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FIB 2019 CRÍTICA i

Lana Del Rey aburre a las piedras en el FIB

La neoyorquina solventa un impecable ejercicio de esteticismo hueco en la primera jornada grande del Festival de Benicàssim

Vale, podemos decir que no hay diva más improbable que esta mujer que se aviene a cantar a la tristeza veraniega (Summertime Sadness) en el festival con más solera de nuestro calendario. Y a convencer con ello a casi todo el personal. Pero todo en Lana Del Rey rezuma esa dejadez tan calculada, ese glamourizado abandono a una fatalidad que seguramente ni ha debido tener tiempo de experimentar en carne propia (el amor como tormento, la muerte como destino apetecible cuando la cuenta corriente no tiene suficientes dígitos para acunar tantos ceros), que el triunfo de Lana Del Rey es el triunfo del esteticismo huero en la era de Instagram. Podemos entretenernos discutiendo si lo suyo tiene algo del influjo vestal de Kate Bush, si se precipita a veces por las simas de insondable vacuidad de Enya o por el contrario nos acaba remitiendo a la estilizada gelidez de Alison Goldfrapp, pero – sí, las comparaciones son muy odiosas – hasta Florence Welch transmite mucha más sangre en escena, poniéndonos en clave estrictamente actual. Y eso que su directo refleja más registros que hace unos años, aunque anoche dejara pocos rastros del vitalista Lust For Life (2017), un quinto álbum repleto de interesantes colaboraciones, con apuntes de rítmica hip-hop que no tienen rescate en escena.

Todo en su show es pura pompa: desde las enormes palmeras que secundan el escenario transportándonos a esa California que en sus manos se debate entre el sueño y la pesadilla, hasta las tímidas coreografías, pasando por sus poses de mujer fatal. Su propuesta vintage, preñada de sensualidad prestada, se antoja tan narcótica que acaba por invitar a echarse una buena cabezadita. Entre la plácida vigilia y el quedarse frito hay a veces una delgada línea. Muy fina. Y ella la bordea bien a gusto. En fin, se puede decir que Lana Del Rey justificó su condición de cabeza de cartel en la primera gran noche del FIB del 25 aniversario (lo del jueves apenas fue una presentación a la vieja usanza, con solo un escenario activo, en esta edición de recortes), pero a costa de perfeccionar un espectáculo tan irreprochable como epidérmico. Tan bonito como insustancial. Ah, y sin una prestación vocal como para tirar cohetes.

Espectadores de la noched el viernes del FIB.
Espectadores de la noched el viernes del FIB.

A la espera de lo que nos deparen esta noche los Kings of Leon, viejos conocidos del festival, el FIB, mucho menos frecuentado que en cualquiera de las últimas ediciones (el bajón de público es muy notorio) está siendo pródigo en conciertos muy desiguales. Algunos francamente prometedores – como el de los irlandeses Fontaines DC el jueves, con su contagioso derroche de bilis punk a lo James Joyce rebanado justo cuando su bolo alcanzaba altura de vuelo, una lástima – y otros que no terminan de responder a las expectativas, como el de los británicos The 1975, tan intermitentes anoche como se muestran en su último álbum, el interesante A Brief Inquiry into Online Relationships (2018). Un disco compuesto a modo de playlist, con sus virtudes y sus defectos, que anoche tuvo una traducción tan volátil como su propio contenido, muy decantado sobre el escenario hacia un sentimentalismo millenial ciertamente edulcorado, entre arrebatos de resultón funk pop, algunas canciones anodinas y alguna otra enorme como esa Love It If We Made It (que parece un espléndido cruce entre Tears For Fears y Bruno Mars) que defendieron, ay, sin demasiado arrojo.

Sus paisanos Superorganism, por su parte, nos recordaron con su saltarín bolo a esa estirpe de delicias de pop pizpireto, desprejuiciado y revoltoso, a la que también pertenecían The Go! Team o Throw That Beat in The Garbage Can! (vaya, por algo ambos llevaban signos de exclamación en su nombre), mientras el escocés Gerry Cinnamon se perfiló como un Jake Bugg de bolsillo y el neoyorquino Gus Dapperton, con su encantadora estampa de nerd ilustrado, dejó unos cuantos destellos de synth pop estiloso. Hasta el domingo a última hora, más. Mucho más.

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