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“Cataluña tiene un concepto elitista de la cultura”

Aída Pallarès y Manuel Pérez reivindican la escena callejera en el libro ‘Él carrer és nostre’

Teatro de calle en Fira Tàrrega en 2015.
Teatro de calle en Fira Tàrrega en 2015.

“El título del libro nos ha fusionado con la actualidad”, dice Manuel Pérez (Alcoi, 1981), coautor junto con Aída Pallarès (Barcelona, 1986) de El carrer és nostre (Raig verd), en referencia al grito Els carrers serán sempre nostres!, de las recientes manifestaciones soberanistas en Cataluña. El libro, una historia de las artes callejeras en Cataluña desde finales del franquismo hasta la actualidad, es una crónica reivindicativa de un género maltratado por las instituciones.

 

Las artes de la calle se han mantenido siempre en una situación de inferioridad. “Cataluña tiene un concepto muy elitista de la cultura que en las artes escénicas se centra sobre todo en el teatro de texto y de sala”, explica Pallarès. “Cuando La Fura dels Baus pronunció sus primeras palabras, en el TNC, en los años 90, fue como si se le concediera el permiso a entrar en el selecto mundo del teatro”.

Un foro de debate más allá de la calle

“No se puede entender el teatro de calle sin conocimientos urbanísticos, arquitectónicos, históricos…”, aseguran los autores. El libro es un foro de debate en el que dan voz a personajes relacionados con la escena callejera: desde el antropólogo Manuel Delgado o el arquitecto (y escenógrafo) Jordi Queralt, a artistas como Maria Thorson, de Insectotrópics, o Ada Vilaró, que reivindica la performance, pasando por voces como la de Oriol Martí, de la Plataforma Arts al Carrer. Y una ilusión: que tenga continuidad y repercusin. “Si alguien tumba todas nuestras tesis ya habremos triunfado”, comentan.

“Me quedé alucinando cuando vi que la primera tesina sobre artes de la calle en el Institut del Teatre se hizo… ¡en 2011!”, dice Pallarès, que se queja de que en el Institut “se enseñan como un arte menor”. “Ni siquiera hay una formación reglada, porque se delega en Fira Tàrrega”, apunta Manuel Pérez.

Tàrrega hacogido el guante y produce, programa y forma (tiene un máster en artes de la calle con la Universitat de Lleida) e incluso tiene el Off, el espacio de la programación donde compañías aficionadas tienen su oportunidad. Esto ayuda a que en Barcelona haya muy pocos espacios dedicados al teatro callejero: “El Festival Escena Poble Nou, el MAC dentro de las fiestas de la Mercè y poco más”, dice Pérez. “Al preguntar por qué la ciudad no apuesta por las artes de la calle, la respuesta siempre ha sido la misma: ‘Tenemos la Calbalgata de Reyes’ y, acto seguido, nos remiten a Tàrrega. Siempre Tàrrega. Es difícil entrar en Barcelona”.

Sin embargo, para los Juegos Olímpicos del 92 se apostó descaradamente por La Fura dels Baus y por Comediants… “Porque ya estaban consolidados internacionalmente y, no nos engañemos, eran la vanguardia cultural catalana”, responden los autores del ensayo. Tras este repunte espectacular (“e interesado”, subrayan), el género volvió al olvido. “Más tarde, en la tremenda operación de marketing que fue el Fòrum de les Cultures de 2004, la dignidad la pusieron las artes de la calle”, proclama Pérez. Las instituciones volvieron a confiar en grandes compañías como Comediants o La Fura y en otros artistas como Sol Picó , Sarruga o los payasos Monti y Cía para proyectarse al mundo. “Pero el programa de mano los relegaba a ‘acciones teatrales y expresiones artísticas populares al aire libre”, lamenta Aída Pallarès. “Volvemos al arte menor…”

El prejuicio de ser considerado un género “de fiesta y animación”, casi únicamente para niños, todavía pesa… “El 70% del teatro de calle en Cataluña es entretenimiento”, añade Pérez, “cosa que ya está bien, pero es importante que no se vea solo como un mero entretenimiento sino como una cultura que tiene un retorno social. Y hace falta un enfoque más maduro para aprovechar este retorno”, señala. “Los programadores tienen una mentalidad mercantilista. Y ¿cómo se mide ese retorno, mercantilistamente? Si nos planteamos la cultura con esa mentalidad, lo tenemos jodido”.

“Ahora plantar una furgo en un espacio público es casi imposible por cuestiones burocráticas y muy complicado a nivel urbanístico”, dice Pérez. “En las Ramblas de los 70 y 80 surgieron las grandes compañías. Ahora, las Ramblas son un parque temático donde se exige titulación a los que se ganan la vida haciendo de estatua”.

Las compañías “alternativas” (desde la Agrupación Señor Serrano hasta Kamchàtka, pasando por Roger Bernat, Ernesto Collado -que acaba de bajar su persiana- o Insectotròpics), en las que se incluirían las que se dedican al arte callejero, tienen mucha más oferta en el extranjero. En Cataluña se ha progresado poco. “Los de La Fura lo dicen siempre: ‘Tiene cojones que, después de 40 años, sigamos siendo un movimiento de vanguardia’, dicen. Esto quiere decir que el modelo oficial de teatro es pseudoelitista”, dice Pallarès.

“Los políticos no pueden controlar la calle, por muy acostumbrados que estemos a que sea solo un lugar de paso. No lo es. Es una fórmula no instrumentalizada por ningún poder político”, sostienen Pérez y Pallarès. Y todo regresa al origen. O eso esperan los autores del libro: “El teatro de calle está en la esencia de nuestra cultura”.