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El cine nos destruirá

Theodore Roszak tuvo la habilidad de convertir complejas cuestiones de análisis fílmico en una apasionante narración en 'Parpadeo', un 'roman à clef' de culto

Descanso en el rodaje de la película 'Satanás', de Edgar G. Ulmer, en 1934.
Descanso en el rodaje de la película 'Satanás', de Edgar G. Ulmer, en 1934.

La historia del cine empezó con un agujero negro: la misteriosa desaparición del pionero Louis ­Aimé Augustin Le Prince el 16 de septiembre de 1890 durante un trayecto en tren de Dijon a París. El inventor estaba inmerso en los preparativos de un viaje a Estados Unidos con el objetivo de presentar su última —y revolucionaria— creación: el cinematógrafo, cuya puesta de largo iba a tener lugar… cinco años antes del nacimiento oficial del medio. Su desaparición no fue sólo física: su nombre iba a ser también omitido en los libros de historia, oculto bajo el fulgor de ese 28 de diciembre de 1895 en que los Lumière organizaron la primera proyección pública de sus películas. Que un arte forjado en la luz arrastre, desde antes de nacer, esa carga de sombra conforma una paradoja fascinante que parece haber condicionado toda la evolución del séptimo arte, rica en puntos ciegos: en cada desaparición; en cada potencial obra maestra nonata —El corazón de las tinieblas, de Orson Welles—, mutilada —Avaricia, de Erich von Stroheim— o desaparecida —Sehnsucht, de F. W. Murnau—; en cada caída en desgracia —como la que llevó al alemán Edgar Ulmer de las cumbres del expresionismo a las cloacas del Poverty Row— aguarda, por un lado, la posibilidad de una historia alternativa y, por otro, el tentador hechizo de la fabulación.

Como si hubiese querido unir algunos de esos puntos negros para proponer una coherente y arrebatadora historia secreta del cine, Theodore Roszak (1933-2011) imaginó en Parpadeo, su cuarta novela, una gran conspiración capaz de reformular el séptimo arte como capítulo final de una ancestral batalla entre la luz y las sombras, que se remontaría a la herejía cátara para condicionar el desarrollo del cine expresionista alemán, sembrar de mensajes cifrados las producciones de serie B facturadas en la era dorada de Hollywood y alentar el nihilismo terminal del cine gore en sus variantes más extremas.

Autor del fundacional ensayo El nacimiento de una contracultura (Kairós), Roszak consagró su labor académica como historiador a los campos de estudio de la disidencia cultural y política, las confluencias entre espiritualidad y cultura digital, la ecopsicología —un término acuñado por él mismo, como el de contracultura— y el feminismo, desarrollando, en paralelo, una obra de ficción que canalizaría sus planteamientos teóricos a través de un concienzudo manejo de las claves más seductoras de la buena literatura de género. Parpadeo bien podría ser hija del modelo de best seller culterano que Umberto Eco inauguró con El nombre de la rosa y prolongó con la conspirativa El péndulo de Foucault, y que, en los últimos años, un autor como Dan Brown ha rebajado a la condición de pura metralla folletinesca sobre un lecho de delgada (o supuesta) erudición.

El cine nos destruirá

Roszak logró sostener en Parpadeo una intrincada trama poblada de llamativas revelaciones y eficaces golpes de efecto, pero al mismo tiempo su novela reflejaba, con lucidez crítica, un radical cambio cultural: el ingreso de la cultura cinematográfica en el ámbito académico, en el momento en que la estabilidad formal y discursiva del cine clásico se desintegraba para dar paso a las mutaciones del gusto propiciadas por el cine experimental, las sesiones de madrugada y su respectiva pulverización de los tabúes de representación.

Parpadeo tiene a su heterodoxo antihéroe en la figura de Jonathan Gates, un cinéfilo que encontrará su lugar en el mundo dentro del ámbito universitario como gran valedor de Max ­Castle, un director alemán de formación expresionista que, en los años treinta, vivió su particular purgatorio entre las producciones más miserables de Hollywood antes de desaparecer misteriosamente durante un viaje a Europa.

Roszak tuvo la habilidad de convertir en apasionante materia narrativa complejas cuestiones de análisis fílmico y estética del cine: bajo las imágenes de las baratas películas de terror o de serie negra dirigidas por Castle late un insondable misterio que se manifiesta a través de la pura forma cinematográfica, y la lectura de Parpadeo consigue que el análisis de un fotograma resulte tan absorbente como la investigación de una enigmática escena del crimen. La relevancia que esta ficción concede al dispositivo formal del séptimo arte —­las películas nunca son lo que cuentan, sino cómo lo cuentan— erradica toda sospecha de frivolidad en su aproximación al universo de la cinefilia, aunque en el cuerpo del relato se deslicen algunos juicios de valor capaces de poner a prueba tanto al purista (los dardos dirigidos a Marilyn Monroe o a Hitchcock) como al bárbaro (las pullas hacia la escena underground o las conservadoras sanciones al gore). No obstante, el sentido del humor de Roszak y su estratégico recurso a la ambigüedad siempre aportan el matiz oportuno.

Sobresaliente muestra de literatura de género, Parpadeo es también un roman à clef: si Max Castle está concebido a imagen y semejanza de Edgar Ulmer, la amante y mentora del protagonista, Clarissa Swann, es clara contrafigura de la crítica Pauline Kael. En un interesante juego de espejos, estos alter ego conviven en la ficción con sus modelos reales y, en ocasiones, se distancian de sus referentes para sostener gratificantes guiños para iniciados (la relación entre Pauline Kael y Siegfried Kracauer). Tras su publicación en 1991, Parpadeo se convirtió en novela de culto, dejando palpable huella en obras posteriores como Zeroville (Pálido Fuego), de Steve Erickson; Londres después de medianoche (Seix Barral), de Augusto Cruz, y Última sesión (Random House) de Marisha Pessl.

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Autor: Theodore Roszak.

Editorial: Pálido Fuego (2017).

Formato: tapa blanda (781 páginas).

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