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EUROCOPA 2008 | SUIZA 0 - REPÚBLICA CHECA 1

A Suiza se le aparecen los demonios

Cech, la defensa checa, la mala fortuna y un árbitro italiano dejan sin consuelo al anfitrión

Cuando en el primer tiempo se lesiona tu mejor jugador, se ilumina el portero rival, la pelota se encapricha con la escuadra contraria y un árbitro se hace el sueco, por muy italiano que sea, ante los manotazos adversarios dentro del área, de nada sirve la etiqueta de anfitrión. Le ocurrió ayer a Suiza en el encuentro inaugural de su Eurocopa y la austriaca. El equipo de Kuhn también puso de su parte y un desatino defensivo concedió el gol a la República Checa, que nada hizo antes ni después para merecer tanto premio. Demasiado castigo para los suizos, que, rebajados de talento, se esforzaron lo suficiente para no quedarse a la intemperie. La mayor experiencia checa, un fútbol con mayor alcurnia, y algún embrujo imprevisto condenaron al bisoño equipo helvético.

Los dados quisieron que el torneo arrancara con dos países tan exportadores que entre los titulares sólo se alistó un jugador de las respectivas Ligas nacionales: Streller, del Basilea. Por cierto, el más deficiente de los participantes. Sin chispa unos y otros, hasta el emotivo tramo final, el duelo resultó borrascoso, ulceroso incluso, con dos selecciones gripadas en el centro del campo y excesivamente condicionadas por los dos arietes. Los checos, sin la guía de Rosicky, su mayor talento, se cuelgan una y otra vez de un delantero grúa como Jan Koller, un poste de dos metros que, a sus 35 años, está forrado de cardenales y ya va con el depósito justo. Suiza tiene en el punto de mira a Frei, el capitán, su gran goleador, un delantero con instinto depredador y buenos movimientos. Suyas fueron las mejores ocasiones del primer acto, mejor dicho, todas las que hubo, un par de ellas. Una entrada de Grygera, el lateral del Juventus, al filo del descanso, le retorció la rodilla izquierda y el chico se fue del campo llorando, desconsolado por el accidente.

Sin Frei, el equipo anfitrión se sintió muy desamparado, sin otra tutela que la de Inler, un medio centro en nómina con el Udinese que juega con mucha destreza. Lastimado Frei, Kobi Kuhn, el seleccionador suizo, ordenó calentar a Derdiyok, el más joven del torneo. En la tregua del descanso se lo pensó y dio carrete a Hakan Yakin, más cuajado a sus 31 años. Yakin hizo de Frei y a punto estuvo de lograr que su país festejara el estreno. Primero, con una falta directa que peinó el casco de Cech; luego, con un remate de cabeza que no ajustó bien. Para entonces, Suiza gobernaba mejor el partido, con los checos fuera de foco, como si la asfixia de Koller, en el banquillo apenas iniciado el segundo tramo, le hubiera dejado sin ideario. En este tránsito generacional, en la República Checa no se adivina algún eslabón de Masopust, Nehoda, Panenka o Nedved. El andamiaje lo sostiene la vieja guardia del propio Nedved, Poborsky, Smicer y Berger: el abnegado Galasek, el dique del medio campo, y Ujfalusi, un central poderoso y bien colocado, un alivio para el Atlético de Eller, Zé Castro, Pablo y Perea. El día y la noche.

Con Ujfalusi y Cech de escoltas, los checos sofocaron el ímpetu local hasta que la propia Suiza entregó la cuchara de mala manera. Su defensa se hizo un nudo al querer tirar el fuera de juego y, tras un cabezazo defensivo de Galasek, la pelota aterrizó en los pies de Sverkos, el máximo goleador de la Liga checa con el Banik Ostrava, relevo de Koller, que batió a Benaglio en la única jugada atrevida de los visitantes en todo el segundo tiempo. Un azote para la primera anfitriona en ponerse en marcha, que no encontró remedio ante Cech, estupendo en el juego aéreo y en un disparo de Barnetta, al que sucedió un remate a la escuadra de Vonlanthen. Atrincherados los checos, Suiza remó cuanto pudo hasta el final, pero se topó con un demonio más. En el último suspiro, el italiano Roberto Rosetti se hizo el 'longuis' ante un posible penalti de Ujfalusi para desasosiego de la hinchada local, que ya había sido soliviantada por otro clarísimo palmeo del central checo. Demasiado maleficio, por mucho que Suiza cargue con los festejos.

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