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Volar bajo el arco iris

Impulsados por el recuerdo de los disturbios en un bar del West Village hace medio siglo, los artistas LGTB cincelan un canon alternativo y transforman sus sentimientos en arte público

'Abdullah and Sergeant Adams' (2001), obra de Alex Donis incluida en el libro 'Art & Queer Culture'.
'Abdullah and Sergeant Adams' (2001), obra de Alex Donis incluida en el libro 'Art & Queer Culture'.

En cada tienda de museo, en cada pabellón de una bienal, siempre hay una tote bag (una bolsa de tela) que todos quieren llevarse como recuerdo. Son prácticas y latosas en igual medida, con lemas estampados del tipo “Duchamp es inocente” o “Tu cuerpo es un campo de batalla”. Acumulamos las bolsitas prometiendo usarlas para ir a la compra —sin lavarlas, porque, ay, ya nunca quedan igual—, pero siempre acaban olvidadas dentro de una bolsa de plástico más grande. Llevando al límite la dificultad de distinguir entre una bolsa barata aunque deseable y la forma en que los colectivos queer se desenvuelven en los circuitos del arte, se impone recuperar el debate crítico en torno a las políticas de la expresión y su consumo rápido.

El despertar del arte queer le debe prácticamente todo al sueño libertario feminista, al activismo interracial y, no por atroz menos importante, a la pesadilla del VIH y el sida, que hizo necesario el hecho de que, frente al estigma y la hostilidad que generaba la plaga mortal, las feministas, las gentes de color y los gais estuvieran en el mismo bando de la línea de batalla. La frase acuñada por Linda ­Nochlin, “la historia del arte es un modo genial de analizar el arte”, indicaba que ese genio otro de las mujeres y las minorías oprimidas debía actuar por infiltración, utilizar la historia misma como fuente de inspiración y crónica de la misoginia para poder modificar el curso de la evolución de la creación contemporánea. El viaje hacia el ideal de igualdad iba a ser costoso y a perpetuidad. Gracias al comportamiento revolucionario de muchas mujeres —algunas transgénero— que manaba del entendimiento mutuo de lo que significaba sentirse solas, la sociedad comenzó a abrirse a las diferencias.

Apaciguado el huracán del sida, el arte queer encontró un nicho en los museos y escaparates culturales

Estimulados por el deseo de una alegría compartida de sus vidas sexuales, los colectivos de liberación sexual fueron profundamente astutos y mordaces en las formas de representación dentro de la cultura popular en auge. Apaciguado el huracán del sida, el arte queer —y más rotundamente el arte homosexual masculino— encontró un nicho en los museos y en los nuevos escaparates culturales. Así fue cómo la gay-nación, arropada por el espectáculo del lujo y la magia de la fiesta multicolor, emprendió su larga marcha hacia una Oz acrónica y flotante donde, como dice la canción, los pájaros son azules y los problemas se derriten como gotas de limón.

'The New York Daily News on the day that became the Stonewall Riot reproduced by hand from microfilm records' (1997), obra de Mathew Jones incluida en el libro 'Art & Queer Culture'.
'The New York Daily News on the day that became the Stonewall Riot reproduced by hand from microfilm records' (1997), obra de Mathew Jones incluida en el libro 'Art & Queer Culture'.© Courtesy www.mathewjones.com

Con motivo de la celebración del 50º aniversario de los disturbios en el bar Stonewall Inn del West Village, el 28 de junio de 1969, los museos revisan la historia de las luchas y vindicaciones de los colectivos LGTB. Sólo en Nueva York hay tres muestras: Art After Stonewall, en el Leslie-Lohman Museum (hasta el 21 de julio); Love & Resistance, en la New York Public Library (hasta el 13 de julio), y Nobody Promised You Tomorrow, en el Brooklyn Museum (hasta el 8 de diciembre); y en San Francisco, Queer California Untold Stories, en el Oakland Museum of California (hasta el 11 de agosto). Revistas y publicaciones online destacan asimismo los “15 artistas LGTB que más hay que tener en cuenta” (Artsy) —todos americanos e ingleses—, y los “5 Queer Art Shows más relevantes” (Newsweek), con Mapplethorpe (Solomon R. Guggenheim Museum, hasta el 5 de enero) y la feria de arte 80 + LGTB Superfine!, en el Soho. La editorial Phaidon contribuye a la efemérides con la revisión de su clásico de 2013 Art & Queer Culture, de Catherine Lord y Richard Meyer, ilustrado con 250 obras, desde Thomas Eakins y Romaine Brooks hasta Francis Bacon, Federico García Lorca, Félix González-Torres, y más actuales, Rafael Esparza, Vaginal Davis o The Aids Memorial Instagram Project.

Al mundo gay le complace vincular el mito germinal de Stonewall con el duelo colectivo por la muerte de Judy Garland, ocurrida días antes. Leyenda urbana o verdad, el vacío dejado por la estrella de Hollywood lo llenó con creces la poderosa drag king Stormé DeLarverie, una lesbiana butch conocida como la Rosa Parks de la comunidad gay, que animó a los clientes del bar a plantar cara al escuadrón de la moral de la policía que había irrumpido aquella noche en el bar. Desde 2016, el Stonewall Inn (en el número 53 de Christopher Street) es “monumento nacional” y parada obligatoria del World Pride y su espectacular parade y carrozas decoradas con lemas que aluden a “lo maravilloso que es ser gay”.

Ante la institucionalización gay masculina, las cosas no han cambiado mucho para las mujeres

En 1992, uno de los años de más mortandad por sida (24.000 sólo en Estados Unidos), el Ayuntamiento de Nueva York instaló en la pequeña zona verde de Christopher Park un monumento conmemorativo de Stone­wall formado por dos parejas, dos hombres y dos mujeres. Su autor, George Segal, representó las figuras con sus conocidos vendajes, que impiden que sean caracterizadas como de una raza determinada, pero aun así son de yeso blanco y las mujeres no están de pie, sino sentadas. Se sabe que el encargo se le había ofrecido antes a la escultora Louise Nevelson y que ésta lo habría aceptado, pero su galerista acabó disuadiéndola argumentando que insinuar su orientación sexual “perjudicaría el negocio”. Las cosas no han cambiado mucho para las mujeres, muy suspicaces con la institucionalización gay masculina —la exposición en el Metropolitan Camp. Notes on Fashion (hasta el 8 de septiembre) es un buen ejemplo— y críticas con la homogénea comercialización del Greenwich Village, muy diferente a otras áreas de Nueva York, étnicamente diversas y con mayor desigualdad social.

Diapositiva de la instalación 'In the Near Future' (2009), de Sharon Hayes, incluida en el libro 'Art & Queer Culture'.
Diapositiva de la instalación 'In the Near Future' (2009), de Sharon Hayes, incluida en el libro 'Art & Queer Culture'.

Sólo con un paseo por las galerías y museos del renovado Lower Manhattan, se constata que el arte queer cuenta sus quince minutos de fama por años, un apego parecido al que sentimos por una bolsa de tela que nos llevamos de recuerdo. Menos volátiles serán los nuevos (anti)monumentos que irán apareciendo en parques y plazas de la ciudad como parte del proyecto women.nyc de visibilización de las mujeres cuyos logros han tenido un impacto en la historia. Hace unos días, el departamento de asuntos culturales anunció la apertura del plazo del concurso internacional (con un presupuesto de 750.000 dólares) para la futura pieza pública en la ciudad, y posiblemente la primera en el mundo, que honre a Marsha P. Johnson y Sylvia Rivera —drag queen afroamericana, la primera, y trans latina, la segunda—, líderes muy activas de los disturbios de Stonewall y que siguieron apoyando el movimiento LGTB desde la autocrítica, reprochándole en muchos casos su misoginia y que se excluyera a aquellas personas que no encajaban en la norma. Johnson y Rivera rechazaron cualquier privilegio. No querían ser pájaros azules, sólo mujeres, aves comunes volando a ras del suelo.

Art & Queer Culture. Catherine Lord y Richard Meyer. Phaidon. 304 páginas.

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