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Crónica:FÚTBOL | Liga de Campeones: vuelta de las semifinales

La versión renovada de un drama

Vencido por la tensión, el Depor vuelve a escenificar en su estadio un fracaso histórico diez años después

Podía ser una mera aprensión o todo un presentimiento. Resultó lo segundo. Como aquel día de 1994, cuando A Coruña perdió la Liga en su campo con todo a favor, al Depor le pudo la tensión, la responsabilidad, ese vértigo tan irresistible que acomete a los que se asoman al abismo de la historia. Y de nuevo cobraron actualidad las palabras fatales de Fran, que habían presagiado aquel drama: "Tanto remar para acabar muriendo en la orilla".

Ayudado por la tensión que se hizo notoria en las filas locales, el Oporto logró enlodar al Depor en su particular tipo de fútbol y desde muy pronto anunció que una nube negra se cernía sobre el exultante Riazor. José Mourinho ha inculcado a su equipo la vocación de apropiarse de la pelota y escondérsela al rival en cualquier zona. El Oporto toca, toca y toca desde la defensa hasta la medular, con una paciencia infinita, sin perder la compostura, aunque su abrumadora posesión apenas le permita avanzar. A veces da la impresión de que el equipo portugués quiere el balón más como un medio de defenderse que de atacar. Entre eso y su entrega constante a la presión sobre el contrario, va envolviendo a los adversarios con una curiosa mezcla de parsimonia y agresividad.

DEPORTIVO 0- OPORTO 1

Deportivo: Molina; Manuel Pablo, César, Naybet, Romero; Duscher, Sergio (Tristán, m.67); Víctor (Scaloni, m.55), Valerón, Luque (Fran, m.72); y Pandiani.

Oporto: Vitor Baia; Paulo Ferreira, Jorge Costa, Ricardo Carvalho, Nuno Valente; Costinha; Mendes (Bosingwa, m.87), Maniche, Carlos Alberto (Emanuel, m.68); Deco; y Derlei (McCarthy, m.92).

Gol: 0-1. M.59. Penalti por zancadilla de César a Deco. Derlei lo lanza raso y pegado al poste derecho de Molina, que no llega pese a su atinada estirada.

Árbitro: Pierluigi Collina (Italia). Expulsó a Naybet por doble amonestación (m.70). También amonestó a Carlos Alberto, Mendes y Tristán.

Lleno, 35.000 espectadores, en Riazor. Finalista el Oporto por el resultado global de 1-0.

El Depor cayó en la emboscada y anduvo media hora persiguiendo la sombra de su contrincante. El cuadro del Javier Irureta se quedó incapaz de oler el cuero, a punto de abandonarse a la desesperación ante un Oporto que apenas creaba peligro, pero que manejaba con cierta facilidad los resortes del partido. En esos instantes, todo el mundo echó de menos a Mauro Silva y su capacidad para demoler el centro del campo del rival. También a Valerón, estrangulado entre la espesura que acumulaba el Oporto en la medular. Hasta que apareció el canario, el Depor ni siquiera merodeó por el área de Vitor Baía. La primera señal de Valerón llegó a la media hora y sacó al Depor de la sensación claustrofóbica que le embargaba. Su pase al interior del área lo remató Pandiani por encima del larguero. Una jugada sin demasiada trascendencia práctica, pero que devolvió la convicción al Depor, que por fin se libró del corsé que le ahogaba y empujó al Oporto hacia su área. Entonces llegó la jugada que pudo cambiar el destino del partido. Un cabezazo de Duscher en un barullo ante el área dejó la pelota a los pies de Valerón, de frente a la portería, sin un solo contrario que le molestase. El estadio enmudeció y todos se quedaron paralizados, como sorprendidos por la extraña claridad de la jugada o esperando a que el árbitro pitase fuera de juego. Pero no lo era, y a Valerón pareció caérsele el cielo encima. Disparó flojo y la pelota se fue por encima de la meta.

Valerón ya no se recobró del fallo y al Depor empezó a oscurecérsele el horizonte en la primera jugada de la segunda parte, cuando Derlei remató al palo un centro cruzado de Deco. La jugada volvió a llenar de aprensiones al Depor, que retornó al estado confuso y tenso de la fase inicial, como si intentara atrapar un hilo para salir de un laberinto imposible. Al Oporto se le amontaron sensaciones inversas. Tan seguro con la pelota como en la primera parte, añadió ahora la decisión que le había faltado hasta entonces. Y, mientras el Depor trataba de resolver sus dudas, llegó el acto central del drama. César, impecable hasta entonces en la difícil papeleta de reemplazar a Andrade, cayó en la trampa de un caracoleo de Deco en el vértice del área y acabó derribándole. Collina no lo dudó. El penalti, transformado por Derlei, apuñaló al Depor. El reventón final para los blanquiazules llegaría muy poco después, cuando el fotogénico árbitro italiano expulsó a Naybet.

A partir de entonces, Riazor asistió a una vieja tragedia que creía definitivamente desterrada de su historia. El entusiasmo de los seguidores del Oporto se apoderó del estadio y, por mucho que el Depor rebuscase en sus reservas de heroísmo, las que hace nada le otorgaron su asombrosa victoria ante el Milan, las que otra noche europea le propulsaron a una inverosímil remontada frente al París Saint-Germain, las que un par de años atrás le otorgaron uno de los triunfos más memorables en la historia de la Copa del Rey, todo resultó fútil. Diez años después, como aquel día del penalti de Djukic, Riazor se cubrió de lágrimas y la noche devolvió al Depor a su ya olvidado parentesco con el drama.

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