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OPINIÓN
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Amarga postal

La serie 'Olive Kitteridge'.establece un recorrido por el concepto americano de la felicidad y los malestares adyacentes

David Trueba

El verso de John Berryman que en su Dream Song 235 nos desea estar a salvo de las escopetas y el suicidio de los padres planea sobre el tono de la serie de HBO Olive Kitteridge. Emitidos sus cuatro episodios en Canal +, está basada en los cuentos de Elizabeth Strout, publicados por El Aleph, alrededor de un personaje femenino arisco y contundente, que interpreta Frances McDormand. Rodeada de los mejores colaboradores de su marido, el director Joel Coen, como el músico Carter Burwell y el fotógrafo Frederick Elms, logran enlazar unos textos cargados de sugerencia y angustia y establecer con ellos un recorrido por el concepto americano de la felicidad y los malestares adyacentes. Bajo esa amenazante promesa se dejan ver las frustraciones vitales y en su mejor episodio, el segundo, la miniserie sugiere que los locos son los únicos cuerdos en este mundo, detalle con el que el poeta Berryman pudiera estar de acuerdo hasta el día de 1972 en que se quitó la vida.

Quizá la peor decisión de la serie es comenzar con los preparativos de suicidio del personaje principal y luego viajar 25 años atrás. No era necesario trampear así para disfrutar de un despliegue de personajes en el que hay dos que roban la función, con permiso de una coda final del gran Bill Murray. El primero es Richard Jenkins, que interpreta al marido feliz, en un agónico ejercicio por vivir la vida al lado de esa mujer irreprimible. Y la segunda es Zoe Kazan, nieta del director Elia Kazan y formada en el teatro, que ya había destacado en películas como Ruby Sparks, Happythankyoumoreplease y, sobre todo, la comedia romántica salvada por sus espaldas What If, aquí llamada Amigos de más.

Su personaje representa la vertiente opuesta al protagonista. Feliz, resuelto, impúdico, es sacudido por el destino con tal fiereza que acabas dando la razón a Olive Kitteridge y su intransigencia. Frances McDormand brilla con su habitual economía gestual de obcecada paleta de Minnesota. Los paisajes de Nueva Inglaterra ofrecen claustrofobia al aire libre, presa del depresivo estado y la insatisfacción de los personajes más queribles. Costumbrismo de calidad sobre lo que se esconde bajo el modelo de felicidad más vendido en las postales de San Valentín.

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