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CRÓNICA

Estática y estética en Turandot

Wilson concibe en el Real un montaje simbólico y estilizado al que da vuelo la batuta de Luisotti

Se diría que la dramuturgia aséptica de Bob Wilson en el Teatro Real neutraliza los peligros sensibleros de Turandot, una obra maestra de Puccini que explora con ”finezza” el lenguaje vanguardista y que se resiente de los brochazos con que hubo de finalizarla Franco Alfano bajo la presión de Toscanini.

Hace Wilson una lectura conceptual, simbólica. Y establece una relación semántica y teatral entre el estatismo y el esteticismo. Despoja a los cantantes de toda extroversión. Los sustrae a los sentimientos, pero les concede la animación de una gestualidad primitiva.

Es característico del director de escena americano el ejercicio obsesivo de la repetición. Y tiene más sentido acudir al bucle del eterno retorno en una dramaturgia de neón y penumbra que expone el ciclo lunar de la muerte y la resurrección en las pulsiones de la princesa china.

La representa con personalidad y suficiencia vocal la soprano sueca Irene Theorin. Le otorga el hieratismo y la distancia que le reclama Wilson. No se trata tanto de acuñar un personaje como de establecer un esterotipo o un tabú. Esculturas de piedra o de terracota. Patrones de conducta sometidas al destino.

El único contraste a la inercia las desempeñan los personajes de Ping, Pang y Pong. Duendes, comediantes del arte, diablillos trepidantes cuyo histrionismo precipita una excesiva sobreactuación. No es el único defecto que puede afeársele a Wilson en esta Turandot audaz, exquisita y desigual. Más allá de los problemas de sincronía -el perfeccionismo de Wilson requiere disciplina norcoreana-, desconcierta todavía más que haya concebido el aria de Nessun Dorma como un territorio de excepción de la ópera misma.

Aísla a Calaf en una bubuja. Y le concede la gloria del escenario como si pretendiera satisfacerse la expectativa del público. Por eso suspiraban los espectadores en los compases introductorios. Por la misma razón aclamaron los agudos de Gregory Kunde, vulgar y limitado en su línea de canto pero imponente en el alarde olímpico que implica el golazo de Vincerò.

Es Kunde uno de los puntos débiles del reparto. Otro proviene de la corpulencia vocal de Yolanda Auyanet. Concibe una Liu más dramática que incorpórea, más oscura que frágil, pero se disciplina a la lectura dinámica de Luisotti. Dinámica quiere decir que el maestro italiano, claro en el gesto, gradúa Turandot de la delicadez a la opulencia. Lee entre líneas. Y mantiene la tensión de la obra sin aspavientos ni demagogia.

No se le puede reprochar a Luisotti la grandiocuencia ni la megalomanía del final porque el pastiche de Alfano no tiene más anestesia que la dramaturgia de Wilson, pero se hubiera agradecido la alternativa sobria, intimista, que escribió Berio o la solución de terminar la ópera en el punto en que expiró Puccini.

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