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OPINIÓN

El inmovilismo y la izquierda

El PSOE sigue sin decir la boca es mía, adosado al fracaso del PP por miedo a las acusaciones de antipatriotas

El presidente del Gobierno Mariano Rajoy.
El presidente del Gobierno Mariano Rajoy. AP

“Normalización” (venenosa palabra) de Catalunya, es lo que prometió Rajoy cuando decidió aplicar el artículo 155 en la única audacia que se ha permitido en su vida, forzado por sus cinco años de inacción y displicencia. Los catalanes votaron confirmando lo que ya se venía sospechando: que el PP no se había enterado de nada de lo que pasa en Cataluña. Rajoy creyó que el miedo especialmente al descarrilamiento económico podría con el natural conservadurismo —patria y dinero— de un sector del electorado independentista y se quedaría en casa. Con ello y con la movilización de la mayoría silenciosa el orden debía volver a reinar. Pero una vez más se verificó que la mayoría silenciosa, mito de los partidos conservadores, no existe. Y que al electorado independentista le ha podido más la humillación y la rabia por el trato recibido que los cálculos de intereses que en teoría tenían que llevarle a la abstención. Lo cual no quita que muchos de los votantes de Junts per Catalunya o d’Esquerra Republicana habían movido raudos sus dineros provocando aquel infausto jueves 5 de octubre inicio de las fugas bancarios y empresariales. Pero el orgullo también cuenta y el acto de votar es gratis.

Y Rajoy se la pegó, en un ridículo que hace época, que la prensa extranjera ha subrayado más que la española contenida por la suprema unidad de la patria. Rajoy siempre beneficia de lo mismo: no hay recambio. Aunque esta vez alguien le pisa los talones: Ciudadanos. Hay una filosofía espontánea del derecho que confunde la ordenación legal de la realidad con la realidad y se escandaliza cuando no concuerdan. Y ante la sorpresa: inmovilismo. ¿Es posible gobernar España siendo completamente marginal en Cataluña? La respuesta hoy es sí: Rajoy es la prueba. ¿Hasta cuándo? Habrá que preguntárselo a la izquierda.

¿Cómo pacificar la situación después de unas elecciones que han demostrado que los milagros no existen? Moviéndose. Abandonando paulatinamente las posiciones cerradas de cada una de las partes. Puigdemont ha de tomar una decisión: o regresa para intentar ser investido o deja paso a otros. Los suyos ya le han dado el reconocimiento, ahora su obligación es facilitar la gobernanza y no someter el país a delirios, como el gobierno a distancia, que no llevan a ninguna parte. Y Rajoy tiene que hacer lo que esté en su mano —que no es poco— para que el independentismo pueda hacer un aterrizaje razonable. Si ambas partes siguen en la dinámica de confrontación dentro de seis meses podemos estar en el peor de los escenarios.

En este contexto, el inmovilismo de la izquierda es incomprensible. El PSOE sigue sin decir la boca es mía, adosado al fracaso del PP por miedo a las acusaciones de antipatriotas que unos barones en el ocaso ya vienen anticipando. Lo que sabemos de él, desde el 21-D, es que apoyará cualquier nueva aplicación del 155 que el gobierno proponga, que se suma al PP en la ridícula presión a Ciudadanos para que intente formar un gobierno imposible, y que su apuesta estrella, la España plurinacional, ha pasado a mejor vida. Y, terrible confesión de impotencia, “que no cree que la situación merezca un adelanto electoral porque hay muchos problemas que atender” (Ábalos) Podemos desde el desgraciado desenlace de Vista Alegre 2, pierde unos cuantos jirones de su reputación en cada nuevo episodio, atrapado en un liderazgo personalista que ha agotado ya toda su magia. O se refunda en serio o el proceso de descomposición será tan triste como imparable. Primero, le abandonaran los socios que les dieron los mejores resultados: empezando por Valencia y Barcelona, y después se irán segregando los grupos que lo constituyeron.

¿Qué espera el PSOE? ¿No se han convencido todavía que en el regazo de la derecha sólo pueden seguir decreciendo? A pesar del voto reactivo de estas elecciones, más temprano que tarde los bloques tendrán que abrirse en Cataluña. Hay en la agenda cuestiones esenciales para movilizar a la ciudadanía: cambio climático, desigualdades, desregulaciones, migraciones, nos interpelan, como dice, Bruno Latour, sobre un mundo “en que el suelo está a punto de ceder”. ¿La izquierda no tiene nada que decir? Ni siquiera es capaz de entender que lo que ocurre en Cataluña también tiene que ver con estos cambios. Y que merece mejor respuesta que una simple confrontación entre nacionalismos.