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BE GOD IS CRÍTICA i

Tres tigres excéntricos en un trigal

'Be God Is' es un espectáculo lleno de orfebrería humorística y acción trepidante

Imagen de 'Be god is'.
Imagen de 'Be god is'.

Este espectáculo no fue coproducido por el Kunsten Festival des Arts ni por el Wiener Festwochen. Tampoco sube a escena a gente corriente para darse pátina social ni pretende ser la expresión de un profundo malestar. Sus artífices no se autodenominan creadores, sino artistas. No se dicen contemporáneos, pero son de ahora mismo. Be God Is es fruto de largos años de trabajo: lo estrenaron hace seis, en versión germinal, de unos treinta minutos. Luego le sumaron veinte y otros tantos después, para recortarlo posteriormente: ahora dura una hora, que cunde bastante más, de tan llena como está de orfebrería humorística y de acción trepidante.

Oriol Pla, Blai Juanet y Marc Sastre son cómicos, músicos y volatineros, en diferente medida. Un trío de excéntricos que hace reír con fundamento. Sus números no son novedosos, pero muy rara vez se facturan con tanta finura, precisión y salero. Hacen cosquillas, despejan las vías respiratoras y descontracturan la mandíbula. Cuando la voz en off de Alberto San Juan presenta a estos chicos, interpretan una versión de In the Mood que satisfaría al mismísimo Glenn Miller.

Be God Is

Autores, intérpretes y directores: Blai Juanet Sanagustín, Oriol Pla y Marc Sastre. Producción: Aina Juanet. Escenografía: Xavi ‘Doctor’ Mateu. Caracterización: Diana Pla. Iluminación: Núria Solina. Madrid. Teatro del Barrio, hasta el 17 de marzo.

Canta Sastre a la guitarra eléctrica el Space Oddity, de David Bowie, mientras Juanet toca el saxo y lleva al tiempo una rosa de largo tallo en frágil equilibrio sobre la punta de su nariz, para impresionar a la espectadora de la que acaba de prendarse. Retoman ambos el In The Mood a mayor velocidad, para dar pie a que Pla interprete una pantomima eléctrica, desquiciada, más rápido cada vez hasta el infarto final. Para causar efecto estroboscópico, estos chicos no necesitan oscuridad, luces ni el suministro de Iberdrola.

Con un pedal de efectos, Sastre le saca a su instrumento sonidos propios del violín y Pla reacciona a cada tañido como Marcel-li Antúnez reaccionaba en Epizoo al capricho soberano de los espectadores, a los que acababa de entregar el control de su cuerpo mediante un exoesqueleto accionado por un ratón. Aquí la cosa va de broma, pero una de las caras que pone Pla evoca por su fuerza expresiva la de Urano devorando a sus hijos.

La destreza física aplicada a lo humorístico del primogénito de Quimet Pla, cofundador de Comediants, y de la actriz Núria Solina (a la mesa técnica en Be God Is: la familia al completo coprotagonizó en otoño Travy, celebrada pieza a un paso de la autoficción), evoca por momentos la del genial contraaugusto Vincent Molliens y la de James Thierrée, nieto de Chaplin, cuyos espectáculos alucinados, de visitar Madrid en un futuro próximo –que no lo parece– lo harán con veinte años de retraso.

En Be God is la textura homogénea prevalece sobre los saltos de género y de disciplina, y el trabajo de los tres jovencísimos intérpretes está tan bien concertado como el de piano, violín y violonchelo en el scherzo del Trío número 1 en re menor de Mendelsson. Juanet, hijo del funambulista Boni (¿recuerdan a Boni & Caroli), infiltra la función con una veta circense.