En el corazón del bosque

El Español acoge 'Ushuaia', el ambicioso drama de Alberto Conejero sobre el holocausto judío de Salónica, dirigido por Fuentes Reta

Un momento de la representación de 'Ushuaia', dirigido por Julián Fuentes Reta.
Un momento de la representación de 'Ushuaia', dirigido por Julián Fuentes Reta.JAVIER NAVAL

Que Alberto Conejero es un notable dramaturgo con gran fuerza poética quedó claro con La piedra oscura, la conmovedora historia de Rodríguez Rapún, el último amor de Lorca. Dos años después de aquel cañonazo ha llegado Ushuaia, que se representa en el Español, dirigida por Julián Fuentes Reta. Es una obra ambiciosa, de listón alto, que aborda un asunto poco tratado en teatro (el holocausto de los judíos de Salónica) y cuyas dos tramas tienen voltaje emocional, pero no me ha producido la sensación de fulgor y rotundidad que me causó La piedra oscura.

En primer lugar, creo que no le conviene el escenario del Español. Creo que ganaría en incandescencia montada en una sala más pequeña y próxima al espectador, porque pide, a mi juicio, planos medios y cortos y no planos generales: yo necesito estar más cerca de esos rostros. En cuanto al decorado, tengo una gran admiración por Alessio Meloni (inolvidable su escenografía de Historias de Usera), y comprendo que no era fácil dar la atmósfera casi a lo Tim Burton que Conejero marca en su acotación, esa casa de madera tomada por el bosque, con el salón reventado de raíces, pero creo que les falta corporeidad a los árboles, y tampoco me acaba de convencer esa pantalla al fondo donde se proyectan formas abstractas.

Ushuaia es la capital de Tierra del Fuego (Argentina). “Fin del mundo, principio de todo” es el lema del lugar. A mitad de los años setenta, Nina (Ángela Villar) llega allí para servir en la casa del alemán Mateo (José Coronado), un hombre misterioso que vive alejado de todo, atormentado por una oscura culpa, y que se está quedando ciego. Ceguera como metáfora de desmemoria, de borradura. Conejero alza también un sencillo y acertado símil del olvido amoroso: el disco de pizarra que pierde voz a cada nueva vuelta de la aguja en el surco. Luego están los recuerdos más duros, los que Mateo no quiere olvidar: la parte de Salónica. Allí conoceremos a Rosa (Olivia Delcán), una cantante sefardí enamorada de Matthäus (Daniel Jumillas), un joven oficial nazi, en plena ocupación. La parte de Ushuaia me hizo pensar en una novela victoriana que bien podía haber reescrito Marguerite Duras. La parte de Salónica evoca las pasiones turbias y los combates morales de Greene o Durrell. Me imagino que a Conejero le habrán dicho ya que en Ushuaia hay una muy sugestiva película.

Teatralmente hablando, el texto exhala una verdad antigua, honesta y poética, cercana a Miller, a Buero, y a su hermano Mayorga. Criticaría de su escritura una ocasional tendencia a la ampulosidad: creo que le vendría bien algo de contención. Y quizás haya algo redundante en los pasajes de Moby Dick y la Ilíada: son muy bellos, por supuesto, pero subrayan unos diálogos que ya resuenan por sí mismos.

Mateo es un personaje complejo, difícil de cernir. Cuando leía el texto me lo imaginaba interpretado por Fernán-Gómez, pero comprendo que no ha de ser necesariamente un anciano. Es otra cosa: Coronado sabe imprimir fragilidad a su soberbia voz, aunque al personaje se le ve todavía poderoso. Hace un esforzado trabajo de composición; muestra muy bien su trastorno interior, como hacía en Contratiempo, la película de Oriol Paulo, pero echo en falta, como digo, un mayor peso en sus movimientos, un trasluz de devastación física. Me gusta cómo va creciendo su relación con Nina, me gusta la ambigüedad de Ángela Villar, una actriz de dicción muy clara y elegante, que me recordó a Carmen de la Maza, y cómo se van acercando los dos, hasta el diálogo cara a cara, alternando desgarro y lirismo. Coronado vuela alto en la preciosa evocación de los zorzales al anochecer, de austeridad y ecos machadianos: ahí, en ese tramo aparentemente lateral, es donde mejor percibo su ceguera y su dolor.

Está muy bien dada la tensión erótica entre el oficial nazi (Daniel Jumillas) y la cantante interpretada por Olivia Delcán. En la canción de Rosa hay una condensación notabilísima del personaje: momento muy puro, de una gran emoción. Creo que Delcán sirve muy bien el temblor y la sensualidad, pero todavía hay, a mis oídos, algo monocorde en su forma de entregar el texto. Y ahora llego al que considero problema esencial de la función, y sucede, como otras veces, que lo que menos me convence no puedo abordarlo porque es un secreto y un gran golpe de teatro. Digamos que la forma en que Mateo asume la culpa roza para mí lo inverosímil, lo artificioso. He escuchado y leído varias veces ese fragmento; he tenido que hacer un esfuerzo para creérmelo dramáticamente, y he acabado entendiéndolo como una forma extrema de autocastigo, como quien se tatúa todo el cuerpo como una segunda piel. Y pienso que hay algo muy bello en ese final tan duro como esperanzador, algo que está en el texto pero todavía no acaba de refulgir en el escenario. Tengo muchas ganas de ver Los días de la nieve, la siguiente obra de Conejero, sobre la historia de Miguel Hernández y Josefina Manresa, dirigida por Chema del Barco.

‘Ushuaia’, de Alberto Conejero. Teatro Español (Madrid). Director: Julián Fuentes Reta. Intérpretes: José Coronado, Ángela Villar, Daniel Jumillas, Olivia Delcán. Hasta el 16 de abril.

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