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La palabra reveladora

Amalia Iglesias Serna afronta el reto de acercarnos a la explicación de la vida en 'Tótem espantapájaros' y 'La sed del río', dos libros que se complementan

La palabra reveladora

El origen y la búsqueda en sus zonas oscuras, en pos del agua nutricia que puede acercarnos a la explicación de la vida. Amalia Iglesias Serna afronta ese reto, complejo y multidireccional, en dos libros que se complementan: Tótem espantapájaros y La sed del río. En el primero de ellos acude a lo mágico/sagrado, a los espacios interiores y telúricos, a las zonas en claroscuro de la memoria, esas zonas que enlazan con el principio de la especie y que, según confiesa en el prólogo, se activaron a partir de una grave enfermedad ya superada. En una hermosa edición, el lenguaje se encuentra con lo visual, lo simbólico con lo conceptual y ambos con la fusión, a través de la imagen y de su negativo, en caligramas presentados gráficamente acotados por el contorno del cuerpo humano: “El cuerpo como espacio simbólico de la metáfora y mapa de la memoria”, escribe Iglesias Serna. El caligrama juega con el color de fondo de páginas encontradas, de tal modo que de cada poema tenemos una suerte de imagen reflejada con fondo negro y letra “manuscrita”: la luz y la sombra, la realidad y su negativo. La obra de esta poeta siempre ha descansado en la relación dialéctica entre lo metafísico y lo real, en la búsqueda de lo inexpresable: en Tótem, esa indagación se alimenta de imágenes procedentes de un mundo primitivo y ancestral (la arcilla, las brasas, el fuego, la nube, la nieve) fundido con la naturaleza y enfrentado a la lógica de una sociedad mercantilizada (“un verso con raíces y troncos de abrazar”) y en el que la poesía actúa como conjuro: “Un verso al día lejos de los escombros de / los mercados”. La poeta ahonda, bucea en las sombras, busca la luz y la oscuridad a la vez para “abrir un hueco / alrededor del miedo” y muestra sus referencias de un modo sutil: Larrea, Dylan Thomas, Pizarnik, Lorca.

Sin embargo, en La sed del río la introspección se hace más reconocible y directa: es el río de la infancia, el heraclitiano motor que ayuda a recomponer un universo desaparecido cuyas raíces están en las vivencias heredadas de la posguerra y cuya evolución avanza hasta las vividas por quien dio sus primeros pasos en un entorno rural en proceso de desaparición (“Fuimos la última generación de campesinos”) y maduró con la marca de la emigración (“Este año no tendremos cosecha”). La búsqueda en el pasado pierde la densidad metafísica y misteriosa que tuviera en Tótem y se concreta en pequeños homenajes a los seres queridos, en espacios revisitados (el huerto, el bosque, el viejo pozo), en un turbión de objetos con sentido, en un tiempo marcado por la huella que dejaba en el río y sus alrededores el paso de las estaciones. Dos libros y dos escenarios para la memoria que Amalia Iglesias Serna construye fiel a su estilo y a su propuesta estética: la de la palabra reveladora, la del giro imprevisible y emocionado, la que juega con lo irracional de modo controlado y reflexivo, la del rigor y la hondura: “No descifrar la tierra, / sino enterrarse / y brotar en el poema”.

Tótem espantapájaros. Amalia Iglesias Serna. Abada Editores, 2017. 152 páginas. 16 euros

La sed del río. Amalia Iglesias Serna. Reino de Cordelia. Madrid, 2016. 122 páginas. 8,95 euros