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OTRES COLUMNA i

Amor de ‘Copy, Paste’

Muchos siguen concibiendo las relaciones como una interacción entre un sujeto dominante y otro que le complementa, creando una relación cimentada sobre desigualdades

Una mujer camina junto a un muro pintado con dos corazones con los colores del arcoíris, en Dublín.
Una mujer camina junto a un muro pintado con dos corazones con los colores del arcoíris, en Dublín.

Mother G. siempre dice que, antes de que conociera la escena Ballroom, se sentía atascada en la categoría de Realness en su día a día, intentando ocultar su disidencia sexual, su raza, su feminidad. Realness es una categoría del Ballroom que se basa en la capacidad de pasar como un determinado género o sexualidad, en su caso, pasar como un hombre cis, intentando performar lo más heteronormativo posible. Como muchos de nosotros, lo hacía por miedo.

En un artículo de OUT, Mic Oala, productora cultural decía lo siguiente: "Si practicas Pretty Boy Realness, puedes caminar a casa por la noche como un heterosexual para al menos evitar que te discriminen. Aunque no puedas pasar por blanco, Realness puede ser un salvavidas". Muchos hemos hecho Realness en algún punto de nuestra vida, por miedo a ser distintos, para ocultar nuestra identidad...

Lo hablé hace poco en otra columna, sobre cómo corregía mi forma de andar reduciendo el movimiento de mis caderas, o mi forma de gesticular las manos por miedo a ser distinto, pero hoy me gustaría enfocarlo más a los límites impuestos hacia cómo nos relacionamos sexo-afectivamente y construimos vínculos sociales como disidentes sexuales. Hasta hace poco empecé a cuestionar los límites que imponía sobre mi cuerpo. Muchas veces lo entendía desde la imitación de las relaciones entre hombres y mujeres cis, no solamente por el miedo a cuestionar los supuestos e instituciones heteronormativas dominantes, sino porque era la más expuesta en términos generales y creía que no existían alternativas a la cishomonormatividad.

Como dice Elisa Coll Blanco en su fanzine Mitos del Amor Romántico e ilustrado por Gema Marín Méndez— lo que hacía yo era un "copia-pega de los patrones románticos heterosexuales. Tener una pareja monógama, preferiblemente casada, colocando a la pareja en la cúspide de la pirámide jerárquica de sus vínculos sociales". Mi entorno no facilitaba el proceso. Siempre buscaban analogías para ajustarse lo más cerca posible a las relaciones heteronormativas tóxicas. Por ejemplo, me acuerdo de un amigo que insistía en la importancia de identificar quién era el activo y quién era el pasivo de la relación, y que una relación no funcionaría si no siguiera esa estructura: "Tienes pinta de ser pasivo porque eres delgadito, eres un poco más afeminado y eres asiático".

Este discurso pone en evidencia la idea de que muchos siguen concibiendo las relaciones como una interacción entre un sujeto dominante y otro que le complementa, creando una relación cimentada sobre desigualdades, fomentando la idea de que la relación heteronormativa es y sigue siendo el estándar, el medidor de la calidad de una relación tanto disidente sexual como no DS.

Aún me queda mucho por aprender sobre los vínculos sociales y cómo no tiene por qué existir una jerarquía tan marcada entre los diferentes vínculos sociales; sino que existe una escala de grises, que existe una relación mucho más compleja, y cómo nos queda un largo camino para definir nuestro propio lenguaje como disidentes sexuales, sin querer pasar por nadie, sin querer hacer Realness por obligación a integrarse, o por miedo a no estarlo.

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