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COLUMNA i

Los límites del humor son temporales: nadie es gracioso siempre

De 'Padre de familia' y 'Los Simpson' hace tiempo que se espera que se marchen con elegancia

Peter Griffin y Homer Simpson en un episodio en el que 'Padre de familia' y 'Los Simpson' se cruzaron.
Peter Griffin y Homer Simpson en un episodio en el que 'Padre de familia' y 'Los Simpson' se cruzaron.

He sido devoto simpsonero hasta el punto de saberme los diálogos de episodios enteros (algo al alcance de cualquier español con orejas que pusiera Antena 3 a la hora de comer) y he sido incluso más devoto de Padre de familia, el plagio confeso que mejoraba Los Simpson y los llevaba a un nivel de procacidad y gamberrismo que hacían de Homer un modelo de decencia y ejemplaridad a la altura del Michael Landon de La casa de la pradera. Y, sin embargo, no recuerdo cuándo vi un capítulo de cualquiera de las dos series. Me cansé de ambas. Los Simpson se estrenaron en 1989. Padre de familia, en 1999. Nadie aguanta escuchando los mismos chistes veinte o treinta años. Los límites del humor no son conceptuales ni penales, sino temporales: tengo amigos divertidísimos que se hacen pesados a la segunda copa. Nadie, ni el humorista más salvaje, tiene gracia pasada la una de la madrugada.

Esta semana, los productores de Padre de familia anunciaron que bajarán el tono (eliminando chistes homófobos) para adaptarse a los tiempos. En Los Simpson estuvo en el aire la continuidad de Apu, señalado como estereotipo racista, aunque todo quedó en rumores. Son ñapas para adaptarse al susceptible siglo XXI y renovar una audiencia que hace tiempo que se mantiene por inercia. Una inercia poderosa, pero inercia. Cuando la parodia deja de referirse a la realidad para parodiarse involuntariamente a sí misma, se vuelve incómoda y grumosa. Los actores de carne y hueso tienen la ventaja de envejecer y pasar de moda, pero los dibujos animados se mantienen jóvenes. Hace treinta años que Bart tiene diez. Es una frescura antinatural: el producto va atiborrado de conservantes.

Claro que ningún productor mata su gallina de los huevos de oro. Le fuerza a seguir empollando chistes hasta que reviente o hasta que el último millennial ofendido apague la tele, pero de la gente que sabe hacernos reír también esperamos que sepa cuándo debe callarse y marcharse con elegancia, y estos dibujos llevan años sin pillar las indirectas.

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