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Messi & Maradona

Excepcional, Diego evoca el Mundial; Leo avala LaLiga y su regularidad

Maradona, entrenador y Messi, capitán, en el Ellis Park de Johanesburgo, en el Mundial 2010. Ampliar foto
Maradona, entrenador y Messi, capitán, en el Ellis Park de Johanesburgo, en el Mundial 2010. (AFP)

Tengo una pelota en la cabeza y me gano la vida con el fútbol, de manera que abrazo contento y relajado la llegada de la Liga después de despedir con agradecimiento y urgencia el Mundial. Ambos son torneos diferentes, realidades opuestas, también para jugadores antagónicos de un país como Argentina. Aunque pertenecen a épocas distintas, el campeonato español ofrece la mejor versión de Messi mientras el Mundial evoca la figura gigantesca de Maradona. A los dos, siempre distantes, les debemos algunos de los mejores días en la vida del Camp Nou.

Intento no renegar de Maradona, y menos cuando parece que va a reventar, inflado de alcohol, harto de la vida, más justiciero que nunca desde que es consciente de que los sabios del VAR le podrían haber quitado la gloria alcanzada por aclamación popular en México-86. Las cámaras le caricaturizaron hasta darle por muerto de tan histriónico como le vieron colgado del palco en Moscú. La prensa deportiva se cebó con su decadencia al tiempo que economistas, sociólogos y filósofos escribían sobre la futbolización de la política y el Big Data.

Asocio la Copa del Mundo con Maradona por su excepcionalidad, la del torneo y la del número 1. La vida de Diego, único por exagerado y excéntrico, se refleja en dos momentos del Mundial. El del 22 de junio de 1986 en el estadio Azteca, cuando burló con la inmaculada mano de Dios y regateó con los anchos pies del demonio a cuantos jugadores y ciudadanos ingleses defendían a Shilton, después de la capitulación argentina en las Malvinas. Y, ocho años después, el día en que fue expulsado por dopaje de Estados Unidos 1994: “No me drogué, me cortaron las piernas”, sollozó Diego.

Maradona gritaba y se hacía sentir, se cargaba al equipo sobre sus espaldas y se llevaba al rival por delante con sus botines de cordones desatados, reconocido y admirado, rey de Argentina. Los compañeros asumieron que les hacía mejores, disimulaba sus carencias, le sabían capaz de llevarles al triunfo desde la adversidad, con todo en contra o con nadie a favor, como sucedía cuando lideraba a la Albiceleste. Tenía carisma, era un caudillo y actuaba como un torbellino porque siempre opinó excesivamente sobre lo humano y lo divino desde la rebeldía, ya fuera en Buenos Aires, Nápoles, Cuba, Venezuela o Rusia.

También fue genial y excéntrico en Barcelona. A ningún culer se le ha olvidado la gambeta del Bernabéu, cuando partió por la entrepierna a Juan José, o el gol en el pequeño Maracaná de Belgrado. La suya fue una carrera de desencuentros, locuras y sobresaltos, desde que llegó a su casa porteña de Pedralbes hasta que se largó a Nápoles después de firmar la liquidación en la oficina Husa de Gaspart en el aeropuerto del Prat. Ni siquiera combatió con el Madrid sino que su rival fue el Athletic de Clemente. Incluso le diagnosticaron una hepatitis y si le lesionaron gravemente el día de la Mercè fue porque Schuster había calentado a Goikoetxea.

Ante tanta discontinuidad y fatalidad, se imponía un ejercicio cotidiano único como era el de acudir una hora antes del partido al Camp Nou para ver calentar a Maradona. Hasta las promesas azulgrana se reunían en el muro de La Masia. Nunca se había visto mejor cartel que el ofrecido por aquel futbolista que había aprendido a dejar boquiabiertos a los espectadores desde que amenizaba el entretiempo de los encuentros de Argentinos Juniors. A ojos barcelonistas, lo único regular en un futbolista insólito fueron sus ejercicios malabares antes de que empezara la contienda en el Camp Nou hasta que llegó Messi.

Siempre opuestos, las virtudes de uno se utilizan para señalar los defectos del otro

“Messi es Maradona todos los días”, convinieron Valdano y Segurola. El rosarino ha convertido la excepcionalidad en normalidad, circunstancia decisiva para entender su hegemonía en LaLiga con el Barça. La regularidad no se extiende sin embargo a la Copa del Mundo. Acostumbrados a su excelencia diaria, a goles insólitos contra el Getafe o el Zaragoza y a actuaciones solemnes en el Bernabéu, no consigue que Argentina gobierne el mundo y su figura se empequeñece ante la tragicomedia de Diego: “Los argentinos nos creemos un montón de cosas realmente increíbles”, zanja Maradona.

A Leo, que acaba de renunciar momentáneamente a la Albiceleste y liberarse de Cristiano, se le critica en su país por no ser ni parecerse a Maradona: se le acusa de no hacer buenos a sus compañeros y no defenderles; se le recrimina su docilidad y silencio, se le reprocha su quietud, siempre sometido al destino, sin rebelión posible; un pecho frío que juega solo con amigos, se esconde en la cancha, le puede la presión y no tiene emoción ni grito, falto de liderazgo, nada que ver con un genio, siempre solícitos cuando se les necesita, como pasaba con El Pelusa. Igual resultará ahora que Maradona es un producto genuino de la cultura argentina y Messi de la europea y del Barça.

Aunque habla y vive como un rosarino, Messi lleva desde los 12 años en el FC Barcelona. Ya cumplidos los 31, se ha formado como jugador en un tipo de fútbol muy determinado y específico, un monocultivo del que le cuesta salir, como si le faltara carácter para enfrentar la adversidad o simplemente oficiar como líder en cualquier otro equipo, incluso la Albiceleste. “¿Hasta qué punto es responsable de que Argentina no gane el Mundial?”, se preguntan quienes sostienen que es un fuera de serie que disfruta de un balneario en el Camp Nou. “Sin Messi”, responden sus defensores, “Argentina ni siquiera jugaría la Copa”.

Las virtudes de Maradona se utilizan para señalar los defectos de Messi en Argentina mientras los atributos de Leo se santifican en Barcelona para renegar de Diego. Los hinchas azulgrana reprochan a los albicelestes que no sepan gestionar a su 10 sin reparar en que el Barça no acertó siquiera a presumir de Maradona. Un daño recíproco que algunos aficionados al fútbol combaten en silencio con imágenes de los goles de ambos y música de Gardel. “El fútbol es como el tango. No se puede andar corriendo todo el tiempo. El fútbol tiene pausa, tiene ritmo, tiene cambios”, insiste Menotti.

Messi es el mejor solista del mundo a partir del sofisticado solfeo del Barça, primer capitán y el que más trofeos ha ganado (33), desesperado en cualquier caso por volver a ganar la Champions, que tiene mucho de Mundial. El orden, la rutina, la racionalidad, el día a día, en definitiva LaLiga, avalan al 10. El descontrol, lo singular, lo instantáneo, la excepcionalidad de la Copa del Mundo, restituyen a Maradona, incluso cuando la cámara se empeña en mostrar que ya es mortal, simplemente porque se nos parece demasiado a nosotros, como afirma el ilustre matemático Adrián Paenza, buen amigo de Diego. Yo prefiero compartirlos a contraponerles, disfrutar de los dos, tal que fueran uno solo, el 10.

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