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Jack vuelve a casa

Ted Lewis, maestro del realismo crepuscular inglés, construye una fabulosa novela criminal proletaria en el centro del infierno de la industria siderúrgica

Escena de la película 'Asesino implacable', adaptación de 'Jack vuelve a casa'.
Escena de la película 'Asesino implacable', adaptación de 'Jack vuelve a casa'.

El problema con la novela negra clásica de la Costa Oeste es que allí todo era pintoresco. Chandler intentaba pintarlo sórdido y amenazante, pero allá donde mirabas había palmeras, hoteles de estilo morisco, mujeres en biquini y, la verdad, casi te venían ganas de ser asesinado brutalmente. Al menos expirabas con buenas vistas, y gozando de la tonificante brisa marina.

Lo bueno o angustiante del noir inglés, por el contrario, es que acontece en uno de los parajes más feos y sombríos de la Tierra. En Reino Unido las bodas o las vacaciones son deprimentes, así que imaginen un homicidio. En el aguoso norte y en 1970 (un año de por sí deprimente mundialmente). Ese es el paisaje en que se desarrolla Carter, novela de Ted Lewis que ustedes tal vez recuerden por la fiel adaptación fílmica de 1971 que protagonizó un Michael Caine de chocantes guedejas pero temible porte y excelente sastrería (exceptuando, naturalmente, cuando encañona con el culo al aire a un par de matones).

El libro pone en palabras lo que la película mostraría un año después. Jack Carter, gánster de mente mordaz y salaz, vuelve al pueblo que dejó ocho años atrás para investigar la reciente muerte de su hermano (un barman abstemio) en circunstancias dudosas. La novela da inicio con la frase menos prometedora de la década (“La lluvia llovía”), pero hacia el tercer párrafo, cuando Jack se examina una uña del pie demasiado larga (en el tren), uno intuye que las páginas siguientes no van a transcurrir a ritmo de cócteles y Cadillacs. Oh, no: Carter es un libro opresivo y borrascoso que no ofrece cobijo. Su autor, Ted Lewis, natural de Mánchester (otro villorrio bellísimo), se ocupó de no ahorrarnos detalle de esa sima siderúrgica, infierno industrial anónimo (“demasiado grande para ser un pueblo, demasiado pequeño para ser una urbe”), al que Jack regresa (con pocas ganas) para extraer confesiones a golpe de nudillo.

Lewis maneja con maestría los elementos clave del libro: el regreso al lugar de origen (el título original era Jack’s Return Home), la sed de venganza, la sordidez norteña, los lazos de familia y la personalidad granítica de Jack Carter, un fulano más flemático que Dean Martin con parálisis facial. Lewis compara de maravilla, aunque (por suerte) se contiene: de vez en cuando topamos con un “tupé a prueba de túnel de viento” o dos gorilas que esperan a ambos lados de un pub “como si fueran sujetalibros”.

El resto de la prosa es realismo crepuscular inglés de pura cepa, extrarradial y proletario, sin concesiones: peleas multitudinarias en el club; descampados y solares; “formica rojo cereza”, “papel de pared marrón claro y verde pálido”, “moqueta carmesí”; “carmín en el borde del vaso de Guinness”; prostitutas viejas “en traje pantalón”; té frío, patillas en forma de Italia y tíos malotes que se llaman “Les”. Mucha violencia de capital de provincia. “Una ciudad muerta”, avisa el narrador, “uno de esos lugares en los que no querrías pasar un domingo por la tarde”. “Un lugar”, insiste, “del que no te importa despedirte”. Pero también una novela criminal fabulosa.

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Autor: Ted Lewis.

Editorial: Sajalín (2017).

Formato: tapa blanda (272 páginas).

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