha en el equipo local, que no soportó la tensión nerviosa. El peso de tener que dar la talla reblandeció a los austriacos. En su primera incursión al área de Macho, el pequeño Modric se escabulló de su marcador y le dejó el balón a Olic para que se buscara la vida cerca de la raya de fondo. Olic estaba demasiado escorado. No parecía un peligro inminente. Habría bastado con taparle la salida por dentro. Pero Aufhauser resolvió que había llegado la hora de emplear los tacos. Hizo penalti y sepultó a su equipo.

El apocamiento de Austria y sus deficiencias técnicas fueron tan evidentes en la primera parte que los croatas incurrieron en la indulgencia. Niko Kovac, Kranjcar, Modric y Srna se gustaron. Los laterales, Pranjic y Corluka, se incorporaron con clase, mientras Olic y Petric dieron la impresión de que desbordarían a la zaga austriaca de un momento a otro. Pero no lo hicieron. Poco a poco, Modric reveló su intermitencia. Fue desapareciendo, y sus compañeros lo siguieron. Croacia cedió terreno. Creyó que controlaba la situación, y estuvo a punto de tirar el partido. Aparte del penalti, Austria no recibió más tiros entre los tres palos.

Al ver que se abrían los espacios, los austriacos cabalgaron. El capitán, Ivanschitz, había dicho antes del partido que sus compañeros debían usar lo que mejor sabían: "la cabeza". Es decir, el cráneo, el continente, la cáscara. La punta del esqueleto entendida como herramienta de guerra. Así ven el fútbol las nuevas generaciones germánicas. El estadio bramaba cada vez que el árbitro señalaba un córner, o una falta. Aquello era la ópera. Sucedió que a fuerza de empuje, centros y cabezazos, a los centrales croatas se les vio el plumero. Croacia se sumió en la confusión. El partido discurrió hacia su final con Pletikosa intentando descolgar balones en la montonera. La entrada de Korkmaz (de origen turco) y Vastic (de origen croata) se reveló como una sorpresa: fueron los mejores de Austria y, sin embargo, permanecieron una hora en el banquillo. Extraño, pero cierto.

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