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Una ‘Commedia dell’Arte’ actual

La sala Fènix del Raval celebra su quinto aniversario fiel a sus principios de teatro creativo con ‘El bufón del Rey Lear’

La familia Cabezas, en el escenario de la Fènix.
La familia Cabezas, en el escenario de la Fènix.

En marzo de 2013, haciendo (demasiado) poco ruido, abrió sus puertas la sala Fènix, en el corazón del Raval. “Era mala época, pero ¿yo qué sabía…?”, reconoce ahora Felipe Cabezas (Viña del Mar, Chile, 1979), alma máter de este pequeño espacio teatral de menos de 50 butacas que celebra su quinto aniversario habiéndose hecho un hueco en la escena barcelonesa. “Ahora, con los datos de Adetca en la mano, sabemos que lo mejor habría sido abrir en otoño, cuando la ocupación media en las salas de Barcelona supera el 65%”. Las cosas no acabaron de funcionar en aquel tercio de temporada que afrontaban como bautizo pero, poco a poco, fueron yendo a mejor. “Hemos llegado a 11.000 espectadores en estos cinco años, de los cuales 7.000, en los espectáculos familiares, que son marca de la casa”, explica.

“Teatro creativo y lúdico que da mucha importancia a la imagen”, se arranca a definir Cabezas. “Mantenemos todo el peso del texto, pero exprimimos emociones alternativas a la palabra: sombras, marionetas, gestos, mimo, máscaras. Lenguajes poco convencionales. Nos acercamos a la Commedia dell’Arte”. Ese es el sello de la Fènix, que programa, por lo menos, una producción propia cada año.

Felipe llegó a Barcelona en 2002 habiendo hecho la mili del teatro en su Chile natal y en Europa se acercó al teatro visual de la mano de Berty y Tovías: màscara, pantomima, teatro gestual… En Italia, con el maestro Antonio Fava, se especializó en la Commedia dell’Arte y es uno de los promotores del Día Mundial de este género de teatro popular que, en palabras de Cabezas, “es una forma de entender el teatro y, por tanto, de reflexionar sobre el hombre y sus problemas”.

“La Commedia dell’arte, en el Renacimiento, innovaba, evolucionaba, aportaba cosas nuevas. Si ahora solo hiciéramos lo que ellos hacían entonces, no evolucionaríamos y dejaría de ser Commedia dell’arte. Por eso hay que adaptarla a la actualidad”, explica Cabezas. Así se reconoce también en la obra más reciente del autor, El bufón del Rey Lear, que no es ningún personaje de la Commedia (Arlequín, Polichinela, Pantaleón, el Capitano…) pero que respira esa atmósfera. “Quiero decir que el género sigue vivo, pero se tiene que seguir adaptando. El gran espíritu era el riesgo y tiene que seguir siéndolo”, asegura.

Las máscaras, seña de identidad de la Fènix. ampliar foto
Las máscaras, seña de identidad de la Fènix.

El riesgo, a menudo, está en la implicación. “Me marcó el 1-O, no lo niego”, explica Cabezas. “Y así lo expreso a través del personaje del bufón: habla de los hechos pero sin dar nombres. Son las viejas técnicas de los juglares, que no necesitaban explicitar ciertas cosas, les bastaba con un guiño, con aquello del ‘tú ya me entiendes’. Y en esto, el genio es mi admirado Dario Fo”.

Felipe Cabezas escribió en 2008 su primer monólogo, L’ultima notte del capitano, obra con la que años más tarde, después de haberlo representado también fuera de España, inauguraría la Fènix. Entre 2010 y 2013 presentó sus textos en el Círcol Maldà que dirigía Pep Tosar, con quien ha seguido colaborando. Tras las complicaciones de los primeros meses de la sala, la temporada 2013-2014 fue la del asentamiento. A la programación principal, los jueves se añadió el cabaret y los fines de semana se siguió consolidando la programación familiar. Cursos, talleres y exposiciones relacionadas con el espectáculo en cartel –en el vestíbulo de la sala– acabaron de darle al teatro ese toque inquieto. “El éxito de Cabaret Victoria [basado en la literatura fantástica del siglo XIX, a ritmo de musical, con máscaras, gestos y sombras], que hemos repuesto varias veces y con el que seguimos teniendo bolos, nos animó a seguir”, dice el director de la sala.

Desde entonces, la progresión ha sido constante. “Creo que lo que mejor ha funcionado es El bufón del rey Lear [ha estado en cartel hasta este mes] y la mejor temporada, esta”, sostiene Cabezas. Son habituales de la Fènix la compañía del clown Carlo Mo, la del marionetista Jordi Bertran, el propio Pep Tosar, Alba Valldaura (a quien vemos ahora –hasta el 1 de abril- en la reposición de Mary Frankenstein Shelley)… “Nos hemos creado un público fijo, teniendo en cuenta que programamos mucho en castellano. Eso nos atrae a bastantes extranjeros residentes en Barcelona, italianos, ingleses y franceses, sobre todo”.

Este estilo teatral ha convertido a la Fènix en lo que Cabezas llama “la alternativa de la alternativa”. Se refiere a que la escena actual en la ciudad se basa en tres características: “Teatro de texto, contemporáneo y en catalán. Luego están las llamada salas alternativas (Antic Teatre, Hiroshima…) que explotan nuevas tendencias y nuevos lenguajes teatrales. Y más allá, estamos nosotros, ¿no? que recuperamos viejas tendencias y viejos lenguajes sin dejar de actualizarlos”.

Sumergido en las redes de la burocracia en busca de subvenciones públicas que no siempre llegan (esta última temporada, prácticamente toda la programación se ha pagado del bolsillo de la sala), la Fènix sigue fiel a sus principios. “Nuestro fin es cultural, no comercial”, proclama Felipe Cabezas. “El ocio es matar el tiempo; la cultura es aprovecharlo”.

Cuestión de identidad

Felipe Cabezas tiene en mente dos producciones con vistas a la temporada que viene. Una estaría basada en cuentos de terror escritos por mujeres; la otra sería un monólogo sobre la Odisea, “una obra tan ingente, tan complicada y tan libre que da pie a que cada uno haga su propia versión”. Él la aprovechará para hablar de la identidad: “Contaré mi historia como barcelonés comprometido con Barcelona, donde no he nacido pero donde he decidido que quiero morir”. La ciudad en la que han nacido sus dos hijos (inmersos, también, en el día a día del teatro). “Me siento tan barcelonés como Rubianes o Gato Pérez. O como mi compatriota Roberto Bolaño, ¿no?”. Porque… ¿de verdad importa de dónde sea la gente? En Londres o en Nueva York ni siquiera se lo preguntan a la gente”.