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OPINIÓN i

¿Violencia? Más de lo que parece…

En Cataluña durante estos interminables años ha habido, a diversas escalas, violencia

Estudiantes de la UAB bloqueando el acceso al campus, el 28 de noviembre.
Estudiantes de la UAB bloqueando el acceso al campus, el 28 de noviembre.

Hace unos días, entrevistada en el programa de la tarde de La Sexta (MVT), Ada Colau expuso en una muy larga intervención dos concepciones básicas de su discurso ideológico. El primero tenía que ver con su ya conocida postura de “ni-ni” en relación a independentismo versus no independentismo, que como es bien sabido no es muy simétrico. En efecto, se mantiene en su postura de “en teoría ni-ni” pero en la práctica es mucho más amable y conciliadora con un campo que con el otro, no hace falta que les diga cuál. Pero por otro lado entro en una serie de contundentes afirmaciones sobre la violencia en las que, si entendimos bien, dijo que en Cataluña no había habido violencia en relación al proceso, y que a este respecto era preciso evitar que la hubiera en el futuro pero de momento nada grave sucedía. Estas declaraciones se producían al día siguiente del corte de la autopista AP-7 durante horas, en pleno fregado sobre los Mossos y las vueltas argumentales del Sr. Torra y el Sr. Buch, en un ambiente de anuncio de actividades de alta intensidad para el próximo 21 de diciembre.

Como mucha gente de todos los colores políticos e ideológicos, se constata que unos cuantos se autoconceden la prerrogativa de definir qué es violencia y por vía de consecuencia, qué no es violencia. Y esto es peligroso, porque es sabido que quien incurre en esta audacia, suele también inferir que la violencia lo es o no según si la practican unos u otros. Como decía Max Weber en su brillante conferencia de 1919 sobre La política como profesión (de la que en enero se celebra el centenario), los políticos —como los intelectuales— tienen una gran responsabilidad, más allá de sus convicciones, al pronunciarse sobre asuntos públicos, políticos o éticos. Desde este punto de vista en Cataluña durante estos interminables años ha habido, a diversas escalas, violencia. Definición: es toda acción, diseñada y organizada, que impide que otros puedan ejercer sus derechos como individuos, ahora que de paso celebramos el aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948. Cortar las vías del AVE, cortar la carretera de La Seu d'Urgell a Andorra, el paso de La Jonquera, impedir mítines de otros, amenazas anónimas, y un muy (mucho) largo etcétera, sobran los ejemplos. Varias decenas o algunos centenares de estudiantes (o supuestos tales) de la Universidad Autónoma de Barcelona se han especializado en cortes de carreteras que causan perjuicio a muchísimas personas que van y vienen de su trabajo a casa y viceversa. Esos famosos piquetes ¿son informativos? Ni de broma, son coactivos y por tanto violentos. Si un político considera que no son coactivos, que lo diga. El argumento de “¿Y los otros qué?” es cutre, porque es auto-exculpatorio, y no cambia ni un ápice el argumento moral aquí expuesto, pues en el campo de esos “otros” tenemos ejemplos similares. Todavía más cutre es la invocación de “la violencia del sistema” como justificación, desde posiciones de representatividad ínfima, frente a toda una serie de hechos. También es cutre (en el sentido de pobreza intelectual) calificar de “facha” a todo el que no comulga con uno, a esto paso en Cataluña o habría más “fachas” que peces en el mar…

No se está sugiriendo aquí que Ada Colau, en su entrevista de hace unos días, justificase todo lo aquí expuesto, ni mucho menos, pero su definición subyacente de “violencia” era preocupante. Vendría a decir que sólo si hay ataques físicos contra personas, hay violencia, y que si alguno ha habido (abundan los ejemplos), han sido “hechos aislados”, otra exculpación de bajo vuelo. Y se invoca la "libertad de expresión", traje manoseado y cortado a medida por muchos que tienen al respecto una moralidad o ética de "geometría variable". La libertad de expresión, como la de manifestación, y otros derechos fundamentales, son fundamentales pero no son ilimitados en su ejercicio, a gusto de una parte. Sus límites legales, y de hecho también éticos, deberían manifestarse cuando dicho ejercicio entre en choque o colisión con los derechos de otros ciudadanos igual de libres, en teoría. En cuanto a máscaras, capuchas u otros aderezos, el pasado día 10 de diciembre el president del Parlament dijo lo esencial y con claridad meridiana. La República (o cualquier otro proyecto político alternativo) se defiende sin mascaras, a cara descubierta, y desde la “ética de la responsabilidad”, cualidad indispensable para ponderar y equilibrar la “ética de las convicciones”. Max Weber, cien años después de su clarificadora conferencia, resulta más actual que nunca.

Pere Vilanova es catedrático de Ciencia Política (UB).

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