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guerra contra Irán
Tribuna

¿Qué es la lluvia negra que cae sobre Teherán?

Además de un grave episodio de contaminación, este fenómeno descrito estos días en Irán es un símbolo de la conexión entre guerra, combustibles fósiles, degradación ambiental y cambio climático

Daños provocados por los ataques en Teherán (Irán), en una imagen del pasado 7 de abril.Majid-Asgaripour (via REUTERS)

Los ataques contra depósitos de petróleo y refinerías en torno a Teherán (Irán) han generado estos días enormes columnas de humo y lo que los residentes han descrito como “lluvia negra”, una manifestación visible de la combustión de crudo, combustibles pesados y materiales industriales. Estas emisiones incluyen partículas finas, carbono negro, óxidos de azufre y nitrógeno, compuestos orgánicos volátiles y otros contaminantes altamente tóxicos, entre ellos sustancias cancerígenas como el benceno.

Las condiciones meteorológicas y la topografía de Teherán favorecen la acumulación de contaminantes: las inversiones térmicas atrapan el aire contaminado y prolongan la exposición incluso tras incendios breves. Las consecuencias incluyen exacerbaciones de asma y EPOC, eventos cardiovasculares (arritmias, infartos, ictus), así como cefaleas, disnea e irritación ocular y cutánea. Los grupos más vulnerables, niños y mujeres embarazadas, se enfrentan a riesgos adicionales como partos prematuros, bajo peso al nacer y complicaciones hipertensivas.

La “lluvia negra” no es un fenómeno pasajero. Deposita contaminantes sobre zonas urbanas y agrícolas, incluyendo hidrocarburos tóxicos, metales pesados y amianto. Estos compuestos pueden infiltrarse en suelos y aguas y entrar en la cadena alimentaria, generando exposiciones crónicas asociadas a enfermedades respiratorias, trastornos cardiometabólicos, alteraciones del neurodesarrollo, disrupción endocrina y cáncer. Este tipo de contaminación no es nuevo: durante la guerra del Golfo (1991) y conflictos posteriores en Irak, la quema masiva de pozos petrolíferos generó una de las mayores crisis ambientales de origen bélico, con efectos persistentes sobre el aire, el suelo y la salud.

La guerra no solo mata con bombas. También contamina el aire, el agua y los alimentos, dejando una huella invisible pero duradera sobre la salud. Es uno de los determinantes más profundos de la salud y un motor de injusticia ambiental. Sus efectos van más allá de la violencia directa; degradan los sistemas ecológicos que sostienen la vida: aire limpio, agua segura, suelos fértiles e infraestructuras funcionales. Los recientes ataques contra infraestructuras energéticas en Irán han desencadenado una emergencia de salud ambiental con implicaciones que ya trascienden sus fronteras.

Los ataques en el Golfo Pérsico han provocado vertidos que amenazan ecosistemas marinos y plantas desalinizadoras clave para el suministro de agua en países como Kuwait, Qatar o Emiratos Árabes Unidos. La contaminación atmosférica también puede cruzar fronteras y agravar problemas existentes. Estos efectos no son ajenos a Europa: la contaminación y las perturbaciones energéticas tienen consecuencias globales.

Además, los ataques en las proximidades de la central nuclear de Bushehr subrayan un riesgo adicional: un impacto directo podría liberar contaminación radiactiva en el Golfo Pérsico, con consecuencias potencialmente devastadoras y duraderas para la salud y los ecosistemas. A esto se suma la dinámica regional de tormentas de polvo desértico, capaces de transportar contaminantes químicos a largas distancias y ampliar la exposición más allá de las zonas directamente afectadas.

Un conflicto también climático

La quema de infraestructuras petroleras libera grandes cantidades de CO₂, metano y carbono negro. Las estimaciones disponibles sugieren que las emisiones en las dos primeras semanas del conflicto superaron los 5 millones de toneladas de CO₂ equivalente. Para ponerlo en contexto, la guerra en Ucrania ha generado alrededor de 175 millones de toneladas en dos años, y el conflicto en Gaza más de 30 millones en un solo año. Los conflictos armados son también eventos climáticos de gran magnitud.

La contaminación de tierras agrícolas puede reducir cosechas y elevar precios, mientras que los daños a infraestructuras hídricas comprometen la seguridad del agua. Estos impactos se combinan con riesgos climáticos crecientes, olas de calor, sequías o tormentas de polvo, y con el aumento de la pobreza y la desigualdad. La degradación ambiental puede forzar desplazamientos y generar nuevas poblaciones vulnerables, con repercusiones regionales y globales.

Un llamamiento urgente

La lluvia negra sobre Teherán no es un episodio aislado, sino un símbolo de la conexión entre guerra, combustibles fósiles, degradación ambiental y cambio climático. Sin embargo, carecemos de datos sistemáticos y en tiempo real sobre estas exposiciones, lo que limita nuestra capacidad de evaluar y responder a sus impactos sanitarios: esta es una brecha crítica que debe abordarse con urgencia.

La destrucción ambiental debe reconocerse como un mecanismo central mediante el cual la guerra daña a las poblaciones civiles. La falta de datos no debe minimizar el problema, sino reforzar la necesidad de evaluación independiente, transparencia y seguimiento a largo plazo. El impacto sanitario de este conflicto no se medirá solo en muertes por explosiones, sino también en el aire contaminado, el agua degradada y las enfermedades que emergerán con el tiempo.

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