MÚSICACrítica
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La espina de Tristán

Gergiev reparó en el Auditori el desastre musical de hace dos años en el Liceo

Valery Gergiev recibió hace casi dos años un sonoro abucheo en el Liceo. Sucedió el 18 de marzo de 2015, en una versión concertante de Tristán e Isolda que fracasó por el calamitoso estado vocal de la pareja protagonista del drama de Richard Wagner. Fue un mal trago para el famoso director ruso, tan acostumbrado a bravos y aplausos entusiastas. El viernes, en un Auditori lleno, con mucho morbo en el ambiente, tentó de nuevo la fortuna dirigiendo el tercer acto de la genial ópera y salvó el embite con un éxito reparador. Tras la tensión wagneriana, feliz y relajado, Gergiev pudo al fin sacarse la espina que llevaba clavada en su orgullo musical.

Sinfónica de Teatro Mariinsky de San Petersburgo.


George Li, piano. Eva-Maria Westbroek, Mikhail Vekua, Evgenny Nikitin, Yulia Matochkina. Obras de Lisz y Wagner. Valery Gergiev, director. Ibercamera. Auditori. Barcelona, 27 de enero.

La tensión se palpaba en el ambiente; al concierto de Ibercamera y el Auditori acudieron muchos aficionados que, sin olvidar el anterior desastre liceista, no querían perderse el nuevo encuentro de Gergiev con Tristán e Isolda. De hecho esperaban sobre todo a Tristán, que es quien asume un colosal reto vocal en el tercer acto; Isolda aparece al final, descansada, para cerrar la obra con una de las escenas más bellas y trascendentales de la historia de la ópera, esa Muerte de Isolda que, si sale bien, te lleva directamente al cielo melómano.

En lo que respecta a Tristán, hay que reconocerle agallas al tenor ruso Mikhail Vekua, que afrontó el agotador descenso a la locura y muerte del personaje con una voz muy lírica, resistente y con agudos penetrantes. No es el Auditorio sala propicia para las voces, lo que añade mérito al esfuerzo de Vekua, quien en 2010 ya dio la talla como protagonista de El jugador, de Prokófiev, en versión de concierto en el Liceo.

En el caso de Isolda, la fiesta empezó antes; para compensar su corta -pero trascendental- intervención wagneriana, la soprano holandesa Eva-Maria Westbroek interpretó en la primera parte la escena final de Salomé, de Richard Strauss; luchó contra el poderío orquestal y salió más airosa por su fuerza dramática que por el brillo vocal. Ya en la piel de Isolda, mostró su más cálida expresividad en una Muerte de amor de intensos acentos.

El concierto, largo y un tanto caótico en su cohesión interna, empezó a las nueve, con una animada primera parte integrada por el preludio del primer de Lohengrin, el Concierto para piano nº 1, de Franz Liszt y la última escena de Salomé. La cuerda y los metales de la orquesta del Teatro Mariinsky de San Petersburgo, en gran forma, dieron muchas alegrías, aunque la contundencia orquestal tapó en ocasiones el bello solido del joven pianista George Li, solista de brillante técnica

De hecho, la densa sonoridad de las cuerdas, la contundencia de los metales y la tensión dramática, mantenida de forma magistral por Gergiev, no pusieron las cosas fáciles a los cantantes; la carnosa voz de Yulia Matochkina (Brangäne) y el buen oficio wagneriano de Evgeny Nikitin (Kurwenal) fueron los puntos fuertes del equipo de solistas del Mariinsky que completaton el reparto. La velada concluyó, entre grandes aplausos, cerca de la medianoche.

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