Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
OPINIÓN

El diálogo como fetiche

No basta con dialogar: cualquiera de nosotros puede simular quererlo hacer

sin asumir una genuina voluntad de entender las posiciones del interlocutor

Diálogo entre Rajoy y Puigdemont el 2016.
Diálogo entre Rajoy y Puigdemont el 2016.

La palabra “diálogo” se ha convertido en un fetiche. Como si por el solo hecho de ser pronunciada, y todavía más puesta en práctica, uno ya se hallara en el buen camino de la resolución de un conflicto. “¿Cómo es que no dialogan?”, es habitual oír quejarse. Más aún si resulta que todo el mundo está dispuesto a hacerlo. Porque sí, hace de mal decir que se reniega de ello. Es políticamente incorrecto.

En sentido estricto, diálogo no quiere decir comunicación entre dos o más personas, como podría sugerir la contraposición que se suele hacer entre monólogo y diálogo. Diálogo se compone del prefijo día —que significa a través—, y de logos, una palabra polisémica que se puede traducir como palabra, discurso o razón, entre otros. Dialogar, pues, expresa la acción de hacer pasar un mensaje a través de la palabra (o de la razón) y no entablar una conversación con una o más personas.

A la pregunta de si todo el mundo dialoga, hay que decir que desde esta perspectiva, sí, todo el mundo dialoga. Cualquier discurso compartido que pase por la criba de la palabra y la razón sería susceptible de ser catalogado de diálogo. Poner a disposición del interlocutor un discurso reconocible y comprensible parece un requisito al alcance de todo el mundo. Pero la apelación al diálogo no se hace en este sentido. Cuando de alguien se dice que es dialogante es porque se entiende que es capaz de ceder, es decir, que puede llegar a reconocer, si es preciso, que en sus palabras no se encuentra la mejor de las perspectivas de un hecho o de una situación. Es asumir que el otro puede enunciar otras razones, y que además pueden ser ciertas. Que puede tener razón. Por lo tanto, decir de alguien que es dialogante es adjetivarlo de manera positiva, destacando una característica deseable que facilita una comunicación exitosa.

Pues bien, es falso que el hecho de dialogar comporte, por sí solo, llegar a un punto de solución. La vida cotidiana está llena de ejemplos que lo corroboran. No basta con dialogar: cualquiera de nosotros puede simular quererlo hacer sin asumir una genuina voluntad de entender las posiciones del interlocutor. Es, de hecho, lo que no acaba de resolver la acción comunicativa (Habermas), que pretende llegar al establecimiento performativo de unos procedimientos que posibiliten y garanticen la participación real de los interlocutores implicados en una determinada controversia. Por el solo hecho de argumentar y discutir no se está más cerca de llegar a una solución, ni siquiera se ponen las bases para podérselo plantear, entendiendo por solución un consenso o como mínimo un reconocimiento de las partes implicadas de la validez de los argumentos del adversario.

La carencia de diálogo no es la causa directa de la incomprensión mutua. Es algo más insondable: precisamente la voluntad de entendimiento y capacidad de empatía discursiva. Tan sencilla de denominar como difícil de promocionar, en ella se conjugan elementos tan dispares y difíciles de homogeneizar como las pulsiones, el contexto cultural, la educación recibida o el hábito coyuntural de hacerlo. Por eso, es probable que ni un mundo ideal donde todo el mundo pudiera recibir la mejor de las atenciones psicológicas y pedagógicas constatáramos comunicaciones perfectamente logradas. El optimismo racionalista de propuestas deliberativas como las de Habermas o contractualistas como las del primer Rawls topan en este punto con un escollo casi definitivo: no parece factible que en ninguna posición original la razón pueda ser ni única ni pura. Nadie puede hablar en nombre de “la” razón, como tampoco se puede descartar en las decisiones la interacción determinante de elementos ajenos a la propia racionalidad. Más bien el contrario, la pretensión de razonabilidad puede enmascarar intereses de dudosa honorabilidad que más vale ni mencionar.

¿Estamos condenados a la resolución de los conflictos por la ley del más fuerte? A veces lo parece. La historia así lo atestigua. Por fortuna, la mayoría aceptamos que la frustración forma parte de la experiencia interpersonal y que es más edificante ver el vaso medio lleno y aceptar que difícilmente ninguno de nosotros será el interlocutor perfecto. El principio de realidad se impone. Por eso es necesario que en política no se empleen las palabras como fetiche, sobre todo cuando estas se proponen como alternativa a proyectos que se tildan de mágicos. Si hay algo transversal a todos los populismos es justamente la simplificación de la realidad y el abuso de la demagogia. Es, de hecho, el mejor aliado para perpetuar un diálogo de sordos.

Miquel Seguró es profesor de la UOC e investigador de la Cátedra Ethos.