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SILLÓN DE OREJAS COLUMNA i

‘Post tenebras spero lucem’

Los autores no tienen encargos, se paralizan o aplazan el pago de sus regalías y de sus liquidaciones, carecen en muchos casos de acceso a las ayudas estatales y casi nadie se acuerda de ellos

Bill Murray, en 'Abajo el telón' (1999), de Tim Robbins.
Bill Murray, en 'Abajo el telón' (1999), de Tim Robbins.

1. Autores

Algo habría que hacer por ellos y, en consecuencia, por todos los que nos beneficiamos de su trabajo, tanto del que se jalea mediáticamente como del que permanece poco tiempo en las implacables mesas de novedades. Los autores —una categoría proteica que incluye a todos los que constituyen el primer eslabón y la piedra angular del negocio del libro— están siendo particularmente golpeados por el pandemonio general causado por la pandemia (un millón de contagiados en el mundo por quincena) y por un impacto económico del que aún no nos podemos hacer cabal idea. No tienen encargos, se paralizan o aplazan el pago de sus regalías y de sus liquidaciones, carecen en muchos casos de acceso a las ayudas estatales y casi nadie se acuerda de que este segmento esencial de la cadena del libro está formado por bastantes más autores que las tres o cuatro docenas cuyos nombres aparecen habitualmente en las listas de más vendidos y que pueden vivir con más o menos holgura de su trabajo.

De los datos proporcionados por una encuesta realizada en Francia sobre una muestra de 415 autores, de los que el 80,7% declaran que la “creación” es su única o principal actividad profesional, se desprende que, entre los próximos meses de junio y septiembre de este mismo año, su salario previsto no pasará de 701 euros mensuales. Me pega que aquí la situación no será mucho mejor. A los políticos se les llena la boca afirmando que la crisis en la que nos bañamos sobrepasará a las de la Gran Recesión de 2008 e, incluso, a la Gran Depresión que se extendió por el planeta tras el martes negro de 1929.

La verdad es que, con “plan Marshall” o sin él, sería estupendo que se activara la imaginación de las distintas Administraciones del Estado para ayudar también a los autores y creadores más vulnerables. Hay ejemplos históricos; uno de ellos, el Federal Writer’s Project (FWP), se puso en marcha en EE UU cuando la Administración de Roosevelt comprendió que había que hacer algo con tantos escritores (sobre todo jóvenes) que se habían quedado sin empleo o en situación precaria; Abajo el telón (1999), la película de Tim Robbins, permite hacerse una idea de cómo la Gran Depresión afectó a los creadores (en este caso, a los dramaturgos). Del FWP surgió la American Guide Series, que ha quedado como el más completo (y mejor) corpus de guías turísticas y viajeras de EE UU que se haya realizado, y además dio trabajo (e ingresos) a unos 6.000 escritores y periodistas durante los años más terribles; seguro que les suenan los nombres de algunos de los (entonces) jóvenes redactores: Saul Bellow, Zora Neale, John Cheever, Dorothy West, Nelson Algren, Jim Thompson.

2. Teatro

Ayer, en el descuidado escaparate de una conocida librería de la calle de Fuencarral que permanecía cerrada, tuve una especie de momentáneo vislumbre de lo que significa el tiempo detenido en el vertiginoso mundo del libro. De algún modo, los títulos que seguían expuestos (la mayoría publicados en febrero, hace ya un siglo) y cubiertos de una fina capa de polvo se me antojaban más propios de una librería definitivamente clausurada. Me sentí un poco como el jovencísimo Pip cuando entró en el salón de la señorita Havisham, en el que todo había permanecido igual (y sin limpiar) desde el mismo día, muchos años atrás, en que la dama fue plantada ante el mismísimo altar (Dickens, Grandes esperanzas, 1860).

‘Post tenebras spero lucem’

Y conste que me había preguntado con curiosidad cuál sería el primer libro que los editores me enviarían a casa después de 60 días sin recibir novedades. Ahora lo sé: hace tres recibí Tragedia del señor Morn, de Vladímir Nabokov, publicado por la modesta editorial segoviana La Uña Rota. Se trata de un drama en verso (Rafael Rodríguez, su traductor, ha trasladado a endecasílabos blancos la versificación original) compuesto entre 1923 y 1924 por el entonces joven exilado. Claramente afectado por el clima revolucionario europeo, por la violenta muerte de su padre un año antes (cuando protegía a un amigo de un intento de asesinato) y muy influido por el teatro de Shakespeare, Nabokov imagina un país regido por un rey enmascarado y enfrentado al revolucionario Ganus, de cuya mujer, Midia, se ha enamorado.

El teatro, primer entusiasmo literario de Nabokov, no es precisamente por lo que el autor de obras maestras como Lolita o Habla, memoria ha pasado a la historia de la literatura, pero los amantes de su obra (entre los que me cuento) encontrarán en esta tragedia (olvidada y no publicada hasta 1997), además de una lectura entretenida, estilemas, motivos y temas muy reconocibles en su obra posterior. Felicidades a La Uña Rota, cuyo catálogo depara sorpresas ignoradas por editores de más relumbrón.

‘Post tenebras spero lucem’

3. Fundador

Se acerca el tiempo en que la urgencia de las novedades bibliográficas arrinconará el comentario de lecturas que no lo sean. No quiero que se me pase recomendar un libro ya casi “antiguo” (se publicó en 2018 y obtuvo al menos dos reimpresiones el año siguiente) en el que me he sumergido, más bien tardíamente y en sendas “vacaciones” editoriales de Semana Santa y confinamiento forzado. La invención de Jesús de Nazaret. Historia, ficción, historiografía (Siglo XXI), del especialista en historia de las religiones Fernando Bermejo Rubio, es un estudio histórico y crítico que no debería dejar de leer nadie interesado en la fundación y evolución del cristianismo y la figura histórica y/o legendaria de su fundador judío. Un libro riguroso y bien investigado que no se limita a responder preguntas, sino que las suscita de nuevas y más sugerentes maneras, distinguiendo de modo radical creencia y fe de historia y tradición.