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Russian Red renace con hechuras de artista integral

Tras dos años desaparecida, Lourdes Hernández asombra con arreglos de cuerda, despliegue escenográfico y una confianza inédita en sí misma

russian red
Russian Red, ayer durante el concierto en el festival madrileño Noches del Botánico.

Como si los cielos no quisieran que finalizara esta cuarta edición de las Noches del Botánico, descargó por sorpresa la tormenta en el jardín, los teloneros Rufus T. Firefly tuvieron que frenar en seco su actuación y todos los horarios se demoraron sus buenos 45 minutos, por aquello de ganar en nocturnidad, mística e intriga. Porque existía curiosidad auténtica por saber qué demonios se traía entre manos Russian Red, una muchacha que hace diez años acaparó miradas y titulares y desde hace más de dos parecía desaparecida de la faz de la tierra. Pues bien, Lourdes Hernández se encuentra en óptima disposición para perseverar como cantante. No solo eso: ha aprovechado el paréntesis para pegar el estirón y recuperar una confianza que conoció tiempos tambaleantes. Y ya no se limita a mostrar un puñado de canciones, sino que lidera un precioso espectáculo global de luces, penumbras, mantos de misterio, proyecciones y hasta bailarinas.

No es que la intrigante cantautora madrileña llegase a emprender la retirada, puesto que tal vocablo nunca salió de sus labios, pero sí prefirió apartarse del foco, recapacitar, reordenar las prioridades y desvanecerse. Lourdes fue triunfadora precoz, avanzadilla del empoderamiento femenino y firmante de un disco precioso, Fuerteventura (2012), que despistaba con el título porque su insularidad era más bien escocesa. También fue protagonista y víctima de una polémica demencial cuando un sector del público la demonizó por sus preferencias políticas, como si un artista no pudiera alinearse con quien le venga en gana. Y al final se instaló en Los Ángeles, entregó un tercer álbum mediocre y perdió credibilidad, discurso y probablemente interés en su propia obra. Hasta justo este 31 de julio de 2019, miércoles. Desde ya mismo, el día 1 de una nueva era para Russian Red.

 

La renacida Lourdes es una mujer hipnótica. Ya no parece ninguna chiquilla frágil, sino la dueña y señora de un escenario multidisciplinar y seductor. Luce túnica de sacerdotisa, seduce y aviva nuestra curiosidad, canta como ya no le recordábamos (si es que alguna vez llegó a cantar así). Ha dejado atrás sus problemas de afinación, que en algún momento resultaron desconcertantes. Y a su excelente banda de acompañamiento, ¡ahora enmascarada!, incorpora una sección de cuerdas íntegramente femenina, con arreglos siempre bien escritos pero bellísimos en el caso concreto de A hat, un título que jamás soñó con crecer tanto.

 

Y así es cómo Hernández acaba revelándonos una mirada de convicción, orgullo interior y autoestima, de madurez y estado de gracia. Comenzando por su muy ingeniosa reformulación de I want to break free, que transforma aquel himno desmadrado de Queen en americana de guitarras acústicas, ahora todo suena ahora redivivo, envalentonado, sagaz. En una noche como esta, Florence Welch o Joan Wasser se abrían quedando atónitas en sus localidades.

 

Y ya que hablamos de espectadores, las 2.875 almas que asistieron al bautismo de nuestra Russian Red en versión 2.0 no equivalen al lleno total, pero sí a un triunfo incontestable. Como el de Rufus T. Firefly en los prolegómenos, contémoslo ya todo, puesto que los de Aranjuez aparcaron su repertorio propio para desgranar 11 versiones de temas ajenos, nueve jamás interpretadas hasta ahora en público. Aplicaron su baño de respetuosa psicodelia a Blur, Tame Impala, Smashing Pumpkins, My Morning Jacket, Air o Havalina, pero la conmoción llegó en la última entrega: una lectura de Copenhague (Vetusta Morla) junto al también ayer resucitado Jero Romero, ex integrante de The Sunday Drivers. Vimos sonrisas, vimos alguna lágrima, sentimos el cosquilleo de la sorpresa colosal.

 

Al final, Russian Red salió como la inesperada triunfadora española de todo el cartel del Botánico, que echaba el cierre después de 34 noches de conciertos. Puede objetarse que las dos canciones finales de Lourdes en castellano, estrenos de la velada, suenan en una primera escucha peligrosamente almibaradas. O que en un espectáculo muy meditado desmerecen sus escasas intervenciones habladas, con mensajes tan trillados como la importancia de “soñar todos juntos” o el significado cambiante de las canciones a lo largo del tiempo. Pero hemos recuperado a Lourdes, sin duda, y esa es una gran noticia. Igual que el cum laude prolongado en que viven instalados Rufus T. Firefly, que a este paso terminarán por malacostumbrarnos.

 

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