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El PSC aspira a ganar, pero su triunfo puede ser estéril

La victoria socialista en las elecciones generales en Cataluña puede ser irrelevante si se mantiene el bloque soberanista, retroceden los comunes y avanza Ciudadanos

El líder del PSC, Miquel Iceta, tras ganar las primarias del partido.
El líder del PSC, Miquel Iceta, tras ganar las primarias del partido.

El independentismo catalán que tumbó al Gobierno de Pedro Sánchez con su rechazo a los Presupuestos volverá a ser probablemente decisivo para investir al nuevo presidente que salga de las urnas el próximo 28 de abril. Los valedores del procéspodrán inclinar por acción u omisión la balanza entre el tripartito de derecha o la alianza de izquierda. Aunque las encuestas apunten a que el Partit dels Socialistes (PSC) —socio histórico del PSOE— será el vencedor de los comicios generales en Cataluña, sus cifras quedarán lejos de aquellos 25 diputados de 47 totales que logró en 2008 por las cuatro circunscripciones catalanas, que junto a Andalucía eran el granero del que se nutrían las grandes mayorías socialistas en el Congreso. La dispersión del voto entre seis fuerzas políticas va camino de facilitar el eterno empate entre bloques.

 

La victoria socialista en Cataluña puede perder brillo si el PSOE no logra construir una mayoría con Unidos Podemos y el PNV, sus aliados más fiables, asegura un dirigente del PSC. Las dos últimas contiendas electorales generales las ganó En Comú Podem, que obtuvo 12 actas en 2016, frente a las 9 de ERC, las 8 de Convergència, las 7 del PSC, las 6 del PP o las 5 de Ciudadanos. Ahora, sin embargo, la marca que lidera Ada Colau se encuentra en horas bajas. Su indefinición en el tema nacional catalán —entre el independentismo y el federalismo— ha terminado por devorarla y ha provocado fugas de dirigentes, como el comunista Joan Josep Nuet a Esquerra Republicana. La decisión de que el cabeza de lista sea Jaume Asens, hombre de confianza de Pablo Iglesias y de Ada Colau y próximo al independentismo, puede provocar un trasvase de votos hacia el PSC que contribuya a la victoria de la formación de Miquel Iceta.

La cabeza de lista socialista, Meritxell Batet, ministra de Política Territorial, ofrece un perfil dialogante y moderado —el PSC no se pierde en gesticulaciones como proponer la aplicación del 155 a perpetuidad— que puede atraer voto desde la izquierda federalista al centro-derecha exconvergente. Pero por primeros puestos que obtenga el PSC, los socialistas precisan un Podemos fuerte para reeditar un pacto de izquierdas en España. A menos que el PSOE trate de resucitar un acuerdo con Ciudadanos, que ya ha dicho que jamás pactará con Sánchez. Pero en política, recordaba el conde de Romanones, nunca jamás es hasta mañana.

En una Cataluña con los comunes a la baja y los socialistas al alza, queda por aclarar quién se hará con la hegemonía en el polo independentista y, con menos misterio, en la derecha española. El gran reclamo que presenta el soberanismo que encarnan Esquerra y Junts per Catalunya son los líderes independentistas presos. Y aquí se plantea una clara competición. ERC presenta a Oriol Junqueras. Los exconvergentes han optado por el exlíder de la Asamblea Nacional Catalana Jordi Sánchez y los exconsejeros Jordi Turull y Josep Rull, todos ellos encarcelados. Para que no quede ninguna duda de que los candidatos postconvergentes han sido colocados siguiendo los designios de Carles Puigdemont, el expresidente ha querido dejar su huella indeleble situando a su abogado, Jaume Alonso-Cuevillas, como cabeza de lista de Girona y para el Senado a Josep Maria Matamala, el empresario y amigo que contribuye a su sostenimiento financiero. Una gesticulación que desde el soberanismo algunos califican de “neroniana”. Con esas listas de choque, Puigdemont pretende evitar que ERC sea la fuerza independentista más votada, objetivo que logró en las últimas elecciones autonómicas del 21 de diciembre de 2017.

Ante una eventual investidura de Pedro Sánchez, es probable que Esquerra fuera menos cicatera que Junts per Catalunya a la hora de dar sus votos al candidato socialista. La vieja Convergència se ha deshecho de sus diputados más dialogantes, que de esta manera han pagado el tributo a Puigdemont por haber investido presidente a Sánchez. Para Junts per Catalunya, cualquier negociación que no lleve en el frontispicio el derecho de autodeterminación no debe tener lugar, lo que en la práctica equivale al bloqueo político. Esquerra, de momento, es esclava de no aparecer como traidora, lo que la lleva a hacer seguidismo de Puigdemont. Como guinda independentista, un sector de la CUP, Poble Lliure, está dispuesto a concurrir a estas elecciones, lo que puede debilitar a las formaciones mayoritarias.

Si la hegemonía en el independentismo está en discusión, en el otro polo retroalimentado por el procés se da por seguro que Ciudadanos va a imponerse. La apuesta del PP por Cayetana Álvarez de Toledo es una opa hostil en toda regla a Ciudadanos, vencedora de las últimas elecciones autonómicas de 2017 pero sexta fuerza política —por detrás de los populares— en las pasadas generales. El PP se ha descarado jugando la carta anticatalanista al modo que lo hizo en su día la formación de Albert Rivera. Si los populares habían participado históricamente en los consensos lingüísticos en Cataluña, ahora han decidido tomar los derroteros de la confrontación.

La designación de Álvarez de Toledo para enfrentarse a Inés Arrimadas es un órdago que puede acabar en estrepitoso fracaso si los electores prefieren el original a la copia. En todo caso, está por ver si Ciudadanos logra dar también en Cataluña ese gran salto que las encuestas le pronostican en las elecciones generales. Vox, por último, ha recogido la herencia de la xenófoba Plataforma per Catalunya, y las encuestas le dan en esta comunidad un papel testimonial aunque podrían obtener un diputado.

 

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