Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

Artistas y sociólogos con cámara

Teóricos y artistas reivindican la fotografía como arte de los asuntos públicos y de construcción de identidad

'White Angel Breadline' (1933), de Dorothea Lange. Ampliar foto
'White Angel Breadline' (1933), de Dorothea Lange.

La ficción es la condición para que lo real pueda ser pensado”, sentenció el filósofo Jacques Rancière a propósito de la escritura y de cómo el poema pone en escena un cuerpo en una determinado contexto histórico. Al igual que las palabras, la fotografía puede cambiar nuestra percepción de la realidad y transformar el mundo. La imagen —analógica o digital— captura cuerpos ficticios —el otro fotográfico— y desvía a los cuerpos reales de las identidades y funciones que les han sido asignadas. Las fotografías de los obreros marginados de los circuitos de producción de Lewis Hine, la madre emigrante (Migrant Mother, 1936) de Dorothea Lange, los pobladores de los astringentes pueblos del Viejo Oeste de Paul Strand o los combatientes de Vietnam que se cuelan en los hogares felices de Martha Rosler (Bringing the War Home, 2004) fueron desplazando paulatinamente la función del arte como objeto autónomo al arte como medio revolucionario, consumando el giro del artista como genio al “artista como productor” (Walter Benjamin).

Pero como parecía inevitable, la condición dialéctica de la fotografía acabó succionada por la norma. Las advertencias del filósofo alemán estaban en su ensayo de 1934, donde anuncia el nacimiento de lo fotográfico a partir de la alianza de lo literario y lo político, y alertaba del poder de la tecnología fotográfica como medio de control y crítica: “Mientras el escritor experimenta su solidaridad con el proletariado, solo como sujeto ideológico y no como productor, la tendencia política de su obra, por más revolucionaria que pueda parecer, cumplirá una función contrarrevolucionaria”.

La idea de la obra como modelo de “un arte que se enseña” estalló como una supernova en los debates sobre la posmodernidad (Sontag, Owens, Foster), dando salida al aún más influyente ensayo sobre la unicidad publicado en 1935, traducido casi contemporáneamente al francés y muy tardíamente al inglés, en 1969, justo hace ahora medio siglo. En La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, Benjamin habla de “un arte político que permite que el receptor se transforme en productor”. La palabra debía salvar la imagen. Nadie había llegado tan lejos.

Ejemplos de aquellas sospechas benjaminianas aparecen en las fotografías que conforman la imagen universal de la América de los años treinta y que sirvieron para representar el atractivo emocional, la eficacia y la naturaleza de cauterización de la memoria. Las misiones fotográficas del new deal inauguraron la cultura comercial urbana, el sueño americano de la rubia que deja volar escandalosamente su vestido sobre una rejilla del metro. Se siente la brisa, ¿no es delicioso?

La fotografía puede cambiar nuestra percepción de la realidad y transformar el mundo

El storyboard de 100.000 fotografías impulsado por la Farm Security Administration (FSA) de Roy Stryker se publicitó en exposiciones (The Family of Man; MOMA, 1955) y semanarios ilustrados (Life, Look) a la manera de una superproducción hollywoodiense, versión country de la propaganda soviética. Dorothea Lange ayudó al comisario de la muestra del MOMA, Edward Steichen, a reclutar fotógrafos para el proyecto. Firmemente comprometida con los movimientos de emancipación social, Lange consideraba sus fotografías documentos sociales, herramientas para otorgar el poder a las clases populares. La exposición que ahora le dedica el Jeu de Paume hace hincapié en su activismo y pone el foco en cómo construyó su fotografía más conocida, la madre inmigrante como una virgen flanqueada por dos ángeles sin rostro. La posición de Lange contrasta con Walker Evans y su predilección por las fachadas de los edificios y las calles vacías de su contenido humano, como escenas de un crimen (Eugène Atget). “Lo que usted tiene no son fotógrafos, sino un grupo de sociólogos con cámara. El arte no es nunca un documento, aunque puede adoptar ese estilo”, le recriminó a Stryker.

El valioso libro de ensayos y entrevistas de Jorge Ribalta, que titula nostálgicamente El espacio público de la fotografía, actualiza aquellos argumentos y reivindica la función de la fotografía como un arte de los asuntos públicos, construcción de identidad y de conciencia. “El potencial de objetividad de un tipo de representación que permite comprender la complejidad social debe ser defendido como instrumento de emancipación frente a la obsolescencia programada de la posfotografía”, explica. Siguiendo a la teórica israelí Ariella Azoulay, el fotógrafo y teórico barcelonés (1963) insiste en la condición rea­lista de la fotografía como “un contrato social que, como tal, debe ser permanentemente renovado”, y resalta la importancia del espacio expositivo como “experiencia corporal que concede una visión expandida a la fotografía”, lo que hoy llamaríamos “instalación”, un formato casi centenario que ya aparece en los diseños de El Lissitzky para sus tres pabellones soviéticos en Alemania (1928-1930) y que el propio Ribalta puso en práctica como comisario en la muestra sobre Marc Pataut y el colectivo Ne Pas Plier (Primeras tentativas. Reina Sofía, 2018).

Esta renovada gramática de la fotografía basada en una concepción inmersiva y dinámica le sirve al artista Pedro G. Romero para recrear en el MNAC las celdas psicotécnicas de Alfonso Laurencic como parte de su Archivo F.X. Originalmente diseñadas dentro de espacios sagrados por un excéntrico decorador, director de orquesta y buscavidas, aquellas “chekas” eran habitáculos decorados con diseños constructivistas y de la Bauhaus, donde los rojos torturaban refinadamente a sus enemigos. Romero las acompaña de copias digitales y hojas de libre circulación con fotografías y textos relacionados con la historiografía artística del siglo XX. El décor dentro del museo ficticio del poeta-artista belga Marcel Broodthaers, cuya obra significó un regreso a la intuición histórica de Benjamin, cuando se preguntaba por qué el receptor se negó a ser lector para convertirse en consumidor.

El espacio público de la fotografía. Jorge Ribalta. Editorial Arcadia-La Virreina. Barcelona, 2018. 324 páginas.

Habitación. El Archivo F.X. Las chekas psicotécnicas de Laurencic y la función del arte. MNAC. Barcelona. Hasta el 28 de abril.

Politiques du visible. Dorothea Lange. Jeu de Paume. París. Hasta el 27 de enero.