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El hogar de los dependientes extremos

Una orden religiosa italiana cuida de más de un centenar de discapacitados a los que sus familias no pueden atender por las complejas enfermedades que sufren

Taller de creatividad en el Hogar Don Orione de Madrid. Ampliar foto
Taller de creatividad en el Hogar Don Orione de Madrid.

En Pozuelo de Alarcón, localidad de 85.000 habitantes situada al oeste de la capital, se levanta una institución peculiar. Es el Hogar Don Orione, una residencia gestionada por la orden religiosa italiana de los orionistas. Allí residen 114 hombres —no se admiten mujeres—, con una media de edad de 47 años, que no pueden ser cuidados por sus familias porque sufren discapacidades extremas: desde tetraplejias a alzhéimer.

Muchos de ellos viven desde hace décadas en lo que consideran su hogar. Lo que comenzó hace 50 años siendo un colegio masculino, se transformó en 1984 en una residencia para personas de máxima dependencia. Quienes llegaron de niños en aquellas fechas han perdido ya a sus padres y hoy solo un tercio de ellos tienen familiares que los visiten. De todos ellos se encargan los tutores y voluntarios del centro, que con fisioterapia, actividades recreativas y paseos por la capital, hacen la vida de los residentes lo más agradable posible. “La idea es que se sientan en casa”, señala Francisco Sánchez, director del hogar.

Franklin en la clase de fisioterapia con Cristina Berlanga, la profesora.
Franklin en la clase de fisioterapia con Cristina Berlanga, la profesora.

Jesús, de 56 años, tiene síndrome de Down y principio de alzhéimer. Cristina Berlanga, fisioterapeuta, lo anima cariñosamente a que coja una pelota de color azul de un balde y la traslade a otro. “¡Vamos, campeón! ¡Tú puedes, chiquichurri!”.

Desde la esquina de la sala, llena de colchonetas, balones y maquinaria de gimnasio, se escucha una voz que repite todo. Es Franklin, un dominicano de 48 años con problemas cognitivos, que mientras practica con una máquina de gimnasia frente a un espejo de cuerpo entero, se burla inocentemente de su compañero. “Eres muy vacilón, ¿eh?”, le sigue el juego la fisioterapeuta.

Cuando Jesús llegó en 2004, residía en el hogar amarillo, uno de los ocho bloques del complejo. El centro divide a sus residentes según el grado de autonomía que poseen. El edificio amarillo es el de menor grado de dependencia.

Antes, si le cantaban una canción, Jesús era capaz de continuarla y se comunicaba, a su forma, de una manera más clara. Poco a poco notaron que sus capacidades cognitivas se reducían, y hace cinco años lo trasladaron al hogar celeste, donde comparte sus días junto a residentes con mayor grado de dependencia. “Las personas con síndrome de Down envejecen de forma prematura. A los 42 años entran en su vejez, y eso fue lo que pasó con Jesús”, describe Berlanga, que trabaja desde hace 12 años en el hogar.

“Ahora llegan residentes con discapacidades más leves. Muchos de los chicos que están desde hace tiempo nacieron en los 60, cuando el control sanitario no era tan estricto”, comenta Berlanga. Francisco Sánchez, director del hogar, complementa: “Los medios sociosanitarios han mejorado mucho: ahora hay una educación familiar, un cuidado, ha cambiado mucho de cómo venían a cómo vienen”.

De los 114 residentes, hay cuatro que no se pueden mover y son alimentados con sondas. El resto salen del hogar al menos una vez a la semana. Algunas de las actividades que realizan son montar a caballo, participar en el taller de musicoterapia, jugar en la cancha de fútbol del instituto San Juan de la Cruz o ir al centro comercial más cercano.

Ana Ruiz, la psicóloga del hogar, denomina estas actividades “respirar hondo”. “Para ellos, el solo hecho de subirse a la furgoneta ya es oxígeno. Es increíble cómo cambian cuando salen de aquí, porque son personas que llevan mucho tiempo institucionalizadas”, explica. Ruiz afirma que es difícil dedicar mucho tiempo al ocio, porque gran parte del día se va en los cuidados: levantarlos, bañarlos, cambiarlos… “Como ya no son niños, estamos aprendiendo día a día con ellos a cómo tratarlos. Intentamos estimularlos, porque eso ayuda a que mantengan sus capacidades”, sostiene.

La mayoría no hablan, por lo que los cuidadores buscan entender a cada uno de forma distinta: “A unos les gusta el tacto, a otros los besos, a otros que les canten”. Berlanga, la fisioterapeuta, precisa: “Ellos no tienen los filtros sociales que nosotros adquirimos con los años. El afecto no es un aspecto que se les filtre, lo expresan de forma muy particular”.

 

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