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SILLÓN DE OREJAS TRIBUNA i

Fin de raza

A este paso, van a desaparecer los auténticos libreros de viejo que han nutrido de joyas nuestras bibliotecas personales

Raymond Burr y Barbara Hale, en la serie 'Perry Mason' en 1963 Ampliar foto
Raymond Burr y Barbara Hale, en la serie 'Perry Mason' en 1963 GETTY IMAGES

01. Elegía

Cuando llegué a mi casa tuve que recurrir a dos benzodiacepinas y, poco a poco, la angustia fue dejando paso a la melancolía. El motivo de mi aflicción: de camino a unas gestiones me topé con una de esas librerías low cost que se han establecido en los últimos tiempos en algunas ciudades españolas, y me soliviantó la certeza de que la gente de mi generación somos fin de raza gutenbergiana. En ese establecimiento venden los libros (1, por 3 euros; 3, por 10) que compran (¡a 20 céntimos cada uno!, de cualquier tamaño o temática, y siempre que estén en buen estado, no sean de texto o enciclopedias y estén editados “a partir de los años noventa”): ese es su negocio. Venden a lectores corrientes y, también, en bloque (a precio negociable) a decoradores, interioristas, escaparatistas, hosteleros que precisen llenar con ellos estanterías vacías para hacer bonito (por tamaño, por color, “por lo que sea”).

El negocio tiene mucho que ver con la desvalorización del objeto libro desde que lo digital irrumpió en nuestras vidas: el libro (viejo) vale ya muy poco porque nadie lo quiere. Y lo malo es que, a este paso, también van a desaparecer los auténticos libreros de viejo que han nutrido de joyas nuestras bibliotecas personales; por eso, y quizás en un intento desesperado de reivindicar su oficio, los bouquinistes del Sena tratan de conseguir el marchamo de “patrimonio inmaterial de la humanidad”, frente a la aún humeante Notre Dame.

En todo caso, la tienda low cost a la que me refiero tiene un patético motto en el que se revela el oportunismo de quien sabe ver “ventanas de oportunidad” para el negocio: “Mi libro huele mejor que tu tableta”. Lo único positivo de ese paseo por el lado salvaje fue que, en un banco urbano situado a escasos metros del lugar, alguien con dignidad había dejado los libros que le sobraban para que los cogiera, gratis, quien quisiera. No me resistí a hacer un anónimo homenaje al donante llevándome un ejemplar de El caso del cómplice nervioso. Una aventura de Perry Mason, de Erle Stanley Gardner, publicada en 1961 por Plaza & Janés. Gracias, amigo.

Fin de raza

02. Mola (mola)

Lo más llamativo en torno a la elusiva Carmen Mola es que a (casi) nadie le importa un ardite quién se esconda tras ese seudónimo; lo único que de verdad cuenta es que siga publicando novelas. La tal Carmen Mola —aunque estoy seguro de que, a pesar de alguna cortina de humo, se trata, más bien, de “el tal”— irrumpió hace un año en el sobrepoblado universo de la serie “negra” española con La novia gitana (Alfaguara), un escalofriante thriller del que todavía me persigue la imagen de una joven a la que horadan el cráneo para introducirle gusanos que le devoren el cerebro,¡puaj! Morbo aparte, la historia se apoyaba en una intriga absorbente, unos personajes suficientemente complejos, una atmósfera opresiva con suspense controlado y un ritmo que solo ocasionalmente decaía.

Ahora la señora (o no) Mola regresa a las mesas de novedades con La red púrpura (Alfaguara), otro thriller negrísimo en el que se modera ligeramente la inclinación del autor/a hacia lo siniestro (muy presente, en todo caso) y se gana en intriga, reflexión y cercanía emocional. La novela se inicia con la inspectora Elena Blanco y la Brigada de Análisis de Casos siguiendo la pista de una organización criminal que comercia en el círculo más abisal de Internet con imágenes siniestras y ultraviolentas de cuerpos torturados hasta la muerte. Blanco, que alimenta una terrible sospecha acerca una posible víctima y/o verdugo de esos espectáculos snuff, inicia su nuevo un viaje al corazón del mal irrumpiendo en una vivienda de gente bien en la que un adolescente se entretiene con la contemplación en directo de la tortura de una joven a cargo de encapuchados. Solo que esta vez el mal se acerca demasiado a la biografía de la inspectora y amenaza con ahogarla en su trama de horror y culpa. Sea quien sea, Mola se ha superado a sí mismo/a.

03. Populismos

Con la derecha partida en tres y cada vez más escorada hacia su extremo, la izquierda fraccionada en dos (y hasta en tres: Cataluña) y las peculiaridades de nuestra norma electoral —que convierten en irrisorio el principio de “una persona, un voto”—, la verdad es que a los indecisos (e incluso a los que, cansados de ponerse la pinza en la nariz, siguen dudando entre votar o, simplemente, botar su voto) no se lo han puesto nada fácil.

Fin de raza

La derechona más añeja ha contaminado a la derecha y fagocitado al viejo centro, y las muchas izquierdas (alguna, entre comillas) siguen acicalándose sus personalistas ombligos, pero me dicen mis amigos —y, sin duda, aciertan— que esta vez la gravedad de lo que se dirime prima sobre esa ambigua forma de protesta individual que es la abstención. Mientras tanto, la expansión de los populismos me parece lo más significativo del momento político planetario, lo que obliga a un esfuerzo de comprensión.

Entre lo más interesante que sobre el asunto ha llegado a las librerías, solo en la última quincena, destaco Populismo (Alianza), de Cas Mudde y Cristóbal Rovira Kaltwasser, una breve introducción al tema; Nacionalpopulismo (Península), de Roger Eatwell y Matthew Goodwin, un ensayo que analiza, sin demonizaciones previas, los motivos por los que un número creciente de ciudadanos se decanta por las opciones populistas en las democracias liberales sostenidas por partidos tradicionales; por último, Del fascismo al populismo en la historia (Taurus), de Federico Finchelstein, se centra en las diferencias y afinidades entre ambos y, especialmente, en el análisis de los “modernos” populismos latinoamericanos, desde los sucesivos (de derecha o izquierda) de Juan Perón, hasta los de Chávez, Correa, Morales o Maduro.