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Del delirio a la locura

Celso Albelo hace arder el Teatro Colón de A Coruña, su ciudad de adopción artística

El tenor Celso Albelo cantando en la platea durante uno de los bises.
El tenor Celso Albelo cantando en la platea durante uno de los bises.

Amigos de la Ópera de A Coruña ha dado comienzo a su Programación Lírica 2019 con un recital de canto protagonizado en el Teatro Colón por su tenor fetiche, Celso Albelo, acompañado al piano por Juan Francisco Parra. La primera parte del programa estuvo compuesta por una selección de canciones, latinoamericanas en su mayoría. Para la segunda fueron programadas tres arias de ópera y tres romanzas de zarzuela.

Como es costumbre, dos intervenciones a solo del pianista sirvieron hacia la mitad de cada parte como descanso a la voz del tenor y ocasión para el instrumentista de mostrar su calidad como intérprete, que fue excelentemente aprovechada por Parra. En las Dos danzas argentinas de Carlos Guastavino (1912 - 2000) tocadas de la primera parte ya demostró su clase marcando el contraste de caracteres de ambas: desde el canto de la primera a la rica capacidad expresiva, dinámica y tímbrica de la segunda.

Hay que destacar, por la adecuada gradación de dificultad de las obras cantadas, la inteligente confección del programa por parte de Albelo. En las canciones de Guastavino, inspiradas en el folclore argentino o directamente extraídas de él, brillaron la calidad de voz y el buen gusto del tenor canario. Resultó algo extraña su gran atención a la partitura, sobre todo teniendo en cuenta que se trata de un repertorio previamente grabado que, se supone, debería ser bien conocido por él.

La extrema lentitud con que afrontó Yo me voy a retirar hizo destacar el dolor de su letra y música. En la Milonga de dos hermanos contrastó la animación de ritmo y melodía del piano con la dureza el drama familiar del poema de Jorge Luis Borges (1899 - 1986). La versión de Albelo fue una adecuada síntesis del ambivalente carácter de la canción. Las tres canciones de Esparza Otero, Brandt y Quintero supusieron un brillante remate de esta primera parte.

Un recorrido por la ópera italiana inició la segunda, viajando hacia atrás en el tiempo sobre sus últimos roles recientemente debutados o a punto de serlo: del Rodolfo de La bohème de Giacomo Puccini (1858 - 1924) al Percy de la Ana Bolena de Gaetano Donizetti (1797 - 1848), pasando por el Riccardo de un Un ballo in maschera de Giuseppe Verdi (1813 - 1901).

De alguna manera, se podría decir que Albelo fue de menos a más en esta reanudación del recital, destacando sobre todo su interpretación, llena de sentido dramático, de Vivi tu… veder la tua constanza. Fue esta donde su técnica vocal resultó más llena de musicalidad, por encima de las de Forse la soglia attinse verdiana y Che gélida manina pucciniana.

El intermedio pianístico de esta segunda parte fue una hermosa paráfrasis de Los diamantes de la corona de Francisco Asenjo Barbieri (1823 - 1894) escrita por Anselmo González del Valle (1852 - 1911). Previamente a su interpretación, Parra explicó de viva voz la rareza de esta pequeña joya: contrariamente a las conocidas sobre ópera (baste recordar las de Franz Liszt), apenas se han escrito fantasías sobre zarzuela. Luego hizo una espléndida versión en la que su técnica y musicalidad estuvieron más que parejas. Recibió del público la merecida ovación que faltó en la primera parte por la salida al escenario de Albelo mientras aún tocaba el pianista. para enlazar sin solución de continuidad con La canción del olvido, de Alberto Ginastera (1916 - 1963).

Fue el de Parra un gran comienzo de la secció zarzuelera del recital, en la que Albelo bordó las tres romanzas programadas: Mujer de los ojos negros y el Canto a la espada de El huésped del sevillano, de Jacinto Guerrero (1895 - 1951), y la celebérrima Por el humo… de Doña Francisquita, de Amadeo Vives. (1871 - 1932).

A partir de ahí, el delirio: aplausos y bravos por doquier y diálogo del tenor con el público, con su público, pidiendo sugerencias de bises (“ustedes pidan lo que quieran, que yo cantaré o que me dé la gana”, dijo; lo que a alguno de los más veteranos pudo recordarnos lo que decía el que fue director de La codorniz, Álvaro de Laiglesia [1922 – 1981]). cuando era entrevistado.

La donna é mobile de Rigoletto, No puede ser… de La tabernera del puerto y Ah, mes amis de La fille du régiment elevaron el delirio a locura: especialmente con el paseo por la platea en Verdi y, en la última, con su profusión de notas do de pecho (algo más pirotécnicos que en alguna ocasión anterior; no es lo mismo representar que bisar). A las 9 escritas incluidas las de la palabra final militaire, añade –como el inolvidable Rockwell Blake- los tres de et mari. Lo dicho: el delirio elevado a locura.

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